Muchas nueras jóvenes han sufrido a manos de sus suegras, sin poder quejarse a nadie.
Recuerdo que se acercaba nuestro primer aniversario de bodas. La relación con mi suegra seguía siendo, digamos, inestable. Más bien éramos dos desconocidas intentando entendernos, aunque lejos de lograr cualquier perfección.
Le pedí a mi marido, Jaime, que me presentara a su madre antes de la boda, ya que él ya conocía a la mía. Siempre encontraba una excusa: que no había tiempo, que su madre tenía otros compromisos, o simplemente surgía cualquier contratiempo. Decía: “Ya tendréis ocasión de conoceros.” Finalmente, nos presentamos en el mismo día de la boda. El encuentro fue frío como la escarcha: yo, con una sonrisa y un sincero buenos días, recibí a cambio un seco y forzado buenos días.
Jaime siempre me había asegurado que su madre era una mujer estupenda y abierta de mente. Aun así, alguna vez le confesé el temor de que ella intentara inmiscuirse en nuestra vida. Había visto demasiados casos así. Pero Jaime me tranquilizaba: decía que su madre no era de esas, que siempre había afirmado que él elegiría con quién casarse y con quién formar familia. Que nunca criticaría su elección ni le echaría sermones. Sin embargo, pocos días después de la boda, Jaime volvió del trabajo y se sentó en la cocina con un vaso de té y una mirada pensativa. Le pregunté qué le preocupaba. Lo que me respondió me sorprendió:
Creo que a mi madre no le terminas de gustar.
Por lo visto, para mi suegra era intolerable que yo no lavara los huevos con vinagre antes de usarlos. Que dejara platos en el fregadero porque me resultaba más cómodo así. Que dejara la esponja junto al fregadero en lugar de ponerla en un platito aparte. Que hiciera el caldo todo junto en vez de hervirlo primero y cambiarle el agua. Y un sinfín de detalles semejantes. Me quedé boquiabierta.
Le pregunté a Jaime:
¿Y por qué habría de disgustarle algo de mí? Al final del día, tanto tú como yo somos una familia independiente. Ella ni vive con nosotros.
Pero soy su hijo, y estoy acostumbrado a vivir de cierta manera. Así que deberías hacerlo como ella lo hace.
Repliqué que mi cocina era mía y que cada casa tenía sus costumbres. Que en mi propio hogar podía hacer las cosas como quería.
Pero Jaime insistía en que de ahora en adelante deberíamos vivir de otra forma, y que yo tendría que acostumbrarme.
Después de esa discusión, vivimos una relativa calma durante cuatro meses. Cuando coincidíamos con mi suegra, ella me sonreía y me preguntaba con educación sobre mi trabajo, mi relación con Jaime, la implicación de él en las tareas domésticas. Sin embargo, cuando adoptamos a Lucas, nuestro perro, en menos de dos semanas media ciudad sabía, gracias a ella, que yo no le cocinaba huesos ni carne. Que era una insensata por alimentarle con pienso natural. Pobre mujer, decían, qué difícil debía de ser soportar a una nuera tan poco considerada. ¡Incluso yo me creí inútil!
Jamás pensé que se pudiera tener tan mala opinión de una. Me enteré por una amiga, con quien paseaba a Lucas por la mañana. Aquello me dolió profundamente. Hablé con Jaime y le pedí que tratara el tema con su madre, pero él se rio y me aconsejó olvidar el asunto. Ahora mi suegra ni se molestaba en disimular su rencor ante mí. Siempre la saludaba de manera amable, y a lo máximo recibía un buenos días seco y distante.
Mi esposo pensaba que no respetaba a su madre, porque me negaba a seguir las costumbres de su casa y no hacía el menor esfuerzo por acercarme a ella. Según él, a su madre lo que en realidad le faltaba… era nuestro querido Lucas. Por cierto, sus padres venían con frecuencia a nuestra casa a merendar sin previo aviso.
Sin embargo, lo más difícil estaba por venir, pues debíamos mudarnos una temporada al piso de sus padres. No podía imaginar cómo lo llevaría. Temía el día en que, si llegábamos a tener un hijo, toda la vecindad sabría cómo lo baño, cómo lo visto y cómo lo alimento. Creo que acabaré volviendo a casa de mis padres. Me cuesta creer que mi suegra vaya a permitirme vivir en paz en la suya.






