¿Me acuerdo? ¡Imposible olvidar! —Poli, hay algo importante… ¿Recuerdas a mi hija ilegítima, Nasti…

¿Te imaginas lo que me ha soltado el otro día Alfonso? Mira, estaba yo tan tranquila, leyendo el periódico en la cocina, y de repente entra él con esa cara medio seria, medio avergonzada que pone cuando se trae algo gordo entre manos. Me mira y suelta:
Paloma, hay un asunto delicado Bueno, tú te acuerdas de mi hija ilegítima, ¿no? De Lucía.
Y claro, yo pensando: ¿Que si me acuerdo? ¡Como para olvidarlo! Así que le contesto:
¿Que si me acuerdo? ¡Si no me lo quito de la cabeza! Dime ya, ¿qué pasa?
Me siento porque algo me dice que la cosa no va por buen camino.
Mira continúa Alfonso. Resulta que Lucía me pide, casi llorando, que nos hagamos cargo de su hija, mi nieta.
Me quedo a cuadros.
¿Pero eso a qué viene? ¿Y el padre de la niña? ¿Se ha evaporado como el vino en verano? Ya me ves, intrigada total.
Lucía está muy enferma y no le queda mucho. Nunca tuvo marido. Su madre está en Estados Unidos con su nuevo esposo y hace siglos que no se hablan. No tiene a nadie más. Por eso nos lo pide
Alfonso baja la mirada. Yo resoplo, porque ya me iba imaginando hacia dónde iba el asunto.
¿Y? ¿Qué piensas hacer tú? le digo, aunque yo ya tenía clarísimo lo que tocaba.
Pues por eso hablo contigo, Paloma. Lo que digas, eso haremos.
Lo dice como quien se quita problemas de encima. Yo, tan quemada, le suelto:
¡Anda! Así que tú hace años te diste buena vida, y ahora yo me llevo el marrón de criar a la cría. Qué oportuno, Alfonso.
Paloma, somos una familia. Esto hay que decidirlo los dos
¡Vaya ahora se acuerda! Cuando te fuiste de aventuras con la madre de Lucía, bien que no consultaste nada ¡Tócate las narices!
Se me escapan las lágrimas, me levanto y me encierro en el cuarto, porque la rabia me puede.

Mira, te cuento un poco cómo empezó todo. En el instituto salía con un tal Rafa, muy buen chaval. Pero apareció un día un nuevo en clase, Sergio, y el mundo se derrumbó: me enamoré ciegamente. Pronto dejé a Rafa y Sergio empezó a fijarse en mí, a acompañarme hasta la puerta de casa, traerme flores del parque, y a la semana ya estábamos liados. Para qué negarlo, yo me dejé llevar de tal forma que acabé totalmente entregada.
Terminamos el instituto y llamaron a Sergio a hacer la mili en Zaragoza. Lo despedí en la estación hecha un mar de lágrimas, ese drama de los dieciocho.
Nos escribimos casi un año. Cuando volvió de permiso, no sabía cómo agradarle. Sergio me prometía el oro y el moro:
Paloma, en cuanto termine, volvemos y nos casamos. Y aunque no nos casemos, ya eres mi mujer.
Cada vez que me decía algo así, se me derretía el alma. Era como un helado al sol, de verdad.
Pero a los seis meses me llega una carta ¿Y a que no sabes? Que Sergio ha conocido a otra chica en el cuartel y que hasta aquí hemos llegado.
Y yo, para entonces, ya tenía a Javier en la tripa. Lo de la boda se quedó en el limbo.

