Todo lo que sucede, sucede para bien Inés Victoria, una madre sevillana de carácter fuerte y exitos…

Todo sucede para bien

Carmen Alonso siempre fue una madre exigente. Esperanza, mi hija, creció siguiendo mis pasos, como si fuera mi reflejo. Yo, Carmen, me consideraba una mujer fuerte y exitosa, así que no podía evitar pedirle a mi hija que fuera perfecta, justo como yo pensaba que debía ser una mujer.

Esperanza le advertía, si quieres lograr lo que yo he conseguido, tienes que seguir exactamente el camino que yo te marco. Ni se te ocurra desviarte. ¿Lo entiendes, hija?

Sí, mamá me respondía siempre ella.

Esperanza me quería, por eso intentaba obedecerme y jamás quería que yo me decepcionara de ella. A mis ojos, ella debía ser la Miss Perfección. Pero mientras más crecía, más difícil le resultaba cumplir mis expectativas.

De pequeña, como cualquier cría, Esperanza manchaba la ropa, rompía cosas, se caía y se hacía heridas. La diferencia es que en el colegio era la mejor de su clase, pero solo porque sabía que un simple cinco era un drama en nuestra casa.

Esperanza, ¡menuda vergüenza! ¿Cómo has podido sacar un cinco? ¿Nos respetas tan poco a tu padre y a mí? Por favor, corrígelo cuanto antes.

Vale, mamá murmuraba resignada. A veces intentaba protestar: Mamá, solo ha sido una vez, ha sido accidental…

Eso da igual, hija. Debes ser mejor y más lista que los demás.

Sufría, claro que sí, pero enseguida recuperaba la nota. Al final, terminó el bachillerato con matrícula de honor, como debía ser. Lo cierto es que me sentí muy orgullosa cuando, sin esfuerzo, entró en la Universidad Complutense.

Muy bien, hija. Me siento muy orgullosa de ti. Tienes que seguir por ese camino le dije por primera vez en mi vida.

Tenía una empresa constructora nada fácil en el mundo de los negocios, y menos siendo mujer, pero la manejaba con tanta firmeza que hasta los hombres más experimentados se sorprendían de mi manera de dirigir. No dudaba que, cuando terminara la carrera, Esperanza trabajaría a mi lado.

Claro que a Esperanza le hubiera gustado escapar de mi tutela, respirar con libertad, incluso había pensado estudiar en Barcelona o Bilbao, pero pronto la saqué de ese error.

Vas a estudiar aquí, en Madrid, donde pueda tenerte cerca y controlada. Ni hablar de irte a otra ciudad, aquí tienes universidad.

No hubo discusión posible. Ya en tercero de carrera, Esperanza cayó locamente enamorada. Hasta ese momento solo había tenido aventuras sin importancia, casi siempre a escondidas.

Él se llamaba Álvaro, rubio, de sonrisa encantadora y ojos claros. Estudiaba también en la Complutense, en un grupo paralelo al suyo. A Esperanza siempre le fue de maravilla en la universidad, pero a Álvaro la teoría se le atragantaba, y no soportaba hacer trabajos finales. Un día le abordó en el pasillo:

Esperanza, ayúdame con este trabajo, por favor, estoy agobiado…

Claro, te ayudo contestó ella, encantada.

Desde entonces, le hacía casi todos los trabajos, y él le pagaba con cariño y dejándose mimar. Salían juntos, paseaban por el Retiro, iban al cine o a tomar un café por Malasaña.

Yo, como madre atenta, enseguida sospeché. Un día, directa, pregunté:

¿Estás enamorada, hija?

¿Cómo lo sabes? se sorprendió ella.

Se te nota en la cara. Tráelo a casa, quiero conocer a ese pájaro a ver qué aires gasta.

Álvaro vino a cenar. Lo recibimos correctamente, incluso yo no fui especialmente dura. Cuando se fue, le dije:

¿Eso es amor? Ese chico solo te utiliza. No destaca precisamente por su inteligencia y parece que poco tiene que decirte. ¿Qué le ves?

Eso no es cierto, mamá me respondió, rebelándose por primera vez. Álvaro tiene objetivos, lee mucho, le gusta la historia. Solo que tú le dejas sin palabras. No todos pueden ser como tú, además, todavía es joven.

Hija, no es tu media naranja insistí.

Pero Esperanza plantó cara:

Mamá, digas lo que digas, seguiré con Álvaro. Lo quiero y voy a seguir viéndole.

Me sorprendió, pero la dejé hacer. Al acabar la carrera, se casó con él. Estaba tan convencida de que me equivocaba…

La vida le demostró que, a veces, los estudiantes mediocres triunfan más que los que sacan matrícula. Así sucedió con Álvaro: consiguió un buen puesto en una multinacional, mientras Esperanza trabajaba bajo mi supervisión en la empresa familiar.

