Se jubiló y se sintió irremediablemente sola. Solo en la vejez comprendió que había vivido su vida d…

Me jubilé y, de repente, la soledad se instaló en mi casa como un gato pesado. Solo al hacerme mayor me di cuenta de que, tal vez, no había elegido el mejor guion para mi vida.

Hay muchas mujeres que creen que estar sola es una tragedia digna de un culebrón. La felicidad, dicen, es tener una familia numerosa, un caos de nietos, lavadoras eternas y preocupaciones mil. Yo nunca compartí esa visión. Siempre viví para mí, y con bastante gusto. Nadie me pedía nada, ningún compromiso más allá del que yo aceptara.

Tras terminar la universidad en Salamanca, comencé a trabajar para una gran agencia de viajes en Madrid dedicada a organizar rutas por todo el mundo. También trabajé de modelo para una marca de ropa bastante conocida. No me puedo quejar, la verdad: acumulé bastantes euros y conocí a gente fascinante. Mis amigas tampoco se quedaban cortas; todas triunfábamos y vivíamos rodeadas de lujos y cenas carísimas por toda la Gran Vía.

Me veía como una mujer afortunada. Había recorrido medio planeta, siempre con una maleta lista y alguna aventura esperando. En mi vida hubo hombres, claro, pero la mayoría pasaron como turistas en agosto: cuando me aburría, les decía adiós, siempre con una sonrisa. Jamás pensé seriamente en tener hijos. ¿Dedicar mis fines de semana a guardar piezas pequeñas de Lego? ¿Convertirme en una madre obsesiva que se angustia por cada tos del niño? Me aterraban las responsabilidades y el cambio de ritmo.

El tiempo, sin embargo, pasó más veloz que un AVE a Sevilla. Y aquí estoy, jubilada, con demasiadas horas libres y la certeza aplastante de que, a estas alturas, me encuentro más sola que la una. Nunca me casé, no tuve hijos. Ahora, a esta edad, siento ese vacío de no haber dejado descendencia. Tampoco es que me apeteciera en su día, luego no tuve tiempo y, más tarde, ya era misión imposible. Siempre pensé que la maternidad sería una condena, jamás una bendición.

Miro a mi hermana, Pilar, rodeada de sus dos hijos y tres nietos; siempre hay ruido y alguien pidiéndole un bocadillo de jamón. Yo, en mi arrogancia, nunca escuché recomendaciones ajenas. Pero ahora solo quiero reconciliarme con los míos, volver a esas reuniones familiares en Toledo, aprender a disfrutar de la familia, incluso de los nietos prestados. ¿Y por qué no? Conocer a algún hombre en las mismas circunstancias seguro que en la cola del supermercado también hay corazones solitarios y, tal vez, empezar de cero. ¿Lo conseguiré? Quién sabe. La vida siempre guarda algún as bajo la manga.

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