¡No pienso seguir viviendo con vosotros! ¡Nunca estáis conformes con nada! – Jana miraba a su madre con enfado y resentimiento. – Vale que de niña me decíais: “ahí no vayas”, “eso no lo hagas”, ¡pero ahora tengo veinte años, mamá!

¡No pienso vivir más con vosotros! ¡Siempre os parece mal todo! Carmen miraba a su madre con enfado y dolor en la voz. Vale que de niña me dijerais: no vayas allí, no hagas esto, pero mamá, ¡tengo veinte años! Veinte Ya llevo dos años siendo mayor de edad.

Y si eres mayor de edad, y no quieres vivir aquí, búscate un trabajo, alquila un piso y págatelo. Esa es mi respuesta, hija respondió su madre con voz severa pero tranquila.

¡Pues vaya! protestó Carmen. Que estudie y que no vaya de juerga, y ahora que trabaje. ¿Y qué pasa con la carrera? ¿No importa, no? ¿Ayudarnos los unos a los otros no cuenta?

Eres una chica independiente, a nosotros no nos preguntas intervino su padre, apoyando a su madre. Así que si no quieres que nos metamos en tu vida ni te digamos cómo vivir, puedes empezar a hacerlo de verdad, por tu cuenta.

A Carmen, claro, no le terminaba de convencer la situación: su madre no la agobiaba ni con la limpieza ni con la comida, su padre pagaba la luz, el agua, hacía la compra y hasta de vez en cuando le ingresaba algo a la cuenta. Así se vivía bien, sin complicaciones. Si tan solo sus padres no se metieran tanto

Pero su carácter tozudo no le permitía ir marcha atrás. En la familia se contaba siempre una historia de una bisabuela revolucionaria, y cada vez que sus padres se molestaban con la rebeldía de Carmen, la recordaban.

Total, que empezó a trabajar y alquiló un pequeño piso cerca de la Universidad Complutense de Madrid. Ahora sí experimentó, por primera vez, lo que era no llegar a fin de mes. Antes solo había oído expresiones como me falta dinero para lo básico en conversaciones de autobús, discusiones de vecinos u ocasionalmente en la tele. Pero nunca había pensado que le pudiera tocar a ella.

El alquiler se llevaba casi todo su modesto sueldo, y luego había que pensar en la comida, el abono transporte y otros gastos que salían por todas partes. Las ganas de salir de fiesta, tan grandes antes, se fueron al cajón de los sueños. Sin querer, empezó a apreciar lo que costaba el dinero, y hasta las quejas de sus padres ya no le parecían tan injustas.

Un día, regresando del trabajo, los dos chavales que llevaba delante iban diciendo tonterías y soltando alguna que otra burrada. Carmen pensó que si tuvieran media neurona, no las perderían así.

En las escaleras de un local vacío, donde antes hubo una mercería, estaba sentada una anciana que Carmen veía mucho por el barrio. A veces murmuraba para sí, ininteligible. A sus pies, una lata donde los pocos que pasaban dejaban alguna moneda de vez en cuando. Con tanto pago con tarjeta, difícil llevar suelto. Pero Carmen siempre intentaba reservar alguna moneda para ella. Ni sabía por qué. Antes, ni se habría fijado en la señora.

Pero la palabra mendiga no le encajaba con ella. La ropa vieja, la lata abollada a sus pies, nada tapaba la dignidad que desprendía. Agradecía con una leve inclinación de cabeza cada vez que alguien dejaba algo, y seguía sentada con paciencia, con la mirada calmada.

Cuando pasaron los chavales, uno le dio una patada a la lata. Rodó haciendo ruido, las poquitas monedas se desparramaron por el suelo.

La señora se levantó a duras penas y comenzó a recoger la calderilla torpemente, pero no se rendía.

¡Pero qué hacéis, zoquetes! exclamó Carmen, tomando aire, y corrió a ayudar a la mujer.

Los chicos se rieron a carcajadas, le llamaron de todo y siguieron su camino.

Tenga, aquí tiene dijo Carmen, entregándole las monedas, y sacó además un billete de cinco euros de su monedero. Tome, por favor.

Gracias respondió la señora con voz calmada y sorprendentemente joven para su rostro trenzado de arrugas. Te reconozco. Siempre dejas alguna moneda en la lata.

Acarició la cansada lata con ternura.

Se ha abollado aún más Tendré que buscar otra.

Le temblaban las manos. Carmen pensó que la señora ya no estaba para estos trotes.

¿Vive usted lejos? preguntó.

Movió la cabeza. No, ¿ves esos edificios de ladrillo amarillo? Pues en una de esas, en el tercero.

