Ya sabes que a mi padre le cruje la espalda y no puede dormir en el sofá, ¿no? Después no se endereza. Y mi madre no pega ojo por las noches, necesita silencio y oscuridad total, y desde el salón la farola de la calle apunta justo a los párpados. Venga, que aguantamos sólo una semanita ¿Qué pasa, que somos de cristal?
Luzía se quedó paralizada, con el cucharón en el aire, ajena a que la sopa iba resbalando dócil hacia la olla. El significado de las palabras de Lázaro se adentraba en su cabeza, viscoso y lento como miel pasada. Giró despacio hacia él. Lázaro estaba en la mesa, descifrando absorto un dibujo invisible en el hule, sin atreverse a mirarla.
A ver si me aclaro, Lázaro. Tus padres vienen desde el treinta hasta el ocho, como ya habíamos hablado. Pero ¿ahora quieres que les cedamos nuestro dormitorio, nuestra cama con el colchón de látex que tardamos meses en elegir y nos costó un dineral de euros, y nosotros ¿a dormir en el salón?
Es lo más lógico afirmó él, finalmente alzando la vista, los ojos revueltos de pánico y tozudez. Son mis padres, hospitalidad, respeto por los mayores ¿Cómo voy a poner a mi padre en el viejo sofá-cama, con ese muelle traicionero?
En ese sofá no duerme ni un gato, ya lo sabemos asintió Luzía. Por eso ni lo rozamos. Pero recuerda: ¡yo también tengo espalda! La hernia de la columna, ¿lo has olvidado? Después del accidente. Y en una semana a mí me toca volver al trabajo y cuadrar balances.
Luzía, por favor, no empieces murmuró él, contrayendo la cara como si masticara limón. Ya tengo la solución perfecta. Ni se despliega el sofá; he conseguido el colchón inflable de Damián, doble, bien alto. Se pone en el suelo del salón y santas pascuas. Hasta tiene su punto: como en la juventud, de camping.
¿Un punto de juvenil dormir en el suelo? A los treinta y ocho Luzía dejó el cucharón con una suavidad venenosa. El enfado le hervía bajo la piel. Esto es mi casa, Lázaro. Mi dormitorio es el último lugar donde puedo descansar. Tu madre a las seis ya está sacudiendo cazuelas, y al dormir en un salón abierto a la cocina, acabaremos levantándonos con ella.
Le pediré que haga menos ruido balbuceó Lázaro. Luzía, entiéndelo. Compraron ya los billetes. Vienen a ver a los nietos, a estar con nosotros. ¿Vamos a ser egoístas? Ya le prometí a mi madre una estancia cómoda. Le dije: «Mamá, no te preocupes, dormiréis como marqueses».
¿Le prometiste? susurró ella, estirando las palabras como chicle. Ni siquiera te molesta mi opinión: has repartido mi cama, mi confort, sin preguntar.
¡Quería hacer lo mejor! No me conviertas en tirano. Solo quiero el bienestar de mis padres, son mayores
La discusión terminó en un portazo. Luzía se encerró en el baño, dejando correr el agua mientras contemplaba su ref lejo. Amaba a Lázaro, sí, y a ese pequeño piso de hipoteca. Pero la visita de los suegros era como una cuaresma. Sabina era ruidosa y omnipresente, mientras que Justo era callado e hipersensible con manías domésticas al milímetro.
La batalla la tenía perdida. Si se rebelaba, sería la bruja del cuento, la enemiga número uno de suegra y marido, quien luego haría pucheros por la vivienda tan gélida y cerrada.
Los preparativos para la invasión recordaban una evacuación: Luzía vaciaba el armario, relegando sus vestidos a la entrada, escondía cremas carísimas en la caja fuerte del baño, pues Sabina disfrutaba probándolo todo y criticando sin miramientos tal o cual textura.
Ves, cabe todo declaraba Lázaro hinchando el colchón azul en el centro del salón, el hinchador atronando como un reactor. Mira qué bien queda. ¡Una pasada!
Con escepticismo, Luzía inspeccionó el monstruo azul que se había apoderado de media estancia, bloqueando el balcón. Expedía un hedor a plástico intenso.
¿Una maravilla, dices? ¡Si las sábanas se resbalan! Y del frío que sube del parque mejor no hablar.
Ponemos la manta de lana debajo y listo replicó él, rápido.
El treinta de diciembre, a las siete, dejó de ser un rumor al entrar en carne y hueso: Sabina apareció en la puerta, con un abrigo de piel de zorro como una realeza, llenando el pasillo a cada paso.
¡Por fin llegamos! ¡Menuda odisea el tren! La revisora, una bruja; ni un vaso de agua tronó ella, quitándose el abrigo. Luzía, hija, ¿estás mala, de ese color? Justo, cuidado con el equipaje, que llevo tarros de conservas.
Justo cruzó el umbral remolcando maletas como si entrara en una posada medieval, directo a buscar zapatillas.
