No es fácil recorrer el camino de la vida, y uno no puede escapar de su propio destino. Cada persona lleva consigo su historia, su verdad. Yo, Estrella, crecí en una casa donde mandaban las mujeres. Llamarlo reino sería exagerar, pero sí, era nuestro pequeño imperio: una casita modesta en Castilla, un huerto, leña que cortar, agua del pozo y faena para dar y tomar.
Mi abuela Jacinta había vivido en el pueblo sola durante años; mi abuelo murió joven y mi madre, Carmen, tampoco tuvo suerte. Mi padre la abandonó cuando yo tenía apenas dos años. Así quedó aquel reino de mujeres. Desde pequeña, aprendí a ordeñar la vaca, a quitar malas hierbas de los bancales y, poco a poco, a guisar platos sencillos.
Jacinta ya tenía más de cincuenta cuando, al volver reventada de ayudar en la granja, soltó un día:
Carmen, hija, qué cansancio arrastro…
¿Qué te pasa, mamá? le preguntó mi madre, y yo, alerta, me acerqué también.
Me he hartado de tanto bregar, de sacar estiércol a paladas. ¿No merecemos otra vida? dijo, apoyando sus manos rugosas en las rodillas.
¿Y qué propones, mamá?
Pues vámonos a la ciudad. Vendemos todo esto; he conseguido ahorrar algo, podríamos comprar un piso modesto.
Abuela, sí, por favor, ¡a la ciudad! salté yo, loca de alegría.
Y así lo hicimos. Jacinta tenía un hermano mayor, Don Eusebio, en Valladolid, y en su casa nos alojamos los primeros días.
Os cedo una habitación hasta que encontréis vuestro lugar dijo su esposa, siempre atenta, y cuando tengáis piso, os instaláis.
La familia nos acogió sin problemas. Carmen buscaba piso y Eusebio ayudaba en todo. Al fin lo encontramos y nos mudamos.
Qué falta nos haría reformar la casa, pero hemos gastado todos los ahorros refunfuñaba la abuela Jacinta. Bueno, poco a poco.
Claro que sí, mamá dijo mi madre. Por cierto, mañana empiezo a trabajar en una panadería. Y Estrella debería inscribirse en el colegio; en mes y medio terminan las vacaciones.
De acuerdo, hija, la llevaremos yo y Estrella misma, ahora tú tendrás menos tiempo con el trabajo… decía Jacinta.
Me aceptaron en sexto de primaria en el colegio cercano. Iba feliz; la ciudad me parecía un mundo increíble.
Abuela, voy a esforzarme mucho, lo prometo le decía.
Aquel día, al regresar mi madre de la panadería, Jacinta traía una novedad:
Me han cogido de limpiadora en el cole de Estrella, así que ganaré algún dinerillo.
Ay, mamá, podrías descansar, ya tienes pensión…
No, hija, mientras el cuerpo aguante, seguiré trabajando. Y así echo un ojo a la niña, que todavía es la nueva
Pasaron los años. Jacinta seguía de limpiadora en el colegio, Carmen en la panadería y yo sacaba los estudios con esfuerzo.
Pero tras terminar octavo, dejé el colegio. Decidí ayudar en casa: hacían falta manos y dinero. Un día, vi en un bar-restaurante un cartel: hacía falta una friegaplatos. Entré y empecé de inmediato.
Me esforzaba, y poco a poco me permitían ayudar en la cocina: pelaba patatas, vigilaba pucheros. Hice amigas y salíamos a bailar al centro social del barrio.
Mamá, abuela, esta noche voy a bailar avisaba.
Estrella, anda con ojo con los chicos, no te fíes decía Jacinta.
Tranquila, abuela, todo controlado.
Fue allí donde conocí a Antonio. Me sacó a bailar y, desde entonces, no me dejó un segundo.
Te acompaño a casa hoy ordenó con esa seguridad suya, y yo no pude negarme.
Empezamos a vernos. Al poco, Antonio me dijo:
Estrella, me mandan a la mili. ¿Me esperarás? Te escribiré, respóndeme.
Claro, yo también te escribiré le prometí.
