Tras dar a luz, aumenté un poco de peso. Mi cuerpo no cambió mucho, pero… Mi marido empezó a quejarse constantemente por ello, siempre la misma letanía sobre mi aspecto.
En vez de decirme: No pasa nada, cariño, sigues siendo la mejor, y esperar a que me recuperara, decidió tomar “la puerta de Alcalá”. Se marchó con tanta fuerza que, un día, nunca regresó. Me quedé sola con mi hija entre mis brazos; no hacen falta detalles, creo que queda claro.
Al final, me cansé de hundirme en la tristeza y conseguí reunir el valor para regresar a la vida. Me compré un perro y empecé a trotar con él todas las mañanas por el Retiro. Me obligué a trabajar los abdominales. Aunque emocionalmente fue durísimo, me distraía de mis pensamientos oscuros. Me acostumbré al deporte y, finalmente, cuando encontré un empleo, me apunté a un gimnasio en Madrid.
A diferencia del antiguo monitor del centro deportivo del barrio, el entrenador de fitness se mostró siempre amable y paciente. Tras varios años de ir de forma regular al gimnasio, no solo recuperé mi figura, sino que la perfeccioné en algunos puntos)))) Casi diría que mejoré mi silueta una vez y media. Volví a quererme, a admirar mi cuerpo.
Un día, al regresar a casa con mi bolsa de deporte y aún vestida con la ropa de entrenamiento, vi que mi ex marido estaba plantado delante de mi portal. Con flores y una caja de bombones de La Mallorquina… Parece que llama al timbre, pero mi hija no le abre. Entonces, de repente, caí en la cuenta de que allí mismo, justo en ese momento, tenía la oportunidad de hacer realidad el sueño de tantas personas abandonadas…
Hacerle llorar de arrepentimiento. Con gesto destemplado, me recogí el pelo, hice cinco sentadillas rápidas, me acomodé el pecho y avancé hacia él…
¿Y sabes qué me dijo? Señorita, ¿vive usted en este edificio? ¿Podría abrirme la puerta?
Me reí con amargura, tapándome la cara con las manos, y sintiendo una alegría inexplicable, me aparté… ¿He dicho algo gracioso? se molestó de pronto… ¿Por qué se ríe usted? le respondí En el registro civil, cuando prometí amar y proteger Le miré con la expresión más serena y repuse Todavía no puedo reírme sin que me duela. Se me quedó mirando fijamente. Tiene diez segundos para marcharse de este patio le informé sin gracia. ¿Puedo ver al menos a mi hija? suplicó. Salga… fuera… ¡Ya! Le observé alejarse, girándose una y otra vez… Pero no sirvió de nada. Los sueños se cumplen si los deseas…





