Pienso ahora, tras tantos años, que nada en la vida sucede por casualidad; cada uno somos responsables de nuestro destino y de tot ce am trăit. Las decisiones que tomamos en el pasado pesan en cómo vivimos hoy. Yo, en mi juventud, tomé una decisión lamentable: hasta uní mi vida a un hombre inconstante. Me enamoré de Pablo y confié en él, aunque de sobra sabía que era un conquistador incorregible. Me convencí a mí misma de que cambiaría por mí. Qué ilusa… Las personas no cambian, y ni siquiera tras el nacimiento de nuestro hijo Pablo dejó de interesarse por otras mujeres.
Hace mucho escuché rumores, susurros que iban llegando sobre las nuevas aventuras de mi marido. Amigos, vecinos, hasta familiares me advertían. Sentí entonces una herida profunda y una vergüenza que me calaba el alma, y no sabría decir cuál de las dos era mayor. Aguanté así cinco largos años. Por fortuna, Pablo terminó por dejar su piso y se lo cedió a nuestro hijo, para no tener que pagar pensión alimenticia. Yo alquilé otro piso, del propio Pablo, y me mudé allí con mi hijo y mi madre anciana, necesitada de cuidados.
Siempre intenté regalarle a mi hijo una vida lo más digna y feliz posible. Todos los euros que lograba sacar del alquiler del piso los destinaba a la escuela, la ropa, y cualquier cosa que necesitara. Deseaba que tuviera una infancia alegre. Además, el dinero que conseguía lo empleaba en pagar facturas, comprar comida y medicinas para mi madre. Pensé, ingenuamente quizás, que cuando mi hijo creciera apreciaría todo aquel esfuerzo. Pero ahora, con mis 57 años y luchando contra la diabetes, mis días han cambiado. Para salir adelante debo vigilar constantemente mi azúcar y ponerme insulina con regularidad.
Por desgracia, mi enfermedad me impide trabajar: nadie quiere contratar a una mujer de mi edad y enferma. Mi único ingreso proviene del alquiler del piso. Hace poco, mi hijo, que ha cumplido 31 años, me anunció que quienes viven en el piso de su padre deben marcharse, porque él quiere instalarse allí con su esposa. Cuando le expliqué que me quedaría sin hogar, solo me contestó que eso es cosa mía.
A veces me pregunto por qué trabajé tanto durante toda mi vida y aún así no pude ahorrar nada para mi vejez. No sé ya qué hacer… Necesito comprar medicinas, comida y pagar facturas. ¿Cómo pudo mi propio hijo hacerme esto? ¿Quién se cree que es?






