— Llevamos cuarenta años viviendo bajo el mismo techo, ¿y ahora, a los sesenta y tres, te vas a cambiar la vida de repente?

¿Cómo puedes cambiar de vida después de cuarenta años viviendo bajo el mismo techo, y a los sesenta y tres te pones a buscar la novedad?

Leonor estaba sentada en su sillón favorito, mirando por el ventanal hacia la Gran Vía de Madrid, intentando olvidar el día que se escapaba entre sombras alargadas. Horas atrás, había cocinado de manera frenética una tortilla de patatas, esperando el regreso de Alejandro de su jornada de pesca en el río Manzanares. Pero él volvió no con lubinas, sino con palabras, palabras que le rondaban hace tiempo y que por fin saltaron, extrañas, en el aire de la casa.

Quiero separarme y te pido que lo aceptes con calma dijo Alejandro, desviando la mirada hacia esa esquina del cielo que nunca había visto. Las niñas ya son mayores, los nietos ni lo notarán, y podemos poner punto final sin gritos ni reproches.

Tras cuarenta años juntos y, justo cuando tu pelo se llena de canas, decides buscar otro sendero murmuró Leonor, incapaz de entender el giro surrealista de la realidad. Tengo derecho a saber qué pasará después.

La vivienda de la Plaza Mayor será para ti, yo me iré a la casa de campo en Aranjuez sentenció Alejandro, como si llevase años ensayando esa frase. No tenemos que dividir nada, porque al final todo será de nuestras hijas.

¿Cómo se llama la otra? preguntó Leonor, resignada y sin fuerza.

Alejandro se sonrojó, recogió su caña y sus botas y fingió no haber oído la pregunta. Así, Leonor supo, sin duda, que existía una rival de carne y maquillaje. En su juventud los dramas parecían fábulas de otras personas; jamás imaginó que acabaría sola, y él se marcharía con otra mujer.

Quizá todo se arregle y vuelva la calma la consolaban sus hijas, Jimena y Blanca. No te preocupes por papá, ya es mayor.

Ya nada tendrá arreglo suspiraba Leonor, mirando las luces de la ciudad. Solo me queda vivir lo que resta, alegrándome de vuestra felicidad.

Jimena y Blanca fueron a la casa de campo para una conversación crucial con Alejandro. Volvieron con los ojos apagados, pero tardaron en confesar la verdad a su madre. Solo modificaron su discurso; empezaron a insistir en que vivir sola podía ser mejor, que ya no tendría que velar por nadie más. Leonor lo entendió todo, pero no preguntó ni indagó, solo continuó con la rutina, aunque no era sencillo. Parientes y conocidos la acosaban en el mercado de San Miguel, curiosos, casi morbosos.

¡Vaya! Después de tantos años juntos, ahora él se va con otra comentaban las vecinas del barrio de Lavapiés. ¿Es más joven o más rica?

Leonor no tenía respuesta; a solas, pensaba en la misteriosa rival y deseaba verla. Por ese motivo, se animó a visitar a Alejandro en Aranjuez bajo el pretexto de recoger unas conservas de pimientos hechas en verano. No avisó, quería encontrarse de golpe con la mujer que le robaba su realidad, y allí, en la cocina iluminada por la luz surreal de la tarde, la halló.

Alejandro, no dijiste que tu ex vendría a molestarnos se quejaba la señora extravagante, de maquillaje estridente y labios color cereza. Pensé que ya habíais resuelto todo y que aquí no tenía nada que hacer.

¿De verdad me cambiaste por esto? preguntó Leonor, observando a la desvergonzada rival.

¿Vas a quedarte mirando mientras esta mujer me insulta? gritó la dama. Por cierto, apenas soy unos años más joven que vosotras, pero parezco mucho más atractiva.

Si a esta edad aún cree que el brillo en el rostro es el único valor murmuró Leonor, buscando la mirada confundida de Alejandro.

Al regresar, el eco de los gritos de la dama, envejecida como una muñeca de porcelana rota, retumbaba en sus oídos. Leonor se dejó llorar sólo al llegar a casa, y marcó el teléfono de su hermana.

No te pongas así decía Estrella, preparando un té de hierbabuena y limón. Dices que la nueva de Alejandro ni es guapa ni inteligente.

Quizá tiene razón y yo parezco una anciana dudaba Leonor.

Estás estupenda para tu edad, de verdad afirmaba Estrella. La gran equivocación es vestirse con leggings de leopardo o minifaldas a los setenta. La mujer es bella siempre que sabe llevarse y se viste según la vida.

