Diario de Julián
Hoy cumplo sesenta años. Ni una sola llamada de mi familia, ni siquiera una felicitación por teléfono. Tengo una hija y un hijo, dos nietos, y mi exmujer aún vive en Madrid. Mi hija, Lucía, tiene cuarenta años; mi hijo, Pedro, treinta y cinco. Ambos residen en la capital y terminaron estudios en universidades de prestigio, en la Complutense y en la Autónoma. Los dos son inteligentes y les va muy bien. Mi hija está casada con un alto funcionario del gobierno, y mi hijo con la hija de un empresario madrileño potente. Tienen sus propias empresas, buenas posiciones y varias propiedades. Estabilidad absoluta.
Mi exmujer se fue cuando Pedro terminó la carrera. Alegó que necesitaba otra vida, menos monótona. Siempre fue tranquila; trabajaba en una gestoría y pasaba los fines de semana con amigos o tirada en el sofá. Se tomaba vacaciones todo el mes en casa de sus primas en Málaga. Yo, en cambio, nunca cogía días libres: ejercía de ingeniero en una fábrica, limpiaba también allí y los fines de semana iba a envasar productos al supermercado del barrio, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde. Además, hacía limpieza en los almacenes.
Todo lo que ganaba, lo mandaba a mis hijosMadrid es caro, y estudiar en sus universidades requiere vestirse bien, comer mejor y permitirse algún ocio. Aprendí a arreglar la ropa usada, a remendar zapatos. Siempre limpio y discreto. Mi única distracción eran mis sueños nocturnos, donde a veces me veía joven y feliz.
Ella, al separarse, se compró inmediatamente un coche nuevo, de esos de marca, caros. Debió de haber ahorrado bastante. En nuestra vida juntos, todos los gastos caían sobre mí, salvo el alquiler; ella hacía el ingreso y ahí terminaba su contribución. Fui yo quien educó a los hijos.
La vivienda donde vivíamos era herencia de mi abuela: un piso antiguo de techos altos, una finca de dos habitaciones que yo reformé en tres. Había un trastero de unos ocho metros con ventana, lo arreglé y allí cabía perfectamente una cama, mesa, estanterías… lo ocupaba Lucía. Pedro y yo compartíamos una habitación. No importaba demasiado, porque solo llegaba a casa para dormir. Mi exmujer vivía en el salón. Cuando Lucía se mudó a Madrid, ocupé su trastero; Pedro quedó en la suya.
Nos separamos sin bronca, sin partirnos las cosas ni echarnos culpas. Ella quería Vivir, y yo, agotado, respiré tranquilo. No más de cocinar y limpiar para todos, ni de cuidar ropa ajena. Por fin podía dedicar el tiempo al descanso.
A esas alturas, tenía ya la salud desgastada: columna, articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez cogí vacaciones en la fábrica y empecé con médicos y tratamientos. Mantuve los trabajos extra para ir tirando.
Contraté a un especialista muy bueno y, junto a su ayudante, en dos semanas me hicieron una reforma fantástica en el baño. Me sentí orgulloso; era MI felicidad, solo mía.
Por años, en vez de regalos, enviaba dinero por los cumpleaños, el día de Reyes, el ocho de marzo, incluso el veintitrés de febrero. Más tarde llegaron los nietos, así que seguí trabajando los fines de semana. Nunca me quedaba dinero para mí. Rara vez me felicitaban; casi siempre solo respondían si yo lo hacía primero. No me regalaban nada.
Lo que más me dolió fue que ninguno me invitó a sus bodas. Lucía me lo dijo sinceramente: “Papá, no vas a encajar; vendrá gente de Moncloa.” Sobre la boda de Pedro me enteré por Lucía, días después. Al menos no me pidieron dinero para la celebración…
Mis hijos nunca vienen, aunque siempre se lo propongo. Lucía dice que en pueblos como el mío (Valladolid, ciudad grande pero para ella provinciana) no hay nada que hacer. Pedro responde el clásico “no tengo tiempo, papá”. Hay vuelos a Madrid a todas horas… dos horas escasas para llegar.
