Un lobo apareció en un pequeño pueblo escondido en la provincia de Segovia, pegado al bosque de pinares, y no podía comer ni por asomo. Una mujer fue la que se dio cuenta de la extraña marca en su cuello y exclamó: ¿Pero quién te ha hecho esto, pobrecito?
En esta aldea, donde el tiempo pasa tan despacio que hasta las ovejas bostezan, apareció un lobo solitario, joven, fuerte y eminentemente salvaje, pero con un sentido de orientación tan dudoso que prefería estar cerca de los humanos y sus perros de patio, en vez de perderse por la espesura. No atacaba de noche, no robaba gallinas, ni siquiera gruñía. Más bien, se sentaba junto a los corrales y observaba, con mirada insistente, casi como si quisiera comentar la actualidad en el bar del pueblo.
El lobo sentía una atracción especial por Trucha, una perra mestiza tan vulgar que a la pobre solo le quedaba presumir de su cola. La dueña era una chica llamada Pilar, que en el pueblo ya se había ganado el apodo irónico de la novia del lobo, aunque ella no veía la gracia. Una mañana, mientras cogía agua en el pozo, Pilar vio al lobo hecho un ovillo al lado de la caseta de la perra. Su mirada tenía tanta tristeza que se le encogió el corazón: no había ni rastro de rabia, sólo desesperación.
¿Pero qué le habría pasado a este lobo, y por qué insistía tanto en volver al patio de Pilar?
Al principio, la gente no hablaba del asunto sin recelo, pero pronto el miedo dio paso a la curiosidad. El lobo respetaba vacas, ovejas y toda la fauna autóctona, y sólo rondaba el pueblo para estar cerca de los perros. Eso sí, a los machos los evitaba como si fueran guardias forestales, pero a las hembras iba directo, como quien busca la pareja en el baile del sábado. Así acabó haciéndole la corte a Trucha.
La perra, en vez de ladrar o mostrar los dientes, se mostró encantada y meneó la cola con entusiasmo. El lobo, por su parte, miraba a Pilar de reojo, como esperando que ella le diera autorización para una cita. Pilar se reía por fuera como el pueblo, pero por dentro sospechaba que aquello era algo más que una simple anécdota rural.
Una mañana, el animal ni se inmutó ante el estruendo de los cubos. Pilar se acercó, y vio en su cuello una marca oscura. Parecía un viejo collar de cuero. ¿Un lobo con collar? Aquello le quitó el sueño. El lobo se esfumó pronto, pero la inquietud permaneció.
Por la tarde, Pilar llevó trozos de carne a la huerta. El lobo no comió: sólo los lamió y trató de masticar, pero su mandíbula apenas se movía. Quedó claro que no podía abrir la boca del todo. El miedo desapareció: un lobo que no puede comer ni siquiera puede acosar a una gallina.
Día tras día, Pilar troceaba la carne cada vez más pequeña, para que pudiera tragarla. Se acercaba más, le hablaba en voz baja, como calmando a un niño, hasta que finalmente logró tocarle la cabeza.
Bajo su mano notó el collar de cuero, incrustado en la piel, fruto de alguna crueldad humana. Pilar, armándose de valor, pescó un cuchillo, buscó la hebilla y cortó el collar. El lobo dio un respingo, escapó y se perdió entre los árboles.
La mañana siguiente, Pilar llevó el collar al ultramarinos del pueblo. Los hombres lo reconocieron en seguida: años atrás, un lobo joven había escapado de una estación de caza experimental. Ese era el mismo. Aquel día hubo debate y chistes, pero Pilar solo pensaba en una cosa: al menos, el lobo ya podía respirar como los demás.
Y volvió. Ahora comía sin problemas, y cada día se veía más fuerte. Hasta que un día, satisfecho, se acercó y apoyó la cabeza suavemente en las rodillas de Pilar.
Y la verdadera sorpresa llegó después. Trucha tuvo cachorros: cuatro lobeznos y uno negro, como una noche de tormenta. En el pueblo saltaron: el lobo no desperdició el tiempo, qué figura.
El lobo se convirtió en padre responsable, visitaba a su prole, traía presas, olisqueaba y lamía con cuidado a los pequeños. Pilar observaba desde la ventana, comprendiendo que su huerto era ahora una extensión de la manada.
Un día apareció un hombre bronco, el dueño de la estación de caza. Pedía que le devolvieran al lobo, intentó comprar los cachorros, y, al escuchar el no, amenazó con llevarse lo que era suyo. Y entonces, el pueblo vivió una escena que acabaría en tertulia muchos años.
El lobo saltó la valla como un rayo, derribó al energúmeno y se colocó entre él y Pilar con los cachorros. El hombre huyó despavorido, y Pilar no dudó: era el mismo lobo, aquel que había escapado de los hombres.
Los cachorros se marcharon tras su padre cuando crecieron. Años después, los cazadores seguían hablando de lobos negros en los pinares. Pilar sonreía: nietos de Trucha, pensaba.
El lobo volvió muchas veces más. Aunque, como decía Pilar, esa es otra historia.
A veces la confianza llega donde nadie la esperaba, entre el ser humano y la naturaleza salvaje. Pilar no temió mostrar compasión, y el lobo le devolvió el favor con protección y lealtad.
Así, el solitario encontró su manada, y la mujer, una historia que confirma: el bien siempre vuelve.
¿Y tú qué opinas? ¿Crees que los animales salvajes pueden recordar y responder al bien?





