La pareja vivió la mar de bien. Se casaron con 30 años, ni un día más ni un día menos. Nació su hijo. Formaron una familia preciosa. No es por presumir, pero tenían pecunia que daba gusto. Compraron un piso en Madrid, arreglaron la casa de campo en Segovia y la dejaron más cómoda que la de los abuelos de los anuncios. Viajaron al extranjero: París, Roma y Benidorm, todo un lujo. El marido, para colmo de bienes, era tan fiel que ni en sueños pensaba en otras mujeres.
El hijo creció y se casó con una chica monísima llamada Marisol. Ambos, unos chavales de veintipocos. Iguales que nosotros, pero con diez añitos de antelación, pensaba la mujer orgullosa de la saga. Los padres del chaval, ni cortos ni perezosos, les compraron a los recién casados un apartamentito apañado.
La mujer era feliz. Sin embargo, con los años y con las supersticiones que trae la edad, empezó a temer que tanta dicha no podía ser real. Algo tenía que pasar, fijo
Y, claro, pasó.
Su marido falleció.
A la pobre le costó una barbaridad recuperarse del golpe. Aunque poco a poco, casi a pasos de flamenco, volvió a la vida. Se puso a currar (antes era ama de casa, eso sí).
Todo el mundo decía que había que tramitar la herencia. Así que fue ella, con el hijo, al notario. Entre papeles y explicaciones legales que no entendía ni el tato, lo único claro era que la mitad era para ella y la otra para su difunto esposo. No quedaban suegros, ni otros herederos con ganas de dar guerra.
El notario la llamó al despacho. Allí estaba sentada una mujer a la que no conocía de nada. Cara seria, desaliñada y unos cincuenta años. Vaya, te sonaba raro ver a alguien así en esta película.
Lo increíble: la parte del marido era para esa señora.
La protagonista no daba crédito. Miraba al notario, miraba a la mujer, y nada. Notario va, explicación viene: había un testamento. Firmado veintisiete años antes. Como nadie lo canceló después, seguía tan válido como el jamón en Nochebuena.
Una desconocida
Aquí la película da un giro vintage. Dos jovenzuelos, estudiantes universitarios en Salamanca, se enamoran. Y del bueno. Primer amor, primer desliz, todo muy intenso. Él la cuidaba como quien cuida a un tesoro: Eres mi niña, aunque tuvieran la misma edad. Risitas, confidencias y mucha complicidad.
Un viernes, tras ver una peli de enamorados que se dejan su herencia en testamento, ellos, entre chistes y besos, hacen lo propio: Todo lo mío, para ti, para siempre y amén. Testamento firmado ante notario, copa de cava y noche de pasión.
El drama empezó poco después. El padre de él cayó enfermo. Él y su madre viajaron a Francia para tratamientos médicos y papeleo.
Mientras tanto, la chica quedó varada en España. A los pocos meses, conoció a otro chico con el que empezó a salir. ¡Sorpresa! Se quedó embarazada. Él la pidió en matrimonio. La madre de la chica, muy práctica, dijo: Hija, a casarse, que este por lo menos está aquí. El antiguo novio, desaparecido: no contestó ni a las postales.
La joven se casó. Mudanza a Zaragoza, trabajo de lujo para el marido. Nació una niña. El matrimonio, sin embargo, no cuajó y acabaron divorciándose.
Años después, ella se acordó del dichoso testamento y ya dejó sus cosas a su hija, como toca.
Un día, sin venir a cuento, llega una carta certificada. Se había olvidado de aquel amor antiguo, ¡o eso pensaba ella! Al ver el nombre del chico lo revivió todo. ¡Cómo lo quiso!
Por su parte, él, agobiado con hospitales y despedidas, también había dejado atrás aquel testamento juvenil y la historia con la chica. Perdió a su padre, la madre cayó mala, y al enterarse por casualidad que la chica se había casado y largado a otra ciudad, pasó página y conoció a la que fue su esposa. No hubo pasión, pero le caía bien porque era sensata. Y vivieron razonablemente bien.
Llegados a este punto, la pregunta era: ¿le tocaría a la otra media herencia? Preguntó la mujer, aún sin creérselo.
¡Menuda broma! Por aquella tontería de amor eterno, ahora la otra se llevaba media vida: piso, casa de campo segoviana, coche y los ahorros en el banco. En euros, claro.
A nuestra viuda casi le da un infarto. Primero, el disgusto del marido y ahora, esto, que parecía una traición griega.
Tantos años juntos, y él ni una vez mencionó a esa novia de juventud.
Y ahora, ¡hala! A repartir el patrimonio familiar.
Intentó ir por lo legal, pero ni con abogados ni protestas logró nada, solo le crecieron las canas y la tensión.
A la otra le llegó su dinerito.
Se compró un pisito nuevo y se largó a la playa de Alicante con su hija.
Gracias, repetía todos los días, mientras saboreaba su horchata al sol.




