Tía, te tengo que contar lo que nos ha pasado a Lucía y a mí con el piso nuevo en Madrid. Pues nada, hace poco por fin conseguimos la hipoteca y nos compramos un apartamento precioso en un barrio nuevo que todavía está medio en obras. Y nada más decírselo a la abuela Carmen, va y salta: ¡Hay que bendecirlo! Si nadie ha vivido aquí antes, ¿cómo vais a entrar sin la bendición del Señor? Y mi madre, Rosario, enseguida apoyó la idea: Claro, hija, hay que santificar la casa, mira que no vamos a querer tentar a la mala suerte. Queremos felicidad, alegría y prosperidad en vuestro nuevo hogar.
Total, que aunque a Lucía y a mí al principio nos daba un poco igual, al final nos convencieron y organizamos la ceremonia. Esto es fundamental, sentenció mi abuela. Llega el día, y justo a la hora, suena el timbre y aparece en la puerta Don Manuel, el cura del barrio, con su pelo entrecano y una barba increíble. Llevaba una cruz enorme colgada de una cadena que parecía de oro y una bolsa ya viejita en la mano, de esas que ha sacado de procesión muchas veces. Nos dio a cada uno unas velas y nos explicó el ritual todo serio.
Queridos míos, empezó Don Manuel con voz solemne, encended vuestras velas y seguidme dando la vuelta por la casa. Así que todos le seguimos sin rechistar, esperando una ceremonia de esas que ponen los pelos de punta. Todo bien hasta que mi padre, José María, intenta encender la vela ¡Imposible! Ésa no había forma, se apagaba, echaba humo, chasqueteaba; vamos, que parecía que la vela nos estaba tomando el pelo. Dimos varios intentos pero ni con esas.
De repente, Don Manuel recogió corriendo las cosas y empezó a meterlo todo en su bolsa a toda prisa y suelta: Salgan, salgan de aquí, que aquí debe de haber algo raro, dijo súper atropellado, con la voz apurada. Se fue de prisa y corriendo del apartamento, dejándonos a todos con cara de póker.
Lucía, entre sorprendida y divertida, suelta: Qué cura más extraño, y la vela, más aún, porque ahora sí que arde normal. Mi madre intentó arreglar el momento diciendo: Será que hoy tenía el día torcido, por eso no ha salido bien el ritual, y soltó una risa nerviosa.
Yo ya, para intentar quitarle hierro al asunto, pensé: Habla mucho, pero al final se larga volando. Seguro que ha visto que aquí no le llega el wifi, y me eché a reír solo. Porque anda, ¿a dónde íbamos a ir? Si ya estamos atados a este piso como mínimo quince años con el préstamo y las facturas.
Total, que entre risas y bromas, la abuela vuelve a la carga: Bueno, a ver, ¿nos quedamos con la bendición a medias o buscamos otro cura?, y ahí nos quedamos todos mirando, pensando en la mejor manera de salir de este lío tan surrealista que parecía de película española.






