Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría de la gente piensa. No es sacarlo a …

Lo más difícil de convivir con un cachorro no es lo que la mayoría imagina.
No es sacarlo a pasear cuando en Madrid cae una lluvia fina, cuando el frío de Castilla se cuela por los huesos, cuando apenas has dormido y el alma se te revuelve como si flotaras sobre campos de girasoles a medianoche.
No es rechazar viajes a Salamanca ni decir no a cenas en plazas escondidas de Sevilla porque oyes: Ven, pero sin él.
No es encontrar pelos rubios sobre las sábanas limpias, en tus vestidos favoritos, ni siquiera en la paella del domingo.
No es fregar una y otra vez los suelos del piso, notando que en media hora volverán las huellas diminutas, húmedas, como si alguien jugara a dibujar caminos invisibles.
No son las facturas del veterinario en euros, ni el miedo sordo de haber descuidado algún detalle.
No es perder ese poquito de libertad el aire nuevo ya huele a nosotros.
Y no es tampoco que tu corazón haya dejado de ser solamente tuyo

Todo esto es amor.
Todo esto es vida.
Todo esto lo elegiste tú.

Lo más difícil llega lentocomo el dolor leve que emerge en los tobillos cuando cambia el tiempo, como el viento frío de la Gran Vía en enero, que no notas al principio, pero de repente te atraviesa el alma.

Un día, simplemente, lo comprendes:
él ya no puede correr igual.
Lo intenta pero no puede.

Corre hacia ti, como todas las mañanas, pero ya no es lo mismo.
Sus ojos siguen siendo tus faroles, pero en ellos hay una luz cansada, que te susurra:
Aquí sigo, pero cada día me cuesta un poco más.

Y recuerdas cómo era.
Y lo miras ahoraenteramente tuyo, entregado por completo a tus manos.

Siempre confió en ti:
que estarías a su lado,
que lo ayudarías,
que lo salvarías.

Y así lo hiciste.

Pero ahora no puedes salvarlo de la vejez.

Lo más doloroso es saber que, para ti, él era consuelo
mientras que para él, tú eras TODO:
su vida entera,
su único cielo,
toda su esperanza.

Y tú no estás preparado.
No estás listo para dejarlo ir.
No estás listo para ver cómo se apaga aquel que te enseñó a amar sin medida.

Entonces llega el silencio.
Un silencio denso, con sabor a miel vieja.
El hueco frío en la almohada.
El cuenco que ya nadie rebañará.
Y tu corazón, desmenuzado en mil trozos.

Y otra vez sales a la calle,
pero ahora sin él.

Y te sorprendes murmurando al aire:
Vamos, mi pequeña Luna

Pero si pudiera retroceder el tiempo
volvería a elegirlo.
Lo escogería todo: el cansancio, la tristeza, la entrega.

Porque este amor es de verdad.

Tener un perro es dejar pasar el fuego por tu vida.
Un fuego que te calienta siempre,
incluso en su ausencia.

Porque el perro solo tiene una misión en este mundo:
regalarte su corazón para siempre.

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MagistrUm
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