Pasad, pasad, el desayuno ya está musitó Luzía, sonriendo solo por fuera, la cabeza aturdida por las horas robadas al sueño terminando informes.
Lo primero: inspección al dormitorio. Sabina dictaminó:
Limpio, sí esas cortinas, tan lúgubres Y el colchón «ortopédico», ¿lo decís en serio? A mí me parece una tabla Justo, acuéstate y comprueba, a ver tu columna.
Justo se lanzó, sin quitarse siquiera el pantalón de pana. Luzía rechinó los dientes, contenida.
Bueno gruñó él. No está mal. Las almohadas, eso sí, modernas ¿No hay plumas, tradicionales?
No, Justo, solo ergonómicas respondió ella seca. Son mejores para el cuello.
Mejor dice chasqueó Sabina. Toda la vida, plumas, y sanísimos. Bueno, ya lo veremos. ¿Y vosotros, en el salón?
¡Madre, es un colchón inflable de cinco estrellas! alardeó Lázaro.
El día se disolvió en carreras, picadillos, conversaciones cíclicas sobre achaques, vecinos y política. Luzía se sentía invisible, una doncella de hotel. Se sentaba a respirar café y enseguida: Luzía, cámbiame la toalla, ¿Trajiste pan integral? Justo no prueba el blanco.
La prueba de fuego llegó por la noche.
El rey del confort, como lo llamaba Lázaro, era una tortura medieval: al moverse uno, el otro saltaba como un charco, la tela chirriaba, la sábana se hacía pelota en media hora. Y el frío le trepaba la columna, da igual la manta. Nada tenía sentido: era un sueño de carnaval.
Tres de la madrugada. Abre la puerta Justo, arrastrando zapatillas, camino del baño. Media hora después, Sabina a por agua. Sin puerta entre el arco del salón y la cocina, el haz de luz encendía cada vez la vida de los exiliados en el suelo.
El treinta y uno, Luzía se levantó como apaleada. Ni cuello ni cintura obedecían.
¡Buenos días! proclamó Sabina en bata de seda, aquella que Luzía la regaló hacía tres años. ¡Qué bien se duerme aquí! ¡Silencio, una maravilla! Eso sí, el colchón, durísimo Justo ya se queja del costado. Os teníais que haber buscado uno en condiciones.
Luzía sólo contestó moliendo café, con el temblor del cuchillo en el pulso.
¡Qué mala cara traéis! ¿Era incómodo el colchón? preguntó Sabina a Lázaro.
Nada, mamá, todo bien será la novedad bostezó él, rascándose el brazo dormido.
Bah, si sois jóvenes, podéis dormir hasta en el metro rió Sabina. Luzía, ¿pones pepino en la ensaladilla? Yo siempre frescos, mucho mejor. Y esa mayonesa, pesa
Luzía giró despacio, la cuchara le bailaba en la mano.
Sabina, la hago como le gusta a mi familia. Si quiere pepino fresco, tiene en la nevera.
Silencio. Sabina frunció los labios, Lázaro miró a su mujer horrorizado.
Hay que ver qué brusquedad. Yo sólo aconsejaba, con la experiencia de los años. Justo, ¿lo oyes? Ni opinar se puede ya.
Luzía, mujer, tampoco es eso intentó Lázaro.
Me voy a duchar zanjó ella.
En el baño, descubrió su esencia desplazada: su champú favorito al fondo, potingues de Sabina ocupando el lugar de honor, un cabello ajeno invadiendo la esponja. Pero lo peor llegó al abrir el armarito: el tarro de crema anti-edad su tesoro abierto y mangoneado, con un cráter indecente vaciado con ahínco.
Luzía explotó. Salió airada.
¿Ha usado mi crema, Sabina?
Esa, sí Sabina ni se giró, absorta en la tele. Es que Justo tiene los talones fatal del viaje. Vi tantas cremas ahí, cogí una hidratante. Bastante grasa, muy rica. ¿Qué pasa, te la iba a quitar?
¿Para los talones? ¿Una de ciento ochenta euros?
¿¡Cuánto!? ¡Madre mía! ¡Estás loca, niña! Ciento ochenta por un mejunje Lázaro, ¿oyes lo que tu mujer tira el dinero? Y nosotros poniéndote los calcetines
Es MI dinero. Mi trabajo. Y mi crema.
Ay, por Dios ¡menuda! ¡Para eso estamos, para los talones de tu padre! Egoísta
Lázaro se asomó, mudo y apocado.
Luzía, ella no sabía el precio Compramos otra, venga, es fiesta.
Y entonces llegó la calma, la calma del naufragio. Luzía lo miró, miró el vejestorio azul del salón, a su suegra embadurnando los talones.
Llevas razón, Lázaro dijo muy tranquila. Es fiesta. No pienso estropearlo con mis manías y mi tacañería.
Se fue a la entrada.
¿Dónde vas? Lázaro sospechó la tormenta.
Vuelvo ahora.
