Diario de Víctor
Sé lo de tus historias dijo mi esposa. Sentí un frío en el alma.
No, no me sobresalté. Ni siquiera me puse pálido, aunque por dentro sentí cómo todo se encogía en mi interior, como un papel arrugado antes de tirarlo a la basura. Me quedé inmóvil.
Clara estaba junto a la vitrocerámica, removiendo algo en una cazuela. Una escena tan de siempre: de espaldas, el delantal de lunares, el aroma de cebolla sofrita. Mi hogar. Todo parecía tan normal que casi pensé que había oído mal su voz. Pero no, su tono era firme, como el de una locutora dando las noticias.
Por un momento quise creer que hablaba de pepinos, que igual sabía dónde encontrar los mejores en el mercado, o se refería a Julián, el vecino del tercero, que quería vender el coche.
Pero no.
De todas tus historias repitió, sin volverse.
Fue ahí cuando sentí el verdadero vértigo. Porque no hablaba con rabia, ni con llanto, ni con un ataque de celos. Ese tono que siempre temí: gritos, reproches, vajillas rotas. Nada de eso. Solo era una constatación. Como quien dice que se ha acabado la leche.
Cincuenta y dos años tengo. Veintiocho de ellos casado con esa mujer. La conozco mejor que nadie: su lunar en el hombro izquierdo, cómo arruga la nariz al probar el gazpacho, su suspiro al despertar. Pero ese tono de voz, nunca se lo conocí.
Cla… intenté, pero la voz se me quebró.
Tosí. Lo intenté de nuevo.
Clara, ¿de qué hablas?
Se giró despacio y me miró. Larga y serenamente, como si no me hubiera visto antes. O como si repasara una foto antigua en la que ya no distingue los detalles.
De Carmen, de tu departamento de contabilidad, por ejemplo. Dos mil dieciocho, si no me equivoco.
Noté que la tierra se abría bajo mis pies. No es una forma de hablar; de verdad sentí el abismo.
¡Dios! ¿Carmen?
Apenas recordaba su cara. Hubo algo durante la cena de empresa, ¿o fue después? Algo breve. Nada importante. Me prometí entonces que jamás se repetiría.
Y de Teresa, la que se te acercó en el gimnasio. De eso, hace dos años ya.
Boca abierta. Boca cerrada. ¿Y eso, cómo lo sabía?
Clara apagó la placa, se quitó el delantal con paciencia, lo dobló cuidadosamente. Se sentó a la mesa.
¿Prefieres saber cómo lo supe o por qué callé? preguntó.
No respondí. No era por falta de ganas. Simplemente, no podía.
La primera vez empezó , me di cuenta hace diez años. Empezaste a quedarte hasta tarde en la oficina. Sobre todo los viernes. Llegabas contento, chispeante, oliendo a perfume.
Sonrió con amargura. Sin alegría.
Pensé: quizá es cosa mía. Alguna compañera nueva tal vez. Me convencí a mí misma durante un mes. Hasta que un día encontré un ticket de restaurante en tu americana. Cena para dos. Vino. Postre. Nosotros nunca hemos ido juntos allí.
Quise hablar, mentir, inventar una excusa, como otras veces. Pero las palabras se me atragantaron.
¿Sabes qué hice? me miró directo a los ojos . Lloré en el baño. Luego me lavé la cara, preparé la cena y te recibí con una sonrisa. No le dije nada a nuestra hija tenía quince años entonces. Exámenes. Su primer amor. ¿Para qué iba a meterle toda esa basura en la cabeza?
Hizo un gesto sobre la mesa, como retirando polvo invisible.
Pensé: lo superaré. Se le pasará. Los hombres, ya se sabe: crisis de los cincuenta, las hormonas, tonterías. Volverá y ya está. Lo importante es la familia.
Clara… susurré.
No hace falta me cortó . Déjame seguir.
Callé.
Luego vino otra… otra más… Perdí la cuenta. Tu móvil, sin contraseña jamás. ¿Creías que yo no lo miraba? Leía los mensajes. Te echo de menos, cariño. Eres el mejor. Y las fotos… abrazado a ellas, sonriendo. Por primera vez flaqueó su voz, pero se recompuso y respiró hondo.
Y entonces me preguntaba: ¿por qué hago esto? ¿Para qué vivir así, con alguien que no me quiere?
¡Te quiero! salté. Clara, yo…
No me interrumpió. No me quieres. Quieres la comodidad. Una casa ordenada, una cena caliente, las camisas planchadas. Una mujer que no moleste ni pregunte.
Se levantó, miró por la ventana, la noche al otro lado.
¿Sabes cuándo decidí? Hace un mes. Nuestra hija vino a pasar el fin de semana. Charlamos en la cocina con un té. Me dice: Mamá, te noto rara. Callada, como si no fueras tú. Y pensé: tiene razón. Hace diez años que no soy yo. Que no vivo para mí.