La acompaño, no creo que le siente bien ir sola ahora ofreció Carmen. La señora aceptó, apoyándose ligeramente en su brazo.

Ha sido el susto, el corazón me da guerra susurró mientras subían despacio. Muchas gracias, promesa que no te robo mucho tiempo.

En el piso, al abrir la puerta, salieron a recibirlas una docena de gatos. Carmen flipó. ¡Nunca había visto tantos en una casa!

Doce dijo la señora, al ver su cara de asombro. Ni yo pensaba que acabaría así, no creas.

¿Pero por qué tiene tantos? preguntó Carmen sin poder evitarlo.

No son ellos para mí, soy yo para ellos. Me necesitan contestó la anciana. Sin mí no sobrevivirían. Kira y Lucía las tiraron a la basura en una bolsa una noche helada, fui a tirar la basura y las escuché. A Pipo se lo quité a unos chavales que lo maltrataban, y Romeo apareció aquí un día. Fina parió cuatro en el sótano y me los tuve que llevar, porque los iban a envenenar ¿Piensas que estoy loca niña?

No, no, para nada respondió Carmen, ruborizada. Pero claro, hay que alimentarlos.

Por eso salgo a pedir. Para ellos asintió la señora.

Se hicieron amigas. Suena curioso, pero Carmen no pudo evitar implicarse. Empezó a pasarse de vez en cuando por casa de doña María Jesús, que así se llamaba. Lo contó por sus redes. Para su sorpresa, entre tanto comentario ácido aparecieron mensajes amables, personas ofreciendo ayuda. Después, aún más.

Hija le dijo una tarde su padre, con tono de preocupación, ¿por qué haces todo esto? Nunca tuviste especial aprecio por los animales

Papá, no tiene que ver con eso. Aunque nunca hablamos de animales en casa. Jamás me atreví a pedir un perro o un gato, sabía que ni lo intentaríais. Pero ahora me pregunto por qué.

Hizo una pausa.

Doña María Jesús dice que no son los gatos los que la necesitan, sino que ella los necesita a ellos. Y tiene razón. Sin ella, todos estos animales ya habrían muerto.

No será cuestión de recogerlos tú ahora, ¿verdad? dijo su madre mirando la cantidad de animales.

No cualquiera puede hacer lo que hace ella suspiró Carmen. Yo tampoco podría. Pero ayudar un poco, eso sí.

Ayudar es fácil replicó su madre. Pero decías que apenas llegas a fin de mes, que nosotros teníamos razón. ¡Y ahora das tu dinero a una desconocida! Te está engañando, seguro, hija.

Mamá, no niego que es difícil. Pero doña María Jesús no engaña a nadie. Si yo no hubiera hecho público lo de los gatos, nadie le habría ayudado.

Carmen, aún eres una niña.

No soy una niña, mamá. Opino por mí misma. No os obligo a nada a vosotros. Esta es mi vida, y ahora mismo es así. He conocido a alguien que vive de manera distinta.

¿Y ahora qué? ¿Vas a llenar tu casa de gatos y quedarte sola? Antes a eso le llamaban ser una solterona se burló su padre.

No pienso llenarla zanjó Carmen. Quise adoptar uno para ayudar a doña María Jesús, pero la casera no me deja. Veis, ni puedo, aunque quiera. Pero que os quede claro, ni soy tonta ni hago nada malo.

Eso está bien suspiró su padre. Pero gastarte la vida en esto

Papá, no hace falta que me compadezcas. Está todo bien.

Carmen siguió ayudando a doña María Jesús. Buscando entre conocidos y seguidores por redes, logró encontrar familia para cuatro de los gatitos de Fina, los mismos que iban a envenenar en el sótano. Ocho gatos seguían con la señora, la mayoría ya mayores y sin muchas probabilidades de cambiar de hogar, y además, tras años juntas, doña María Jesús no sabía vivir sin ellos.

Carmen, si me pasa algo, no me los dejes tirados. Sé que pido mucho, pero ni tengo a nadie más aparte de ti.

Carmen nunca le había preguntado por qué vivía sola, hasta que un día doña María Jesús se lo contó con tristeza: había tenido un hijo al que perdió por enfermedad, y nunca conoció a sus nietos. Solo le quedaban los gatos. No podía dejar a nadie atrás ni ignorar la desgracia ajena.

Una tarde Carmen fue a visitarla y no hubo respuesta en la puerta. Preocupada, preguntó a una vecina.

Disculpe, ¿ha visto hoy a doña María Jesús? ¿Salió, no la encuentro?

