Era viernes. Lucía había tenido un día durísimo. Tenía varias gestiones que cerrar y una reunión complicada con la directiva. Además, debía mostrar opciones de vivienda a varios posibles inquilinos. Pensó que, al terminar la semana laboral, se merecía cenar en un restaurante.
El restaurante era uno de los más exclusivos del centro de Madrid. Mucha gente celebraba allí sus cumpleaños y ocasiones especiales. Justo al lado del local, siempre había coches caros y relucientes aparcados. El precio de un sencillo entrante equivalía al coste de un vestido de gala. Pero, ¿por qué privarse? El encargado se acercó a Lucía y la guió cortesmente hasta una mesa. El lugar no estaba demasiado lleno y en el ambiente sonaba una música suave. Una cantante de voz melódica interpretaba una canción.
Bienvenida a nuestro restaurante. Le recomiendo encarecidamente el plato del día: sopa de marisco dijo el camarero con educación. Gracias, por ahora solo me gustaría un vaso de agua, por favor. Lucía realmente no tenía sed, solo se tomaba su tiempo. Sabía que el sitio era caro, pero ¡tanto! Parecía casi imposible que el número de teléfono tuviera menos cifras que el precio de los platos. Se percató de que el encargado la observaba extrañado. ¿Quién pide solo agua en un lugar así? Los trabajadores del restaurante ya habían analizado su aspecto: zapatillas blancas, pero bastante gastadas; una chaqueta negra con alguna raspadura; y un bolso antiguo, que podría haber pertenecido a su madre.
Se lanzaron miradas entre ellos, cuchichearon que seguramente Lucía era una pordiosera. Lucía fingía que examinaba el menú con atención. Gambas al ajillo por lo que cuesta la compra semanal… Mejor pagar la factura de la luz con ese dinero. ¿Tiramisú por medio sueldo? Eso se hace en casa y mejor. ¿Podría pedir unas tostas de queso con pera? preguntó Lucía al camarero. Tengo que consultarlo con el chef, ya que ha pedido un plato del desayuno.
No solo los camareros y el encargado, también el resto de comensales comenzaban a mirarla. Oye le susurró el encargado al camarero, hazle entender sutilmente a nuestra invitada que no se encuentra en una cafetería barata, sino en un restaurante de nivel. Date prisa o perderemos clientes. Pero si ha venido, es nuestra clienta, tengo que atenderla respondió bajito el camarero. Mira, como no la eches fuera ahora mismo, te garantizo que no trabajarás más en restaurantes de Madrid. Esa mendiga no pinta nada aquí.
Una señora en la mesa de al lado escuchó la conversación. Mientras tanto, Lucía intentaba arreglarse un poco el pelo y la ropa, pero la verdad, no tenía buen aspecto. De pronto, el camarero trajo un plato con un corte de carne aromática, bañado en una salsa de cereza. El aroma se extendió por todo el salón.
Perdone, pero esto no es lo que he pedido se apresuró a decir Lucía. No se preocupe, va a cuenta de una de nuestras clientas habituales dijo el camarero, señalando a la mujer que había escuchado todo. Lucía nunca había probado algo tan exquisito. La carne se deshacía en la boca. Consultó el menú y se le pusieron los ojos como platos con el precio. Se sintió avergonzada y quiso acercarse a la mujer para pedirle su número de cuenta y devolverle el dinero en cuanto cobrase.
Perdone, pero no puedo permitir este lujo. Es su dinero y yo soy una desconocida. ¿Por qué se ha molestado en invitarme? preguntó Lucía con sinceridad. Entiendo perfectamente cómo te sientes. Yo tampoco recibí nada gratis en la vida. Vengo de un pueblo perdido, me crió mi abuela porque mis padres fallecieron en un accidente de coche. A ella le debo lo que soy, me enseñó a ser generosa. Trabajé el doble para llegar donde estoy; ahora tengo mi empresa y no olvido los consejos de mi abuela. Por eso he querido ayudarte respondió la mujer, esbozando una sonrisa.
Al finalizar la cena, Lucía se marchó. La mujer llamó entonces al encargado. Estás despedido. No tienes derecho a juzgar a nadie por su ropa. Esa señora era una clienta, y jamás debiste tratarla así. Lo siento, no volverá a suceder. Demasiado tarde, a partir de mañana deja usted de trabajar en mi restaurante. No quiero gente sin empatía en mi equipo.