Leonor se miró en el espejo, y comprendió que su hermana tenía razón. Mantenía la salud, vestía bien, y sus hijas le regalaban cosméticos parisinos; nunca fue vulgar ni quiso ser papagayo, así que no imaginaba comportarse como la rival de las sombras.

Bueno, ahora que eres mujer libre, disfruta seguía Estrella. Las niñas ya caminan solas, y hay mil planes culturales en Madrid para nuestro tiempo, no te dejaré marchitar.

Estrella mantuvo la promesa; arrastró a Leonor a los teatros del Barrio de las Letras, a paseos por el Retiro, y conciertos en la Plaza del Sol. Pronto, formaron un grupo de amistades con compañeros de edad; incluso un hombre empezó a mostrar interés por Leonor, pero ella cortó de raíz y rehusó encuentros.

Ahora te veo por los teatros y entre nuevas amistades ¿vas a casarte de nuevo? preguntó Alejandro al cruzarse en el supermercado de Fuencarral.

¿Por qué vienes tan lejos a comprar pan y leche, si en Aranjuez hay tiendas? ¿O acaso tu nueva te deja sin cocina? consultaba Leonor.

Es que siempre compraba aquí y los hábitos no cambian fácilmente a nuestra edad refunfuñaba Alejandro.

Leonor prefirió no ahondar. Se marchó a casa bajo la excusa de estar ocupada. Alejandro, en ese momento, sintió el deseo extraño de correr tras ella y abrirle el corazón, contarle cuán profundamente lamentaba el divorcio. Él siempre había estado junto a Leonor y las niñas, y luego vino la impulsiva Cecilia, quien lo envolvió en un remolino delirante de pasiones.

Al principio todo pareció divertido, pero pronto descubrió que Cecilia odiaba el hogar, prefería chismes de bar y fiestas ruidosas en la periferia. Alejandro comenzó a desear volver a la casa de Madrid; después de ver a Leonor, ese deseo se hizo más fuerte. Ella, digna y silenciosa, sobrevivía entre recuerdos y nuevas horas. Alejandro se dio cuenta de que echaba de menos el sosiego y el cariño, que sólo existían junto a Leonor.

Has vuelto a comprar orejones y yo pedí ciruelas secas regañaba Cecilia examinando las bolsas. El queso tampoco es el que me gusta y el aceite ni lo has traído.

Antes todo lo hacía Leonor, o lo hacíamos juntos. Tú me dejas solo en esto respondió Alejandro, agotado.

Si me comparas con tu ex una vez más, me marcho. No soportas haberme elegido bramaba Cecilia.

Alejandro en verdad lamentaba su decisión; sabía que no había nada que decir, pues Leonor jamás pidió ni conspiró. Solo era ella misma, y él desesperadamente deseaba su perdón.

Sabía que ella nunca volvería a confiar ni a abrir la puerta; muchas veces quiso llamarla, tras una riña con Cecilia, y hasta llegó a plantarse una tarde ante la puerta de la vieja vivienda.

¿Vienes a por tus cosas? preguntó Leonor, impidiendo el paso.

Quería hablar ¿tienes tiempo? titubeó Alejandro, oliendo el perfume de su tarta de ciruelas favorita.

No tengo tiempo, ni ganas, ni necesidad respondió calmada. Si has venido por algo, tómalo. Yo espero visita.

Alejandro no tenía mucho que llevarse; quiso decirle todo, pero las palabras se quedaban atrapadas. Volvió a Aranjuez, y se puso a preparar una cena solitaria empanada de atún, pues Cecilia había salido a festejar, riendo incluso en sueños. Alejandro confirmó su decisión, y le dio a Cecilia tiempo para recogerlo todo.

Tras otro de sus exabruptos, Alejandro pensó en llamar a Leonor para contárselo, pero desistió; la conocía demasiado bien, y sabía que no había esperanza de ser perdonado ni de borrar los agravios.

Quizá, algún día, cuando el sol del retiro se encendiera, podría ir ante Leonor y pedirle disculpas. Ese gesto era necesario; sin él, Alejandro vagaba por Aranjuez sin tranquilidad. Aunque sosegadamente, sabía que el perdón sería sólo eso, nunca el regreso.

Ahora, Leonor vivía en Madrid, rodeada de sus hijas y nietos, paseando por museos y teatros, sintiendo la brisa surreal de la ciudad. En ese cuadro, ya no había lugar para Alejandro, solo para los recuerdos difuminados entre sueños y realidades distorsionadas.

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MagistrUm
— Llevamos cuarenta años viviendo bajo el mismo techo, ¿y ahora, a los sesenta y tres, te vas a cambiar la vida de repente?