Sonó el timbre y en el piso, sin siquiera saludar y empujando a su hijo del pasillo, irrumpió la suegra:
A ver, querida nuera, ¿qué secretos le ocultas a tu marido?
¿Mamá? ¿Qué ha pasado, mamá?
Cuando Fernando llegó a casa, se notaba un silencio extraño. Su mujer, Carmen, ya le había avisado por la mañana que hoy llegaría tarde porque su jefe había decidido hacer una auditoría sorpresa en la oficina.
Fernando fue directo a la cocina, miró lo que había en la nevera y comprobó que la cena brillaba por su ausencia. Resignado, encendió el hervidor de agua, se preparó un par de bocadillos y se acomodó frente a la tele.
Se pasó unos minutos zapeando hasta que encontró un canal donde daban boxeo. Pero oye, no le duró mucho la tranquilidad y el picoteo, porque enseguida sonó el timbre y allí estaba su madre, Antonia Jiménez. Como un ciclón, entró en el piso, sin un simple buenas y apartando a Fernando como si nada.
¡Escúchame bien, Fer! Que esto me lo ha contado Manoli.
¿Pero qué pasa, mamá? preguntó Fernando, medio mosqueado.
Pues que tu mujer, la Carmen, tiene otro piso. Lo alquila y se gasta el dinero en ella.
Mamá, de verdad, no sé cómo sigues creyendo a esa loca de Manoli. Todo el vecindario sabe que le encanta el cotilleo y tú ahí, escuchando sus historias como si fuesen la Biblia.
Que sí, que sí que Manoli a veces se pasa un poco, vale, pero esto es verídico. Que el piso de dos habitaciones de Carmen ahora lo está alquilando la sobrina de la vecina de Manoli.
La chavala esa se casó hace poco y se ha mudado allí con el marido. Por mil quinientos euros al mes están encantados. Lo mejor: el piso lleva alquilado más de dos años. No son ni los primeros inquilinos.
Madre mía suspiró Fernando. ¿Y por qué Carmen nunca me ha contado nada de esto?
Ya verás cuando llegue de trabajar. Pregúntaselo tú mismo. Pero está clarísimo: tu mujer está haciendo hucha para largarse en cuanto pueda. Ya verás cómo un día te deja y encima te saca hasta el último euro sentenció Antonia Jiménez.
Carmen llegó como hora y media después, cansada del día. En casa la esperaban Fernando y su suegra. Antonia decidió no irse, quería ver cómo se defendía la nuera. Para hacer tiempo, cocinó algo y le dio de cenar a su hijo.
Al entrar en el salón, Carmen notó enseguida las miradas inquisitivas que le lanzaban las dos.
Empezó la suegra, afilando pronto el interrogatorio:
A ver, querida, ¿qué secretitos tienes que ocultar a tu marido?
Ninguno, que yo sepa, dijo Carmen, cruzando los brazos.
¿Ninguno? ¿Y el piso de la calle Alcalá, número cuarenta y tres?
¿Y qué tiene que ver mi piso con secretos de pareja? contestó Carmen, sorprendida.
Pues que lo estás alquilando y escondiendo el dinero a tu marido acusó la suegra.
¿Eso es cierto, Carmen? entró Fernando al fin. ¿De dónde ha salido ese piso? ¿Por qué no me has dicho nada de que lo alquilas? ¿Y en qué gastas el dinero?
El piso era de Remedios, la prima segunda de mi madre. Para mí era como una tía abuela aunque con tanto parentesco, ya me lío explicó Carmen.
Remedios falleció hace casi tres años. Te lo conté, Fer. Y tú solo dijiste que menos mal, así no tenía que ir más a cuidar a la vieja.
Cuando te pedí ayuda para organizar el entierro, tú dijiste que ibas hasta arriba de trabajo, que ni tiempo tenías.
¿Y por qué te dejó a ti el piso? preguntó la suegra.
Pues porque nadie iba a visitarla, aparte de mí, supongo.
¿Y por qué no le dijiste a Fernando nada de la herencia?
¿Y qué tiene que ver Fernando con mi herencia?
Pues mucho, ¡que es tu marido! se indignó Antonia.
