Cuando Lucía se enteró de que estaba embarazada, su familia se quedó boquiabierta, como si hubiera anunciado que se iba a hacer monja o torera. La idea de que estuviera con alguien que, según ellos, iba a desaparecer antes que el jamón del desayuno no les hacía ni pizca de gracia.
Lucía era una chica sencilla de Salamanca, criada en una familia de lo más normal. Creció con su madre y su padrastro, que, para qué negarlo, era más apañado que un botijo en agosto. Sus padres la apoyaban en todo, siempre supo que podía contar con ellos y que la adoraban. Lucía terminó el instituto y aprobó la selectividad de milagro, y lo de entrar en la universidad era una incógnita, sobre todo porque con el inglés se llevaba peor que con las matemáticas.
Decidió que unas clases particulares le vendrían de perlas para no hacer el ridículo en la facultad, así que empezó a buscar profe. Eligió a Moussa, un chico de Guinea que llevaba unos años en España y se le daba el inglés como a un asturiano la sidra. Moussa era ya perro viejo en esto de dar clases particulares. Al principio las clases eran un desastre; Lucía pensaba en cualquier cosa menos en los verbos irregulares. Pero poco a poco, le cogió cariño a Moussa, y a las cuatro clases ya estaban casi más unidos que las piezas de la Sagrada Familia. Al final, no podían ni verse por separado.
Cuando Lucía descubrió el positivo, la familia volvió a la carga con las tragedias. Que si iba a tener que criar sola al niño, que si el bebé iba a destacar más que un guiri en la playa de Benidorm, que qué necesidad había de complicarse la vida, hija.
Cuando Moussa terminó la carrera, de verdad se marchó de vuelta a su país aunque seguía hablando con Lucía por teléfono y por vídeo, demostrando que el amor moderno necesita wifi más que oxígeno. Ambos esperaban con ilusión la llegada de su criatura. El embarazo fue como un tren AVE, llegó a término sin retrasos, pero la frialdad familiar acabó convenciendo a Lucía de hacer las maletas y plantarse en Conakri.
La aventura africana no les salió barata: ni con abanicos, ni con gazpacho se aclimataban ellos al calor. Volvieron pronto a Salamanca, y al cabo de un tiempo tuvieron a su segunda hija. Los padres de Lucía seguían igual de encantadores que una tapa insípida, pero ella ni pensaba abandonar a su Moussa sólo para quedar bien en la foto de Navidad. Así que, con la esperanza de encontrar gente con menos prejuicios que en una tertulia de bar, están planeando mudarse a Canadá, a ver si allí la gente es más de abrazar que de juzgar.







