Buena mujer… ¿Qué haríamos sin ella?
Y tú solo le pagas dos mil euros al mes.
Elena, que le hemos puesto el piso a su nombre…
Recuerdo aquella época, hace muchos años, en la que Jacobo se levantaba despacio de la cama y caminaba lentamente hacia el cuarto de al lado. Bajo la tenue luz de la lámpara nocturna, con los ojos ya cansados de anciano, observaba a su mujer.
Se sentaba junto a ella y escuchaba, atento. Parece que todo va bien.
Luego se levantaba, iba a la cocina, abría un cartón de leche, pasaba por el baño y retornaba a su habitación.
Se tumbaba en el lecho, y el sueño no llegaba:
Elena y yo ya rondamos los noventa años. ¿Cuánto hemos vivido? Pronto tocaremos a la puerta de Dios, y no hay nadie aquí cerca.
Las hijas… Natalia ya no estaba, y ni siquiera había llegado a los sesenta.
Tampoco quedaba ya Manuel. Demasiada vida de excesos… Solo está la nieta, Asunción, que lleva más de veinte años viviendo en Francia. Apenas se acuerda de sus abuelos. Seguramente ya tiene hijos grandes…
Sin darse cuenta, el sueño lo vencía.
Despertó con el roce de una mano:
Jacobo, ¿estás bien? susurró una voz tenue.
Abrió los ojos. Sobre él se inclinaba su esposa.
¿Qué pasa, Elena?
Te estaba mirando… no te movías.
¡Sigo vivo! Vuelve a dormir.
Se oyeron pasos arrastrados y la luz de la cocina se encendió.
Doña Elena fue a beber un poco de agua, al baño, y después regresó a su cuarto. Cuando se tumbó de nuevo pensó:
Un día me despertaré y él ya no estará. ¿Qué haré yo entonces? O quizás me iré yo antes…
Jacobo hasta encargó el responso por adelantado. Nunca habría imaginado que eso pudiera prepararse con tiempo. Por otro lado, no está mal, ¿quién lo haría por nosotros?
La nieta hace tiempo que se olvidó de nosotros. Solo la vecina, Juana, es la que viene a vernos. Ella tiene las llaves del piso. Jacobo le da mil euros de nuestra pensión y ella compra la comida y lo que hace falta. ¿Para qué queremos el dinero? Si ya ni bajamos del cuarto piso.
Aquella mañana, Jacobo abrió los ojos y los rayos del sol entraban por la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde del laurel. Sonrió:
¡Mira que hemos llegado al verano!
Fue a ver a su esposa. Ella se sentaba en la cama, pensativa.
Elena, basta de tristezas. Ven, que quiero enseñarte algo.
¡Ay, no tengo fuerzas! dijo levantándose con dificultad ¿Qué se te ha ocurrido?
Ven, ven…
La acompañó despacio hasta el balcón.
Mira, el laurel está verde. Decías que no llegaríamos al verano, pero aquí estamos.
¡Es verdad! Y el sol brilla…
Se sentaron juntos en el banco del balcón.
¿Te acuerdas de cuando te invité al cine, cuando estábamos en la escuela? También entonces el laurel estaba cubierto de hojas.
¿Y eso se olvida? ¿Cuántos años han pasado?
Setenta… setenta y cinco.
Pasaron rato evocando la juventud. En la vejez se olvidan muchas cosas, hasta lo de ayer, pero los recuerdos de juventud nunca se van.
¡Mira que hablamos! se levantó Elena Y ni hemos desayunado…
Elena, haz un té bueno. Estoy harto de esa tila insípida.
No deberíamos…
Sólo uno flojo, y échale una cucharadita de azúcar.
Jacobo disfrutó del té claro, acompañando un pequeño bocadillo de queso. Y recordaba aquellos desayunos de otra época: té fuerte y dulce, con bollos o tortitas.
Entró la vecina, Juana, y les sonrió afablemente.
¿Cómo están ustedes?
¿Qué problemas puede tener alguien de noventa? bromeó Jacobo.
Bueno, si haces bromas, todo marcha. ¿Qué les compro?
