Hija mía, ¿te espero el domingo?, le pregunté a mi hija. Claro que sí, me contestó ella.
Yo me puse a esperar a los niños, organizando todo para su llegada. Quería agasajarlos con algo rico. Limpieza general por toda la casa, yo en mi mejor versión, la mesa puesta con esmero y ya solo faltaba que llegasen los invitados. Pero nadie apareció a la hora acordada. Empecé a comerme la cabeza pensando que igual les habría pasado algo. Tenía pensado darles una cantidad importante de euros. Sé lo mucho que sueñan con comprarse un coche nuevo los pobres. Así que decidí llamarla a mi niña. Descolgó el teléfono medio dormida y me suelta:
Mamá, se me ha pasado completamente que teníamos que ir a verte. ¿Cómo que se te ha pasado? ¿He estado dos días dejándome la vida preparándolo todo para nada? Encima hoy es mi cumpleaños. Mamá, te prometo que mañana vamos seguro. Hemos estado tan liados Se me ha olvidado. De verdad, lo siento.
Colgué el teléfono y reconozco que se me cayó el alma a los pies. Y, en un acto poco glamuroso, tiré todo lo que había preparado para ellos a la basura. Después, me hice la maleta, cogí los euros que iban directos a ese coche y me largué unos días a la playa, a Benidorm. ¡Y qué maravilla de vacaciones! Un día, paseando por el parque, se me acercó un señor y me invitó a tomar un café. Felipe, exjuez. Hablar con él era entre fácil y divertido, sabía mil historias curiosas y también le conté las mías.
Nos enamoramos, no te voy a engañar. Antes de irme, Felipe va y me dice: ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? Tengo un piso y una pensión, podemos ir al cine, estar de charla, relajarnos juntos Yo no sabía qué contestar. Tengo hijos, tengo nietos ¡Pero si ellos tienen sus propias vidas!, me tranquilizó Felipe. Vendrán a vernos, si eso. Justo en ese momento, me acordé de la hazaña de mi hija. Y acepté.
Una semanita después, volví a casa. Y vaya sorpresa: en la puerta de mi piso había un cartel pidiendo ayuda para encontrar a una mujer desaparecida. A ti te andan buscando, ¿no?, preguntó Felipe. Eso seguro que ha sido mi hija, le contesté. ¿No sabía que estabas de vacaciones? Pues va a ser que no.
De repente, aparece mi hija por las escaleras. ¡Mamá! ¿Dónde te habías metido? ¡Te hemos buscado por todas partes! Pues yo, de vacaciones, hija. Tendré yo también mis cosillas, ¿no? Por cierto, él es Felipe. Vamos a vivir juntos. No lo entiendo.” No pasa nada. No me ocurre nada raro. ¿No te gustaría que fuera feliz? Pues claro, mamá. Pues ya está. Anda, ven, que te doy unos souvenirs que te he traído de la playa.
¿Te habrías atrevido tú a dar semejante volantazo?