Mi abuela, cuánta razón tenía cuando decía:
Paloma, no te fíes de las promesas en primavera. Fíate de lo que tienes guardado en la despensa.
Total, llegó el día y nació Javi. Rafa, mi ex, se enteró y se ofreció a echarme una mano. No estaba yo para rechazar nada, así que acepté su ayuda. Y sí, con Rafa llegué a estar otra vez, pero yo de Sergio no esperaba ya nada.
Hasta que un día, sin avisar, Sergio aparece en mi puerta. Rafa fue quien abrió, y los dos se miraron con una tensión que se podía cortar el aire.
¿Te va bien que pase? preguntó Sergio, algo incómodo.
Si has venido, pasa dijo Rafa, abriéndole el paso sin muchas ganas.
Javi se asustó por el ambiente raro y se abrazó fuerte a Rafa.
Rafa, ¿me haces un favor y sales a pasear con Javi? le pedí, para sacarles a los dos de la tensión.
Se fueron, y Sergio me mira con celos:
¿Es tu marido?
¿Y a ti qué te importa? ¿A qué vienes?
Porque te echo de menos, qué otra cosa. Veo que estás montada, tienes familia. Ya veo que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdón por irrumpir
Espera, Sergio. ¿A qué has venido? ¿A herirme? Rafa me ayuda y además está criando a tu hijo de dos años.
Sergio guarda silencio. Luego me suelta:
He vuelto por ti, Paloma. ¿Me aceptas?
No sé ni cómo reaccioné. Sólo recuerdo que le invité a quedarse a comer y que el corazón me daba brincos de alegría. Había vuelto.

Rafa, claro, se apartó. Mi Javi necesitaba a su padre, no a un padrastro. A la larga, Rafa acabaría casándose con una mujer estupenda, con dos hijos.
Los años pasaron y, mira, si te soy sincera, Sergio nunca terminó de querer a Javi como un padre de verdad. Siempre sospechó que era hijo de Rafa.
Nunca se implicó del todo. Y Sergio siempre fue de esos que cambian de mujer como quien cambia de camisa. Me engañó con medio barrio, amigas mías incluidas. Yo lloré mucho, pero no dejé de amarle.
En cierto modo, supongo que el que ama ciegamente siempre es feliz sin querer saber demasiado. Al menos no tenía que urdir excusas, ni inventar coartadas. Yo sólo le amaba. Sergio era mi sol, y aunque a veces pensaba en dejarle, nunca tuve valor. ¿Dónde iba a encontrar a otro igual? Y sin mí se desmoronaría
Sergio perdió a su madre siendo un crío, y creo que toda la vida anduvo buscando ese cariño en otras mujeres. Siempre le perdoné todo, le cuidé cuan madre, esposa y amante.
Sólo una vez la cosa se nos fue de las manos. Tuvimos una bronca monumental y lo eché de casa. Él se fue con su tía. Pasó el tiempo y como no volvía, fui yo a buscarle. La tía me miró sorprendida:
¿Pero tú qué quieres de Sergio? Dice que os habéis separado. Que ahora está con otra.
Por la tía me enteré dónde vivía la tal chica y fui a buscarle.
¿Está Sergio? pregunté.
Ella ni corta ni perezosa me cerró la puerta en las narices con una sonrisita. Cosas que pasan.
Al cabo del año Sergio volvió a casa. Pero la chica tuvo una niña, Lucía. Llevo toda la vida pensando que, si no le hubiese echado, todo aquello ni habría pasado. Desde entonces nunca más pusimos sobre la mesa el tema de Lucía. Fue nuestro pacto silencioso, como si con sólo hablarlo pudiésemos destruir lo que habíamos construido.

Y seguimos la vida Los años templaron a Sergio: se volvió más tranquilo, más casero. Las andanzas se acabaron. Javi se casó joven, nos dio tres nietos. Y ahora va Lucía y, después de tantos años, aparece pidiéndonos que cuidemos a su hija.
Imagínate el dilema. ¿Cómo le cuento yo a Javi que va a venir una niña ajena a la familia? Él no tiene ni idea de las historias de su padre.

Al final, sí, nos quedamos con la pequeña Alba, de cinco años. Lucía falleció joven, con sólo treinta años. Ya sabes que la vida sigue, por mucha pena que nos dejen los que se van.
Sergio quiso hablar con Javi de hombre a hombre. Javi, tras escucharle, sólo dijo:
Padre, lo que fue, pasó. Lo importante es la familia. Alba es de los nuestros.
Nos quitó un peso de encima. Qué hijo tan bueno tenemos.
Ahora Alba tiene dieciséis, adora a su abuelo Sergio, me llama abuela y dice que de joven debía de ser igualita a mí. Yo, ¿qué quieres que le diga? Me lo creo, y soy feliz.

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MagistrUm
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