El aire helado la despejó de súbito. Sacó el móvil y buscó un hotel. Había uno de lujo soñada hace años, con vistas y spa. Los precios de Nochevieja parecían pensados para brokers. Pulsó Reservar: una suite gigante, con desayuno y jacuzzi, a mitad de su sueldo. Le dio igual.
Diez minutos después, regresó. Un silencio extraño reinaba: la tele desgranaba escenas de Amanece, que no es poco. Sabina tomaba valeriana en la cocina.
Luzía empezó a recoger con lentitud su ropa en la bolsa de viaje.
¿Qué haces? Lázaro dudó.
Me voy.
¿A casa de tu madre?
Está con visitas. Me voy al hotel.
¿A qué hotel? ¿Y la Nocheviejay nosotros?
Disfrutad. Tenéis la casa para la familia, como queríais. La pensión es de lujo, el colchón y los nietos también. Yo me reservo el derecho a una cama limpia y mi intimidad. Vuelvo cuando se vayan a casa de tu tía. O el ocho. Ya veré.
Sabina apareció alarmada, Lázaro le cortó.
Me voy a descansar, Sabina sonrió Luzía. Faltan unas vueltas al ganso en el horno, los platos ya están preparados. ¡Feliz año!
Salió. Esperando el ascensor, escuchó a través de la puerta a Sabina quejarse, a Lázaro justificándose aquello ya no le concernía.
El hotel la recibió con perfume de jazmín y tranquilidad. Al entrar en la suite, casi lloró de alivio: una cama blanca enorme, silencio, un baño como un palacio árabe. Dejó la ropa, preparó la bañera, pidió cava y fresas.
El teléfono sonó y ardió: Lázaro, Sabina, Justo Largos mensajes. Apagó el móvil.
La Nochevieja la sorprendió con bata de felpa, copa de espumoso y fuegos artificiales a través de la cristalera. Nunca había estado sola, pero era el mejor año de su vida: nadie mandaba, nadie requería ni una cuchara.
El uno de enero durmió a pierna suelta. Spa, masaje, piscina. Y por la noche encendió al fin el móvil: diez llamadas perdidas y un mensaje de Lázaro.
«Luzía, perdóname; soy un lerdo. El colchón reventó y me dormí sobre el parquet. Mamá gruñe, papá no habla. Se nos ha quemado el ganso porque nadie sabe qué botón del horno pulsar. Ya entiendo por qué explotaste. Hazme caso: vuelve, que lo arreglo todo como tú quieres, aunque yo duerma en el suelo hasta carnaval».
Luzía sonrió. No, ahora tocaba asimilar bien la lección.
Volvió el tres, como planeaba. Al abrir, encontró el piso arrasado: botas por el pasillo, la pila colmada, una nube de caos.
Lázaro estaba arrebujado en el colchón desplomado, barba de tres días. Al verla, se puso en pie arropado en la manta.
¡Llegaste! suspiró, medio resucitado.
Sabina salió rabiosa pero desinflada.
¿Ya te has dado el homenaje? iba a arrancar, pero la mirada de Luzía la silenció.
Luzía se veía fresca, entera, segura como jamás. Depositó la bolsa.
¿Qué tal, las fiestas?
¡Un desastre! estalló Sabina. Lázaro ha pillado lumbago. Hemos comido pizza, nos sienta fatal. Nos has dejado tirados
Cediendo mi sitio, más bien replicó Luzía. Quisisteis comodidad, la tuvisteis. Yo me busqué la mía para no estar amargada ni dolorida.
Mamá, basta cortó de golpe Lázaro, con otra voz. Trasladamos sus cosas al salón. He arreglado el sofá y ahora está bien. Tú vuelves a tu dormitorio.
Luzía alzó las cejas. ¿Lázaro había arreglado el sofá? El milagro pedagógico del suelo.
¿Y el lumbago de Justo? preguntó irónica.
Pues no le duele, durmiendo normal y punto gruñó Justo desde la cocina. Por cierto, vamos a irnos temprano, los consuegros nos esperan.
Sabina amagó un reproche, pero viendo el temple de Lázaro y la serenidad de su nuera, farfulló callada.
Aquella noche, Suegros en el sofá y ellos en su colchón digno.
¿De verdad gastaste tanto en el hotel? susurró Lázaro, abrazándola.
Y sin arrepentirme.
Te lo ingreso lo que haga falta.
Déjalo, considéralo un master de pareja. Para ti.
Silencio. La nariz de él allí, contra el hombro de ella.
Nunca jamás volveré a pedirte que duermas en el suelo. Y te voy a reponer la crema, la más cara.
Apúntatelo se rió Luzía. Y el colchón azul, ya sabes lo que haces: regálaselo a tus peores enemigos.
Ya lo he rajado sin querer, con las tijeras, cuando intentaba vaciarlo.
Rieron bajo las sábanas. El agobio flotaba lejos. Estaba en casa, intacta, el territorio recuperado. Y eso, después de todo, valía más que cualquier crema de lujo de París.
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