¿Y qué?
¿Te haces la tonta a propósito? la picó Antonia. Ese dinero debería haberse metido en la caja común, y tú ahí gastándolo en tus cosas.
¡Y lo hago, porque puedo! ¡La herencia es un bien privativo! Todo lo que obtengo de ella, lo alquile o lo venda, me pertenece solo a mí. No tengo por qué darle cuentas a nadie zanjó Carmen.
Mira, Carmen, el año pasado me dejé una pasta arreglando el coche y tuve que meter las dos pagas extras. Y tú tenías ahorros y no dijiste ni pío suspiró Fernando, dolido.
Pero, Fer, el coche es tuyo. ¿Cuándo te pido que me lleves a algún lado, o no puedes o no te viene bien y me sueltas que me pida un taxi?
El año pasado me llevaste tres veces: al mercado antes de Nochevieja, otro día me recogiste del trabajo porque olvidaste las llaves, y otra, al centro de salud cuando me torcí el tobillo. ¿Cómo voy a pagar yo los arreglos de tu coche si ni lo uso?
¿Y cuánto tienes ahorrado ya? preguntó la suegra, con los ojos brillando, ¿Un millón de euros?
Tengo algo, pero ni de lejos un millón. Por cierto, Fer, ¿te acuerdas que tienes dos hijas universitarias? ¿Cuándo les mandaste dinero por última vez? le soltó Carmen.
Ellas trabajan, ¿no? respondió Fernando, incómodo.
Estudian y curran a la vez, pero si tuvieran que mantenerse solas, no les quedaría tiempo ni para respirar.
¿Por qué no me lo contaste cuando recibiste el piso? volvió Fernando.
Porque no quería un interrogatorio como este al día siguiente. Y hay otra razón: me iban los ejemplos de tu madre, la misma que convenció a la mujer de tu hermano pequeño para que vendiese su pisito y se parte una casa de campo
¿Y eso de convenció? ¡No digas tonterías! se ofendió Antonia.
A ver, ¿cómo lo llamas entonces? Os pasasteis un año machacando a Lucía: vende tu cuchitril, compremos una casita de campo. Vendió el piso, comprasteis la casa rural. ¿A nombre de quién? De ti, Antonia Jiménez. Y ahora Lucía no puede ir allí ni con su familia ni con amigas sin tu permiso. Pero eso sí, echarle una mano en el huerto, sí puede, ¿eh? ¡Gracias, pero no, gracias!
¡Vaya desconsiderada! gritó la suegra. ¡Solo piensas en ti!
Mira quién habla replicó Carmen, irónica.
¡Fer, oye cómo me responde tu mujer!
Yo soy sincera, mamá. Ahora que lo sabéis todo sobre mi herencia, ¿qué querías conseguir viniendo tan rápido? le preguntó Carmen.
¡Quiero que ese dinero no lo guardes solo para ti! ¡Que también entre al gasto de la familia!
Pero si lo uso para la familia, pero los gastos que yo considero importantes. No para tu coche ni para vuestra casa de campo.
Podríamos decidir juntos en qué utilizar ese dinero sugirió la suegra.
¿Insinúas que a mis cuarenta y seis años no sé administrar mi propio dinero?
Pero hay que pensar en los demás, no solo en tisaltó Antonia.
¿A los demás? ¿A vosotros? Por eso no lo dije a nadie, para usar el dinero para lo que necesiten mis hijas y yo. Y punto.
Así que tú sola decidirás, ¿no es eso? insistió la suegra.
Sí, así es.
¿Y a tu marido lo dejas fuera? remató Antonia.
Lo compartiré si lo considero oportuno. Ya he dicho: el dinero es para mi familia.
¿Y yo no soy parte de la familia? se indignó la suegra.
Antonia, mi familia son mi marido, nuestras hijas y yo. El resto, sois parientes.
Total, que Antonia no consiguió sacar ni un euro ni una promesa. Pero no se rindió y, de vez en cuando, intentó rascar su parte justa, como decía ella.
Pero a Carmen todos los trucos de Antonia le resbalaban. Con ella no había forma, oye. Como decimos aquí: Carmen donde pone el ojo, pone la bala.