La miré de espaldas, la espalda recta, rígida. Y de pronto entendí que la estaba perdiendo. No podía perderla. No: la perdía ya. En ese momento.
No quiero divorciarme dije, ronco. Clara, por favor.
Yo sí respondió, sencilla. Los papeles ya están en el juzgado. Tenemos cita en un mes.
¿¡Pero por qué!? estallé ¿Por qué ahora?
Clara se dio la vuelta. Me miró fijo. Y sonrió, triste.
Porque entendí que nunca me traicionaste, Víctor. Solo se puede traicionar a quien te importa. Para ti yo solo era… algo más. Siempre ahí, como el aire.
Y era verdad.
Me quedé encorvado en el sofá, de golpe envejecido diez años. Clara ya estaba de pie, en la puerta. Entre nosotros, veintiocho años de matrimonio, una hija en común, un piso donde cada rincón nos había visto juntos. Y un abismo, enorme, imposible de saltar.
Sabes murmuré que sin ti me pierdo.
No te perderás, sobrevivirás me cortó. Como puedas.
¡No! Me levanté, avanzando Clara, cambiaré, lo juro. Nada de…
Víctor levantó la mano, deteniéndome . No es por ellas. No va de ellas.
¿Entonces?
Calló, buscando las palabras. Aquellas que nunca dijo, por miedo, por vergüenza, o por no creerse digna de ser escuchada.
¿Sabes cómo me sentía? Cada vez que venías de estar con otra, yo a tu lado en la cama me sentía un cero. Ni te molestabas en ocultarlo. El móvil a la vista, las camisas en la colada con el carmín marcado. Pensabas que era tonta. O ciega.
Sentí el golpe. Me tambaleé.
No quería hacerte daño.
¿No querías? Se acercó hasta estar delante. No pensabas en mí. Para nada. Cuando besabas a otra, ¿en qué pensabas? ¿Mi mujer no lo sabrá? ¿Da igual?
Guardé silencio.
Porque la verdad era más terrible: no pensaba en ella. Clara existía, simplemente. Siempre pensé: nunca se irá.
Volvías a casa tras tus aventuras convencido de que la vida seguía igual. Esposa en su sitio. Familia unida. Todo en orden.
Volvió la mirada.
Pero en esa vida no estaba yo. No existía para ti.
Quise acercarme, tocarle el hombro, abrazarla, aferrarme a ella.
Clara se apartó.
No hace falta dijo, cansada. Es tarde.
Agarré sus manos.
Clara, por favor. ¡Dame una oportunidad! ¡Cambiaré! ¡Seré otro!
Miró nuestras manos unidas. Mi cara, ya descompuesta y asustada. Y creo que por fin lo comprendió: yo tenía miedo. Pero no de perderla a ella.
Tenía pánico a la soledad.
Mira dijo bajito, liberando sus manos . Yo también tuve miedo. De quedarme sola. Sin ti. Sin familia. Pero ahora sé algo.
Cogió el bolso, las llaves de la mesa.
Ya estoy sola. Desde hace mucho. Aunque estuvieras aquí al lado.
Y se fue.
Han pasado tres semanas.
Me siento en el piso vacío Clara se fue enseguida a vivir con nuestra hija y paso los contactos del móvil. Carmen, contabilidad. Teresa, gimnasio. Algún nombre más, gente que significó algo, alguna vez.
Marqué el número de Teresa.
Llamada rechazada.
A Carmen le escribí. Leído, sin respuesta.
Las otras ni leen los mensajes.
Curioso: cuando tenía familia, todas querían quedar. Ahora que estoy libre…
Nadie quiere saber nada.
La casa me parece inmensa y ajena. Y por primera vez en mis cincuenta y dos años, la soledad me cala de verdad.
Miro el teléfono. Busco Clara. Dudo. Los dedos me tiemblan.
Escribo un mensaje. Lo borro. Lo intento de nuevo. Vuelvo a borrar.
Al final, solo pongo: ¿Puedes verme?
Durante una hora, nada. Después: ¿Para qué?
Pienso la respuesta. ¿Decir perdón? Ya es tarde. ¿Vuelve? Ridículo. ¿He cambiado? Mentira.
Pongo la verdad:
Quiero empezar de nuevo. ¿Podemos intentarlo?
Veo los puntos que titilan. Desaparecen. Vuelven a aparecer.
Y entonces llega la respuesta:
Ven el sábado. A casa de nuestra hija. A las dos. Hablamos.
Respiro hondo.
No sé qué pasará. Si me perdonará, si volverá, si merezco una segunda oportunidad.
Miro el anillo en mi dedo.
Y por primera vez en muchos años, me siento dispuesto a empezar de cero.
Si ella quiere.
¿Debió Clara callar durante tanto tiempo? ¿Quizá tenía que haber enfrentado la situación y plantarse desde la primera infidelidad? ¿Tú qué harías?






