Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, sopa agria en la nevera: todo esto es nuestro hogar. Decidí abordar delicadamente a mi esposa con estas preguntas, pero de algún modo acabé recibiendo reproches.

Me enamoré de Carmen nada más verla. Fue flechazo total, de esos que sólo pasan en las películas o en la Gran Vía un sábado por la tarde. ¿Y cómo iba a resistirme? Entre su sonrisa y su manera de levantar la ceja con ironía, estaba vendido. Pensé que era un suertudo por tener al lado a una mujer tan brillante, simpática y encima ordenada. Así que, ni corto ni perezoso, le propuse matrimonio en cuanto se presentó la ocasión, casi antes de conocer a su madre (cosa que en España ya es tradición nacional).

Nos fuimos a vivir juntos y, nada más instalar las maletas, Carmen dejó las cosas claras: eso de las tareas domésticas no era lo suyo. Ella prefería centrarse en su carrera y repartir las faenas a partes iguales. A mí me pareció bien, muy justo y muy avanzado, en plan sociedad moderna. Ni me planteé ningún problema, la verdad. Si algo tiene la justicia española es que lo de compartir siempre suena bien sobre el papel.

Repartimos las tareas y Carmen me prometió que podía hacerlo todo, trabajo y casa, como una campeona. Yo, confiado como un manchego con queso, acepté su palabra y no insistí más. Al principio funcionó: cada uno a lo suyo y la casa medianamente decente.

Seis meses después, me di cuenta de que había hecho el canelo. La vida profesional de Carmen no era el chollo que esperaba: trabajaba a media jornada en una empresa que no conocía ni San Google y ganaba un sueldo más irregular que el clima en Burgos en noviembre. Para colmo, todo lo que cobraba se lo gastaba en sus caprichos: que si unas botas de piel, que si productos ecológicos, que si entradas para un musical en el Teatro Lope de Vega. Mientras tanto, yo trabajaba a destajo de sol a sol y tenía que escuchar, encima, que la repartición de tareas se había convertido en un recuerdo vago para ella.

Al principio, cumplía con su parte y hasta planchó alguna camisa, no lo niego. Pero poco a poco, su entusiasmo bajó más rápido que un ascensor de la Puerta del Sol. La casa, que tan limpia parecía, empezó a llenarse de montañas de ropa por planchar y tazas de café medio llenas. Por no hablar de que, cuándo intentaba escaparme a ver el fútbol, Carmen me soltaba que debería ayudarle más. Que, claro, era la corresponsabilidad. A mí aquello me dolía, porque en mi cabeza habíamos pactado hacerlo todo a medias desde el principio.

Pensé que, cuando naciéramos nuestro pequeñín, la cosa mejoraría: con el permiso de maternidad, Carmen se quedaría en casa y todo iría sobre ruedas Iluso de mí. Aquello empeoró rápido. Ahora, a los dos meses del bebé, no hago más que preguntarme si no estaría mejor soltero. Las discusiones se han convertido en el pan de cada día y, aunque intento ponerme en la piel de Carmen, tengo la sensación de que mis necesidades están fuera de juego.

Trabajo en la oficina y luego en casa, voy de aquí para allá con un ojo en el ordenador y otro en la lavadora. Y mientras tanto, solo sueño con poder tirarme en el sofá sin remordimientos. Pero claro, tampoco entiendo qué hace Carmen todo el día en el permiso de maternidad. El niño duerme casi todo el día (bendito sea), así que yo ya me habría ventilado la casa y me hubiera hecho una tortilla de patatas.

No quiero ni pensar qué pasará si tenemos otro hijo. Yo soy todo por la igualdad y el apoyo mutuo, pero me da la impresión de que a Carmen este concepto le suena a sueco. No quiero que todo esto termine en desastre familiar, porque a nuestro pequeñín lo quiero muchísimo. Pero sinceramente, creo que mi paciencia ha llegado al límite.

Y ahora dime tú, ¿tú de parte de quién estás en esta tragicomedia made in España?

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Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, sopa agria en la nevera: todo esto es nuestro hogar. Decidí abordar delicadamente a mi esposa con estas preguntas, pero de algún modo acabé recibiendo reproches.