Cada amor tiene su propia forma Antoñita salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento pene…

Cada amor tiene su forma

Celia sale a la calle y de inmediato se estremece; el viento atraviesa su fina camiseta en cuanto cruza el portalón del patio, ni siquiera se ha puesto la chaqueta. Se queda de pie, mirando alrededor, sin darse cuenta de que las lágrimas le resbalan por el rostro.

¿Celi, por qué lloras? pregunta Diego, el chico del piso de al lado, haciéndola sobresaltarse. Él es algo mayor, con el pelo siempre despeinado en la nuca.

No estoy llorando, es que miente ella, apartando la mirada.

Diego la estudia en silencio, luego le tiende tres caramelos que acaba de sacar del bolsillo.

Toma, pero no se lo digas a nadie, que enseguida vienen todos. Anda, vete a casa le ordena, serio, y ella le obedece sin rechistar.

Gracias susurra ella, pero no es hambre es solo que

Diego lo entiende todo sin más, asiente y sigue su camino. En el barrio todos saben ya que el padre de Celia, Ramón, bebe. Se pasa a menudo por la tienda del barrio, la única, y pide fiado a la dependienta, Pilar. Ella protesta, pero acaba por darle algo.

No sé cómo no te han echado aún del trabajo le suelta cuando se va. Debes ya medio sueldo y aún así te lo gastas en vino.

Celia entra en casa tras volver del colegio. Tiene nueve años y en casa nunca hay casi nada que comer. No quiere que nadie se entere de su hambre, por miedo a que la lleven a un hogar de acogida; ha oído que allí son duros, terribles. Y, además, ¿qué sería de su padre, solo? Mejor así, aunque la nevera siempre esté vacía.

Hoy ha vuelto antes de clase porque faltó una profesora. El fin de septiembre trae un viento cortante que barre las hojas amarillas de los plátanos callejeros. Lleva una chaqueta vieja y los zapatos ya apenas la protegen cuando hay barro.

Ramón duerme en el sofá vestido y con los zapatos puestos, roncando fuerte. Dos botellas vacías sobre la mesa de la cocina, y alguna más bajo la mesa. Celia abre la despensa: nada, ni un trozo de pan.

Se come de un bocado los caramelos de Diego y se pone a hacer los deberes, sentada con las piernas cruzadas en el taburete, mirando los ejercicios de matemáticas. Pero no le apetece escribir. Fuera, el viento sacude los árboles del patio y arrastra las hojas por las baldosas viejas.

Por la ventana se ve el huerto. Hace tiempo era verde y alegre, ahora parece muerto. Las frambuesas secas, las fresas desaparecidas; solo quedan malas hierbas y hasta el manzano viejo está seco. Su madre cuidaba de todo, mimaba cada brote. Las manzanas eran dulcísimas, pero este agosto su padre recogió todas antes de tiempo y las vendió en el mercadillo.

Hace falta dinero gruñó entonces.

Ramón, su padre, no fue siempre así. Recuerda cuando era amable, divertido, iban al monte en familia a buscar setas, veían cines juntos y desayunaban tortitas que su madre hacía. También horneaba bollos y empanadas de manzana.

Pero un día, mamá enfermó. La llevaron al hospital y nunca volvió.

A mamá le ha pasado algo en el corazón le contó Ramón llorando. Celia lloró también, acurrucada en su pecho. Ahora ella te cuida desde arriba.

Durante meses, su padre estuvo horas mirando la foto de mamá, hasta que cayó en la bebida. Empezaron a venir hombres desagradables, ruidosos, a casa. Celia se refugiaba en su cuarto o salía a un rincón del portal.

Suspira y vuelve a los deberes. Es lista y enseguida los termina; mete libros y cuadernos en la mochila y se tumba en la cama. Siempre duerme con su conejo de peluche, un regalo de mamá cuando era pequeña: Tito. De blanco pasó a gris, pero sigue llamándose Tito y sigue siendo su favorito. Lo abraza fuerte.

Tito, ¿te acuerdas de mamá? susurra.

Por supuesto que Tito se acuerda, piensa Celia, igual que ella. Cierra los ojos y vuelven recuerdos alegres y borrosos: su madre en el delantal, con el moño recogido, amasando pan. Siempre estaban horneando algo.

Hija, hoy preparamos bollitos mágicos.

¿Mágicos? ¿Existen de verdad? preguntaba Celia asombrada.

Claro que sí reía su madre. Los haremos con forma de corazón y si los comes, tendrás que pedir un deseo. Seguro que se cumple.

Celia disfrutaba ayudando, aunque los bollitos quedaran torcidos. Su madre siempre sonreía:

Cada amor tiene su forma.

Esperaba impaciente para comerse uno recién hecho y pedir su deseo, mientras la casa se llenaba del olor a bollo dulce. Cuando llegaba Ramón del trabajo, los tres tomaban chocolate caliente con bollitos mágicos.