Le di mi dirección, nos despedimos y durante meses mantuvimos correspondencia. Cuando le dieron permiso, volvió al pueblo. Nos vimos en el parque.
¿Qué tal, Estrella? ¿Todavía no te has casado? bromeó, evitando mirarme.
Te prometí que esperaría, y aquí estoy.
Pero le noté frío. Se fue de nuevo y sus cartas comenzaron a espaciarse, a ser cortas; luego, ni eso.
Pasó el tiempo. Sabía más o menos cuándo debía volver de la mili, pero no supe de él. Nada de llamadas, ni visitas. Un día, una amiga me lo soltó:
Bah ¿No sabes que Antonio ya se casó? Se trajo esposa de la mili. Ni aparece por el barrio.
No puede ser. Yo le esperé me sorprendí, sintiéndome tonta.
Tú le esperaste, él no.
Tiempo después, me crucé con él por el parque, sentado solo, donde antes paseábamos.
Hola, Estrella exclamó, poniéndose en pie.
Seguí andando, ignorándole, pero él me paró:
Perdóname Fui un imbécil. No quiero a mi mujer, fue una tontería. Te pienso todos los días. Ella está embarazada y por eso me casé. Pero me faltas tú, Estrella.
Le miré de frente, tranquila:
¿Y qué quieres? ¿Que nos veamos a escondidas mientras vives con otra? No. Me engañaste. Quédate con quien escogiste. Cría a tus hijos y olvídate de mí. Que te vaya bien, Antonio.
Seguí en el restaurante. El dueño empezó a fijarse en mi trabajo.
Estrella, tienes buena mano para cocinar, ¿por qué no vas a cursos de cocina profesional? Creo que llegarías lejos como chef.
¡Qué ilusión! Me encantaría.
Así que, por primera vez sola, cogí el tren hacia Madrid. Estaba nerviosa. Por el andén cantaban unos chavales, despidieron a otro que volvía de la mili. De repente, uno se me acercó:
Soy Jorge. ¿Tú cómo te llamas?
Estrella, respondí casi sin pensar.
¿Esperas el tren? asentí.
En ese momento llegó el tren y Jorge se fue alborotado.
Qué chico más raro pensé. ¿Para qué quería saber mi nombre?
Subí al penúltimo vagón y me senté. Miraba por la ventanilla, hasta que, de repente, le oí justo detrás de mí:
¡Por fin te encuentro! He recorrido medio tren buscándote. Estoy de permiso. Me caíste bien al verte. ¿Nos escribimos? ¿A qué vas a Madrid?
A un curso de cocina contesté.
En el trayecto conversamos. Intercambiamos direcciones y nos despedimos. No contaba con volver a verle, pero Jorge resultó simpático y sincero.
Como solía decir mi abuela Jacinta: No siempre encontramos al que necesitamos y, cuando nos decidimos, a veces no es la persona. Sin embargo, Jorge me escribió durante casi un año, hasta que regresó y fue directo a buscarme. Justo tenía el día libre. Nos alegramos tanto de vernos que supe que podía confiar en él.
Con el tiempo, me casé con Jorge. Yo cocinera en restaurante, él mecánico en la fábrica. A mí me gustaba el orden: todo limpio, organizado. Nuestros hijos mellizos iban siempre impecables.
Pero con Jorge tenía guerra diaria: allí donde se quitaba la chaqueta, allí la dejaba. Estuve meses recogiendo tras él, hasta que entendí que con riña poco lograría. Empecé a tratarle con cariño y paciencia. Así, poco a poco, Jorge dejó las botas de trabajo en la entrada, guardaba las herramientas en el cobertizo, barría el patio, y hasta el garaje estaba decente. Aquello me daba alegría.
Al final, a pesar de los temores y las palabras de mi abuela, yo sí encontré al hombre adecuado. Compartimos muchos años felices. Pero un día, Jorge no regresó del trabajo. Un infarto repentino se lo llevó. Nada lo hacía presagiar, pero así es la vida. Lloré mucho.
Ahora vivo sola, como mi abuela Jacinta ya al final de sus días, como mi madre Carmen, también en solitario. Mis hijos y mis nietos me visitan, pero el destino es caprichoso. De él no se puede huir.





