Eres esposa, tienes que aguantar – Tras escuchar estas palabras de mi suegra, me sentí aún peor.

Cuando hay una boda en la familia, para todos es como si les hubiese tocado el Gordo de la Lotería de Navidad: un sinvivir de nervios y emociones. El casamiento lo revoluciona todo, y la gente anda como si flotara en una nube de churros y azúcar.

Curiosamente, la mayoría mira únicamente el lado rosa del asunto, aunque, como las monedas de dos euros, la cosa tiene doble cara.

No, no digo que casarse sea lo peor. Pero todavía hay muchas mujeres convencidas de que la felicidad solo se puede alcanzar entre anillos matrimoniales y criando churumbeles. Muchas chicas jóvenes, con la prisa de huir del nido, no entienden bien lo que es el matrimonio ni el lote completo que conlleva.

Ellas piensan: Me caso y ya, el resto viene rodado como las aceitunas por la barra del bar.

Voy a contaros lo que me pasó. Yo también era de esas que pensaba que casándome con mi amor y trayendo al mundo a un niño, ya tenía el paraíso ganado en la Gran Vía de Madrid.

Pues no. El matrimonio, de repente, me colgó a la espalda todo un saco nuevo de problemas. Ni habíamos empezado a ahorrar para un pisito, cuando zas, me entero de que estoy embarazada. Con los precios de las cosas hoy en día, un hijo cuesta más que una entrada para ver al Real Madrid en el Bernabéu.

Al principio, nos hacía ilusión. Mi marido tenía un pequeño negocio, mientras yo me ocupaba de sobrevivir a la baja de maternidad con la cuenta en números rojos. Olvidad lo de ahorrar para una casa. La maternidad fue otro plato fuerte: mi hijo no paraba quieto, siempre estaba malo, yo encadenaba noches sin dormir y tenía los nervios de puntillas. Hubo momentos en los que me entraron ganas de fugarme a las Canarias. Os juro que no todas estamos hechas para ser la superwoman de la familia.

Ojalá lo hubiera comprendido antes. Ya con mi hijo de dos años, a mi marido le viene abajo la empresa. Cayó en una depresión de esas que se curan con más copas de orujo que lágrimas. A mí no me quedó otra que arremangarme. Apunté al niño en la guardería, me encasqueté dos trabajos y tiré palante mientras mi marido se quedaba en la cama con resaca perpetua. Aquello era tan duro y agotador que no sabía si reír o pedir plaza en el manicomio. Si hubiese estado sola, ni el dinero ni el cansancio ni mi cabeza habrían sido problema.

Un día, le pedí a mi suegra que hablara con su hijo, a ver si lo rescataba de la hibernación y recordaba cómo se mueve la gente de dos piernas. Le abrí mi corazón: No puedo más, no me da la vida, estoy al límite.

Esperaba palabras de consuelo, algún mimo. Pero mi suegra, tan flamenca ella, solo me soltó: Mira, hija, que aquí ninguna tiene sangre azul en las venas, todas pasamos tragos amargos. Pero eres mujer, aguanta el tirón, que una no puede permitirse ser débil.

Las mujeres somos el pegamento de la familia, así que cierra la boca cuando te entren ganas de gritar y aprieta los dientes cuando te asomen las lágrimas. Acéptalo y a seguir, y nada de quejarse.

Os juro que esas palabras me atravesaron como una banderilla bien clavada en San Isidro.

Lo triste es que ella también es mujer, y no le va mucho mejor. Su marido es más vago que un gato en agosto, pero en vez de ayudarnos entre nosotras, su receta es: ojos cerrados y aguanta. ¿Hasta cuándo, me pregunto yo? Solo tenemos una vida, y la queremos vivir con alegría y pocas piedras en el camino. Obstáculos habrá, sí, pero no así. Las mujeres merecemos vivir felices y ser queridas, leche.

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Eres esposa, tienes que aguantar – Tras escuchar estas palabras de mi suegra, me sentí aún peor.