Juana, compra carne pidió Jacobo.
Pero no deben…
Pollo sí podemos.
Está bien, les haré una sopa con fideos.
Recogió la mesa, lavó los platos y se fue.
Elena, ven al balcón invitó Jacobo. Al sol, a calentarnos…
¡Vamos!
Más tarde volvió la vecina y salió al balcón:
¿Tomando el sol?
Aquí se está bien, Juana sonrió doña Elena.
Ahora les traigo la papilla y me pongo con la sopa para la comida.
Gran mujer murmuró él viéndola marchar. ¿Qué haríamos sin ella?
Y solo le pagas dos mil euros al mes…
Elena, que le hemos regalado el piso.
Eso no lo sabe ella.
Así pasaron la mañana, sentados hasta la hora de la comida. Aquella vez tocaba sopa de pollo, rica y con patatas desmenuzadas.
Así se la hacía siempre a Natalia y Manuel, cuando eran niños… recordó doña Elena.
Y ahora, en la vejez, otra persona nos cocina suspiró Jacobo.
Así es nuestro destino, Jacobo. Un día nos iremos y nadie siquiera llorará.
Ya está bien, Elena, no pensemos en eso. Vamos a echarnos una siestecita…
Dicen bien, Jacobo:
El viejo y el niño, son la misma función.
Nosotros como críos: sopa triturada, hora de siesta y merienda.
Jacobo dormitó un poco, pero acabó levantándose. El tiempo iba a cambiar, quizás. Entró en la cocina: dos vasos de zumo, preparados con mimo por Juana.
Los tomó y con cuidado fue al cuarto de su esposa, que miraba por la ventana, abstraída.
¿Por qué te pones triste, Elena? le sonrió. Venga, toma zumo.
Ella bebió un sorbito.
Tampoco puedes dormir…
El tiempo está raro.
Es que no me encuentro bien hoy, Jacobo… Siento que no me queda mucho. Prométeme que me enterrarás como Dios manda.
No digas esas cosas, mujer. ¿Cómo viviré yo sin ti?
Uno de los dos se irá antes.
Basta. Vamos al balcón.
Allí estuvieron hasta la noche. Juana preparó tortitas de queso. Merendaron y luego se sentaron a ver la televisión, como cada noche antes de dormir. Las películas nuevas ya no las entendían, así que veían antiguas comedias y dibujos animados.
Aquella noche solo aguantaron un episodio. Elena se levantó del sofá.
Me voy a acostar, estoy cansada.
Pues yo también.
Déjame mirarte bien, Jacobo pidió de pronto.
¿Para qué?
Solo déjame mirarte.
Se quedaron mirándose largo rato. Quizá pensaban en aquellos días jóvenes donde todo quedaba por venir.
Venga, te llevo hasta la cama.
Elena tomó a su marido del brazo y caminaron despacio.
Él la arropó con cariño y fue hacia su habitación.
Sentía el corazón pesado. Tardó en dormir.
Le pareció no haber pegado ojo, pero el reloj marcaba las dos de la madrugada. Se levantó y fue al cuarto de su esposa.
Estaba tendida, con los ojos abiertos.
¡Elena!
Le tomó la mano.
Elena, ¿qué pasa? ¡E-le-na!
De pronto, a él mismo le costaba respirar. Volvió a su habitación, sacó unos papeles preparados y los dejó sobre la mesa.
Regresó junto a su esposa. Miró largo tiempo su rostro. Luego se tendió a su lado y cerró los ojos.
Se vio con su Elena, joven y guapa, como hacía setenta y cinco años. Ella caminaba hacia una luz lejana. Corrió tras ella y juntos se dieron la mano.
Por la mañana, Juana entró en el dormitorio. Los encontró allí, acostados juntos, con idéntica sonrisa serena en los labios.
Por fin, la vecina llamó a urgencias.
El médico, al verlos, negó con suavidad la cabeza:
Se han ido juntos. Seguramente se amaron mucho…
Se los llevaron. Juana se dejó caer en una silla junto a la mesa y entonces vio los papeles y el testamento a su nombre.
Apoyó la cabeza y rompió a llorar.