Como él tenía su propio piso en Chamberí, regalo de sus padres, tras la boda Esperanza se sintió aliviada de haberse librado de mi control. Pero poco le duró la alegría: yo me aseguré de que trabajara conmigo.

Un día, Álvaro llegó emocionado:

Esperanza, ¡me han nombrado jefe de departamento! Es provisional, pero voy a esforzarme al máximo.

Así fue: a los tres meses, lo confirmaron en el cargo. A Álvaro no le gustaba que su mujer, con tantos méritos, siguiera trabajando conmigo.

Esperanza, bajo el control de tu madre no vas a conseguir nada. Es hora de ser independiente. ¿Vas a seguir bajo su sombra toda tu vida? Ella aplasta tu carácter, y tú lo permites.

Le dolían esas palabras, pero sabía que algo de razón tenía. Con el tiempo, Álvaro dejó de recriminarla, aunque la relación se fue enfriando. A ella casi le convenía ese silencio: mientras él no se quejara, podía sobrellevarlo.

Cerca de un año después, Álvaro llegó una tarde, cabizbajo:

He conocido a otra mujer. La quiero de verdad. Me marcho. Ella, a diferencia de ti, es auténtica…

Por primera vez Esperanza perdió los papeles: gritó, lloró, rompió un plato y hasta le tiró el móvil contra la pared. Rajó un par de camisas y, después de desahogarse, se calmó.

Álvaro la miró en silencio y le dijo:

Vaya, tenías genio oculto. Qué pena no haberlo visto antes.

Me fui de casa, odiándole, y alquilé un piso en Lavapiés. A mi madre no le conté nada porque sabía exactamente lo que me iba a decir. Durante un mes logré esconder mi situación, pero ella, con su intuición materna, lo notó al vuelo.

Esperanza, ¿qué te pasa? Tienes los ojos apagados, caminas como un alma en pena ¿Problemas con Álvaro?

¿Problemas? No, directamente ya no tengo marido.

¡Dios! Ya lo sabía. ¿Cuándo ha sido?

En abril.

¿Y no has dicho nada?

Suspiré, sabiendo que interrumpirla era inútil. Escuché, resignada, todas las críticas hacia Álvaro y también hacia mí.

Te lo advertí. Por lo menos no serás su criada, y menos mal que no habéis tenido un hijo. Te aconsejo que, de ahora en adelante, sigas mis consejos. ¿Lo has entendido?

Mamá, todo sucede para bien le respondí, de repente, y me levanté. Además, dejo la empresa. Ya no aguanto más

Me marché, dejándola perpleja en el despacho.

Decidí alejarme de mi madre; sabía que, si no lo hacía, volvería a escuchar sus sermones día tras día, controlándome sin descanso.

Aquella tarde salí a pasear, sin rumbo fijo. Me subí a un tranvía y, al bajarme en mi parada, metí el pie en un bache y caí al suelo. Me dolía el tobillo.

¡Solo me faltaba esto! exclamé.

Un joven se acercó rápidamente.

¿Está bien? me preguntó preocupado.

Me ayudó a incorporarme y comprobé que el pie me dolía al apoyar el peso.

Le duele mucho dijo, observándome.

Bastante admití entre gestos de dolor.

Venga, agárrese a mi cuello.

Sin darme tiempo a protestar, me tomó en brazos, me llevó hasta su coche y me dijo:

Vayamos al hospital, por si acaso es fractura.

Soy Javier, ¿y usted?

Esperanza.

En urgencias confirmaron que solo era un esguince. Me vendaron y me explicaron qué debía hacer. Javier esperó todo el rato y me llevó a casa.

¿Me deja su número? preguntó. Si necesita algo, llámeme.

Se lo di. Al día siguiente me llamó:

¿Le traigo algo? Imagino que el pie sigue doliendo

¿Podrías traerme zumo, fruta y pan? No tengo ni para desayunar.

Al poco, sonó el timbre. Llegó Javier con dos bolsas llenas.

Vaya, ¿tanta comida hace falta?

Tenemos que celebrar nuestro encuentro, si te parece bien. Y tranquila, yo cocino. ¿Pasamos al tuteo?

Me reí, le resultaba fácil hacerme sonreír.

Javier se esmeró con la cena, calentó unas brochetas en el microondas y repartió el zumo en copa. De entrada, aclaró que no bebía alcohol. Pasamos una velada muy agradable.

Cuatro meses después nos casamos y, al año, tuvimos una preciosa hija, Rocío. Cuando alguien me preguntaba dónde había encontrado un marido tan majo, siempre respondía riendo:

Me recogió de la calle ¿No me creéis? ¡Preguntadle a él!

Gracias por leer hasta el final, por vuestro apoyo y por estar siempre ahí. ¡Os deseo mucha suerte en la vida!

Rate article
MagistrUm
Todo lo que sucede, sucede para bien Inés Victoria, una madre sevillana de carácter fuerte y exitos…