Celia se seca las lágrimas del recuerdo. Antes era así y ahora todo se siente frío y triste; le falta su madre, siente el vacío.

Mamá susurra abrazando el peluche, cuánto te echo de menos.

En sábado, sin colegio, después de comer decide dar una vuelta; su padre sigue dormido. Se pone la camiseta más abrigada bajo la chaqueta y sale. Va hacia las afueras, donde hay una casa vieja, la que era de don Eugenio, un señor al que recuerda poco. Murió hace dos años, pero dejó un huerto de manzanos y perales.

No es la primera vez que Celia salta la tapia para recoger manzanas y peras caídas.

No es robar, solo recojo las del suelo, no las quiere nadie se tranquiliza.

De don Eugenio recuerda su cabello blanco y un bastón, y que siempre regalaba fruta o algún caramelo. Él ya no está, pero el huerto sobrevive.

Ella salta la valla, recoge un par de manzanas, las frota en la chaqueta y muerde.

¡Eh, tú! se asusta al oír una voz. En la puerta hay una mujer con abrigo, y Celia suelta las manzanas de la impresión.

La mujer se acerca y pregunta:

¿Quién eres tú?

Soy Celia No robo solo cojo las caídas musita. Creía que no vivía nadie, nunca he visto a nadie hasta ahora

Yo soy la nieta de don Eugenio. Llegué ayer. Ahora viviré aquí. ¿Desde cuándo haces esto?

Desde que murió mi madre la voz se quiebra y asoman lágrimas.

La mujer abraza a Celia.

Anda, ven a casa, yo me llamo doña Ángela, igual que tú, Celia será algún día el nombre elegante que te darán de mayor.

Ángela ve en seguida que la niña ha pasado hambre. Entran juntas.

Quítate los zapatos; ayer lo limpié todo, aunque aún tengo maletas sin abrir. Te voy a dar de comer, que hice sopa esta mañana le dice, mientras la observa, tan delgada, con su chaqueta enana.

¿La sopa tiene carne? pregunta Celia, esperanzada.

Claro, pollo y verduritas sonríe Ángela. Ven a la mesa.

A Celia le ruge el estómago, no ha comido en todo el día. Se sienta a la mesa de mantel de cuadros, la casa huele a limpio y cálido. Ángela le sirve la sopa y pan.

Come tranquila, hay más si quieres ofrece la mujer.

No se corta; está muerta de hambre y termina el plato en minutos, mojando el pan.

¿Quieres más? pregunta Ángela.

No, gracias, ya estoy llena.

Pues ahora un poquito de té y saca una cestita tapada con un paño. Al destaparla inunda la casa un aroma a vainilla: bollitos en forma de corazón. Celia coge uno, lo prueba y cierra los ojos.

Bollitos igual que los de mamá susurra. Ella hacía exactamente estos.

Tras la merienda Celia, ya bien colorada y saciada, escucha a Ángela.

Bueno, Celia, cuéntame dónde vives, con quién. Luego te acompaño a casa.

No hace falta vivo aquí cerca, solo cuatro casas responde inquieta; no quiere que vea el desorden en su casa.

Sí hace falta dice Ángela, firme.

La casa de Celia recibe a ambas con un silencio duro; Ramón sigue dormido, rodeado de botellas, colillas y trapos.

Ángela observa todo con un suspiro.

Ahora entiendo Vamos a limpiar un poco dice de pronto, y se pone manos a la obra: recoge botellas, abre cortinas, sacude alfombrillas.

Celia, avergonzada, le pide:

No le diga a nadie cómo vivimos. Mi padre es bueno, solo no sabe qué hacer sin mamá. Si lo saben, me quitarán de su lado y yo no quiero. Él la echa de menos, nada más

Ángela la abraza.

Te prometo que no diré nada.

Pasa el tiempo. Celia va al colegio con trenzas, un abrigo nuevo, mochila y botas relucientes.

Celia, mi madre dice que tu padre se volvió a casar, ¿es verdad? pregunta Carmen, su compañera. Qué guapa vas y qué peinado.

Sí, ahora tengo otra madre: tía Ángela contesta orgullosa Celia, apurando el paso hacia el cole.

Ramón dejó la bebida hace tiempo, gracias a Ángela. Ahora pasean juntos; Ramón alto y sonriente, bien vestido, Ángela segura y elegante. Siempre parecen felices y adoran a Celia.

Los años vuelan. Celia es ya universitaria, vuelve en vacaciones entrando en casa y gritando alegre:

¡Mami, ya he llegado!

Ángela corre a abrazarla.

¡Anda, mi futura profesora! ríe Bienvenida.

Por la tarde, cuando Ramón vuelve del trabajo, todos juntos comparten la felicidad.

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Cada amor tiene su propia forma Antoñita salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento pene…