Hace ya muchos años, cuando nuestros hijos decidieron casarse, las familias de ambos lados nos pusimos de acuerdo para ayudarles a tener un hogar propio. Mi esposo y yo teníamos algo ahorrado, y mis consuegros también. Unimos las pesetas entre todos y con eso era suficiente para comprar un pequeño piso en Madrid. Queríamos comprarlo enseguida para nuestros hijos, pero insistieron en que podían arreglárselas solos, que podían ser independientes y que preferían hacerse cargo ellos mismos.
No mucho después, nos enteramos de que habían comprado, en efecto, un piso, pero no uno modesto como pensábamos, sino un piso de tres habitaciones en Salamanca. ¿Cómo habían conseguido el dinero? Resulta que pidieron un préstamo al banco para afrontar la compra. Preguntamos quién pagaría las cuotas y, una vez más, se apresuraron a decir que les llegaba de sobra con sus sueldos.
Después supimos que también querían coche. Decían que el piso quedaba lejos del trabajo y que era incómodo depender del metro y autobuses. Se lanzaron a por un coche nuevo, comprado al contado gracias a otro crédito, pese a que les aconsejamos que optaran por uno de segunda mano, algo más razonable. Pero claro, ellos seguían convencidos de que sabían mejor lo que necesitaban y no querían nuestra opinión.
Al tiempo decidieron tener un hijo y, por si fuera poco, que la niña naciera en Francia para que pudiera obtener también la nacionalidad de allí. Para pagar el parto fuera de España y atenciones médicas privadas, de nuevo pidieron dinero al banco. A todo respondían que ellos se bastaban y que querían hacerlo todo por sus propios medios.
El parto pasó bien, pero luego quisieron reformar la habitación de la pequeña. Y como no podía ser de otro modo, otro préstamo más. En cada ocasión les preguntábamos quién iba a pagar todo eso, y siempre la misma canción: nosotros mismos, somos independientes.
Hasta que, como quien no quiere la cosa, llegó el revés: el marido de mi hija perdió el trabajo y ella seguía de baja por maternidad. Se quedaron sin dinero para cubrir todos aquellos préstamos. Nos pidieron que vendiéramos nuestra casa del pueblo, aquella humilde casita en Guadalajara, con tal de no caer en impago. No queríamos, pero al final lo hicimos y, aun así, no bastó.
Más tarde tuvieron que vender el piso, y después el coche. Desde entonces viven con los padres de su yerno, dependiendo de ellos para todo. Se lamentan de no tener ya nada propio. Naturalmente, si hubieran escuchado a sus padres, se habrían ahorrado tantas lágrimas. Pero todavía les restan años para acabar de pagar las deudas. A veces, sólo queda el consuelo de la nostalgia y las lágrimas calladas.