No, hija, está malilla desde esta mañana. Espera, tengo llave.

Entraron juntas. La señora estaba tumbada como dormida, en paz, con una expresión dulce y tranquila. Los gatos se apretujaban a su lado, maullando quedos.

Dios mío Se ha ido doña María Jesús dijo la vecina con una cruz. Carmen se echó a llorar. Jamás había vivido algo así.

¿Y ahora qué hago? preguntó entre sollozos.

Hay una nota para ti, mira, en la mesa.

Entre lágrimas leyó la letra temblorosa de la anciana. María Jesús le dejaba el piso y le pedía que no abandonara a los gatos.

Solo a ti puedo pedírtelo, mi niña leyó Carmen, las lágrimas corriéndole por las mejillas.

Tuvo que aprender en pocas semanas un montón de trámites y papeles. Menos mal que conocía a Álvaro.

Se habían conocido cuando ella publicó el primer post sobre los gatos. Álvaro fue de los pocos que le escribió de forma amable. Empezaron a hablar, luego a quedar. La familia de Álvaro era muy distinta; siempre habían tenido mascotas y él ayudaba en protectoras. De hecho, entre los dos, habían encontrado casa para los cuatro gatitos de Fina.

Álvaro estudiaba Derecho, así que fue un apoyo enorme en ese momento tan delicado.

¡Carmen, vaya suerte! se alegró su amiga Inés. Un piso para ti sola. Deja los gatos en una protectora y ya está.

Pero no puedo, Inés. Le prometí a doña María Jesús cuidar de ellos.

Pero la señora ha fallecido, nadie lo va a saber. Disfruta del piso, déjate de líos con animales. Igual se mueren pronto y ya dijo Inés.

Pues si duran, duran. ¿Qué hago? Me creyó. Y además me dan mucha ternura. Son muy cariñosos.

Hablas como una abuela se rió Inés. Tu padre ya te lo dijo, que así nunca tendrás pareja.

A estas alturas, ni tengo pareja ni me preocupa bromeó Carmen.

Tampoco sus padres la animaron.

Un piso está muy bien dijo su madre, paseando nerviosa, pero esto es muy raro, hija. Que te deje herencia una desconocida.

¿Y qué te sorprende? dijo su padre. La señora no estaba bien. Te rompió la cabeza y ahora te ha estropeado la vida.

¿Por qué decís eso? protestó Carmen. No lo hizo por fastidiar.

Por sus gatos, no por ti insistió su madre. Ella se quedó más tranquila.

Carmen salió de casa dolorida. Nadie la entendía, y todos sugerían deshacerse de los animales.

¡Carmen, espera! la alcanzó Álvaro cerca del antiguo piso de la anciana. Hola, venía a verte. ¿Qué te pasa?

¿Tú también piensas que soy tonta por los gatos? Todos me tachan de loca por aceptar el legado y por no echarlos a la calle. ¿Todavía puedo echarme atrás?

¿Echarte atrás? Álvaro la miró con cariño. María Jesús te lo dejó a ti porque sabía que era la única manera de asegurarles una vida digna. Otra persona los habría abandonado o sacrificado.

¿De verdad no crees que me equivoque?

No, Carmen. Gente honesta queda poca y tú eres una de ellas. Me alegro de conocerte. Por cierto, publiqué sobre doña María Jesús en una asociación, y una chica va a adoptar a otros dos gatos. Venía a decírtelo.

¿De verdad? Pero Álvaro, ¿y si les hacen daño?

Tranquila. Vendrá en persona, la conoceremos.

Se casaron y, de los doce gatos, cuatro quedaron con ellos. Romeo se lo quedó la vecina.

Siempre me gustó, es cariñoso, y así os tengo cerca, si hace falta dijo la señora.

Otros adoptaron a un gato más, la familia de Álvaro.

Mis padres están acostumbrados rió él. Siempre me traían animales callejeros de pequeño.

Cuando Carmen volvió del hospital con la pequeña Lucía en brazos, la recibieron en fila: Kira, Lucía, Pipo y Fina.

¡Las niñeras están listas! bromeó Álvaro. ¿O son las abuelas-gatas?

Hola, preciosas susurró Carmen con cariño. ¿Me habéis echado de menos? Ahora os acaricio a todas, que sois mi herencia peluda.

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MagistrUm
¡No pienso seguir viviendo con vosotros! ¡Nunca estáis conformes con nada! – Jana miraba a su madre con enfado y resentimiento. – Vale que de niña me decíais: “ahí no vayas”, “eso no lo hagas”, ¡pero ahora tengo veinte años, mamá!