Todavía todo un año juntos…
Últimamente, Arcadio Jiménez no salía solo a la calle. No lo hacía desde aquella vez que fue al ambulatorio y, de repente, olvidó dónde vivía y cómo se llamaba. Tomó otra dirección, errando por el barrio durante mucho rato, hasta que sus ojos se detuvieron en un edificio que le resultaba extrañamente familiar. Aquel lugar, como averiguó poco después, era la fábrica de relojes donde Arcadio Jiménez había trabajado casi cincuenta años.
Miraba aquel edificio y sentía que lo conocía a la perfección, aunque no recordaba por qué ni quién era él mismo, hasta que sintió de pronto una mano amigable sobre el hombro, acercándose sin hacer ruido.
¡Jiménez! Tío Arcadio, ¿qué haces aquí? ¿Te dio nostalgia? Justo el otro día nos acordamos de ti, vaya maestro tuvimos contigo. Arcadio, ¿no me reconoces? Soy yo, Yago Varela, fuiste tú quien me enseñó a ser alguien.
En la cabeza de Arcadio Jiménez algo hizo clic y, de golpe, todos los recuerdos volvieron. Bendito sea Dios…
Yago, contentísimo, abrazó a su viejo maestro.
¿Me reconoces? Si es que me he quitado el bigote, por eso cambio tanto. ¿Te apetece entrar? Los compañeros estarían felices.
Otro día, Yago, hoy estoy muy cansado confesó Arcadio.
Tengo el coche aquí. Venga, te llevo. Yo sí recuerdo tu dirección dijo Yago aún más animado.
Le dejó en casa. Desde entonces, su esposa, Leonor Rosado, no volvió a dejarlo salir solo, aunque su memoria parecía estar bien ahora.
Pero, desde entonces, iban juntos al parque, al ambulatorio y al supermercado.
Un día, sin embargo, Arcadio se puso enfermo, fiebre y una tos terrible. Leonor salió sola hacia la farmacia y a comprar algo de comida, aunque ella tampoco se encontraba muy bien. No compró mucho, pero un agotamiento extraño se apoderó de ella y le faltaba el aire. Le pareció de repente que su bolsa pesaba una barbaridad. Leonor se detuvo para recuperar el aliento y siguió adelante, arrastrando la bolsa hacia casa.
A los pocos metros, volvió a pararse. Dejó la bolsa sobre la acera cubierta de nieve recién caída y… se dejó caer suavemente a la entrada del portal. Su último pensamiento fue: ¿Para qué compré tantas cosas de golpe? Esta cabeza mía ya no funciona.
Por suerte, unos vecinos salían del bloque, vieron a Leonor tumbada en la nieve, corrieron hacia ella y llamaron a una ambulancia…
Se llevaron a Leonor en la ambulancia, y los vecinos recogieron su bolsa y las medicinas, regresaron y llamaron a su puerta.
El marido, Arcadio, seguro que está en casa. Él también está malo, no lo he visto estos días comentó doña Nieves Moreno. Estará durmiendo. Leonor decía que no andaba muy fuerte tampoco, la vejez no perdona… Ya entraré luego.
Arcadio Jiménez oía el timbre.
Pero la tos le impedía respirar y, al intentar levantarse, la fiebre y el mareo casi le tumban…
La tos cesó y Arcadio cayó en un sueño extraño, casi como vigilia. ¿Dónde estaría su Leonor, por qué tardaba tanto?
Permaneció así mucho rato, hasta que escuchó unos pasos suaves. De pronto, se acercó Leonor, su mujer, su Leonor, qué alivio verla de vuelta.
Arcadio, dame la mano, no te sueltes, levántate insistía Leonor, y él se incorporó, aferrado a su mano, curiosamente fría y débil.
Ahora abre la puerta, rápido le pidió ella en voz baja.
¿Para qué? preguntó Arcadio, pero abrió, y enseguida entraron la vecina Nieves Moreno y Yago, el joven compañero de trabajo.
¡Jiménez, que no abres! ¡Llevamos rato llamando y golpeando!
¿Leonor? ¿Dónde está Leonor? Acaba de estar aquí preguntó Arcadio con los labios muy pálidos, intentando comprender dónde había desaparecido su esposa.
Pero si está en el hospital, en la UCI contestó confundida Nieves Moreno.
Creo que está delirando adivinó Yago, sosteniendo a Arcadio justo antes de que se desmayara…
Nieves y Yago llamaron a otra ambulancia, era un desmayo por la fiebre…
Dos semanas después, dieron el alta a Leonor.
Yago la llevó a casa en el coche. Él y la vecina estuvieron ayudando a Arcadio todo ese tiempo hasta que también mejoró.
Lo fundamental: por ahora seguían juntos.
Cuando Arcadio y Leonor por fin se quedaron solos, apenas podían contener las lágrimas.
Menos mal que todavía quedan personas buenas, Arcadio. Nieves es muy buena mujer. ¿Recuerdas cómo sus hijos venían después del colegio? Les dábamos de comer, les ayudábamos con los deberes, y luego Nieves los recogía al volver de trabajar.
Sí, pero no todo el mundo recuerda lo bueno, y ella no ha cambiado, sigue reconfortando el alma coincidió Arcadio.
Y Yago, aquel chaval joven, fui su mentor, le ayudé a ponerse en pie. Los jóvenes tienden a olvidarse de los mayores rápidamente, pero este no añadió con satisfacción.
Quedan unos días para Año Nuevo, Arcadio. Me alegro tanto de que estemos otra vez juntos dijo Leonor, abrazándose a su marido.
Dímelo tú, ¿cómo fue que viniste a casa desde el hospital y me hiciste abrir la puerta a nuestros salvadores? Sin ti, habría acabado muy mal… se atrevió por fin a preguntar Arcadio.
Temía que Leonor pensara que deliraba de nuevo, pero ella lo miró asombrada.
¿De verdad sucedió? Porque me dijeron que tuve muerte clínica; y, en ese tiempo, como en un sueño, ¿estuve contigo? Recuerdo verme tumbada en la UCI, salir del hospital y venir a casa…
Qué cosas nos pasan en la vejez, y aún así te quiero como antes, o más Arcadio cogió sus manos y se quedaron largo rato mirándose, temiendo que algo pudiera separarles de nuevo…
La víspera de Año Nuevo, Yago vino con dulces su esposa había hecho empanadas. Después Nieves vino también, tomarón té y empanadas, y el ambiente se llenó de calidez.
Leonor y Arcadio dieron la bienvenida al Año Nuevo juntos.
¿Sabes? Pedí que si llegábamos juntos a este Año Nuevo, el año sería nuestro. Todavía nos queda tiempo susurró Leonor.
Y ambos sonrieron, felices.
Un año más de vida juntos, eso es muchísimo, eso es pura felicidad…