¿Cómo definiría aquella etapa de mi vida? Quizá, la vida del mañana lo haré…, como decía Escarlata OHara. Reprimía las lágrimas, el dolor, las emociones. Vivía como un autómata, solo trabajando.
Entonces vendieron la fábrica: los madrileños la compraron y reorganizaron todo. A los mayores nos despidieron y perdí dos trabajos, pero me permitieron jubilarme antes de tiempo. Empecé a cobrar una pensión de 800 euros. ¿Quién vive con eso?
Por suerte, al poco tiempo, en mi edificiocinco plantas y cuatro portalesbuscaban alguien para limpiar. Lo hice: otros 800 euros cada mes. Seguí en el supermercado los fines de semana, y pagaban bien: 35 euros la jornada. Era duro estar todo el día de pie.
Poco a poco, empecé a arreglar la cocina. Todo lo hice yo, y el vecino me montó los muebles, rápido y precio razonable. Iba ahorrando algo, pensando actualizar el resto de habitaciones y los muebles. Pero nunca pensaba en mí. Para mí solo gastaba en comida básica (y poca, nunca fui de comer mucho) y medicinas, que sí se llevan más de lo que quisiera. Cada vez el alquiler subía. Mi exmujer insiste: “Vende tu piso, es zona buena y el precio será alto. Compra algo pequeño.” Pero me da pena. Es el recuerdo de mi abuela, que me crió. No tengo recuerdos de mis padres. Todo lo mío está en ese piso.
Consigo mantener una relación cordial con mi ex. A veces charlamos como viejos amigos. No habla de su vida privada. Una vez al mes viene con patatas, verduras, arroz, agua… lo pesado. Rechaza mi dinero. Y me aconseja no pedir la compra por internet: “Solo traen cosas malas.”
En mí se instaló una especie de vacío, una rutina sin sueños. Trabajo mucho pero no espero nada. Solo veo a Lucía y a los nietos por su Instagram; de Pedro, solo sé por lo que publica su esposa. Me alegra verles bien, disfrutando en restaurantes y sitios bonitos.
Quizá nunca les di suficiente cariño. Por eso, no lo recibo de ellos. Lucía pregunta a veces cómo estoy. Siempre respondo que muy bien, aunque nunca me quejo de nada. Pedro manda algún audio: “Hola, papá. Espero que estés bien.” Hace años me pidió no hablarle de los problemas familiares, porque el negativo no le gusta. Así que desde entonces me limito a Sí, hijo, todo bien.
Me gustaría mucho abrazar a los nietos. Supongo que ni saben que tienen un abuelo vivo, jubilado y limpiador de fincas. Seguramente piensan que ya me fui hace tiempo…
Hace ya mucho que no compro nada para mí, salvo calcetines y ropa interior, lo más barato. Nunca he ido a una peluquería, ni por un corte profesional ni por manicura. Cada mes, paso por el salón de la esquina a que me corten el pelo, y el tinte lo hago en casa. Algo bueno: sigo vistiendo la misma talla que hace treinta años. No tengo que renovar prendas.
Me da miedo el día que no pueda levantarme de la cama. Los dolores de la espalda no me dejan. Temo quedarme sin poder moverme.
Tal vez no debía haber vivido así, sin parar de trabajar, sin concederme ni pequeñas alegrías, siempre posponiendo el descanso y el disfrute. ¿Dónde está ese luego? No existe. Solo queda vacío. Y en mi corazón, indiferencia total. Todo lo que me rodea, igual.
No culpo a nadie, ni siquiera a mí. Trabajé toda la vida y aún lo hago. Intento guardar algo por si acaso, nunca se sabe. Aunque, siendo franco, sé que si caigo enfermo y dejo de valerme… tampoco quiero que los demás tengan que ocuparse.
¿Sabéis lo que más me entristece? Que jamás me han regalado flores. Nunca. Qué irónico sería que me trajeran un ramo a mi tumba… sí que sería para reírse.
La lección después de todos estos años es clara: la vida no espera a nadie, y si no la vives con alegría hoy, no puedes reclamarle nada mañana. Había que buscar la felicidad en los pequeños momentos, porque el mañana con frecuencia nunca llega.






