Hoy he subido en el ascensor de mi edificio con dos bolsas del supermercado que pesaban una barbaridad. Nada más entrar, me ha llamado la atención un llavero plateado, pequeño, con una etiqueta plástica roja tirado en el suelo, justo junto al espejo del ascensor. En la etiqueta estaba grabado el número 3. El problema es que el piso 3 es el mío.
He cogido la llave, la he girado entre los dedos; era nueva, reluciente, con el número marcado de forma reciente. Yo nunca hice una copia de mi llave.
Las puertas del ascensor se han abierto en mi planta y en ese instante mi vecina del 5º, Catalina, estaba en el rellano delante de su puerta. Al verme con la llave, se ha quedado quieta un instante.
Ah, hola ha dicho deprisa.
Hola le he respondido. ¿Has perdido algo?
Le he mostrado la llave.
Catalina se ha puesto pálida de repente.
No… no es mía.
¿Segura?
Sí, claro.
Ha entrado enseguida en su piso y ha cerrado la puerta casi sin mirar atrás.
Me he quedado en el pasillo y he sentido una incomodidad rara. Catalina lleva aquí dos años; a veces charlamos en el ascensor, otras veces recoge algún paquete por mí. Pero su reacción me ha dejado pensativo.
He abierto mi piso y he entrado. Todo parecía en su sitio. La cocina, igual que cuando salí a trabajar por la mañana, el portátil en la mesa, los papeles ordenados. Sin embargo, no lograba quitarme la llave de la cabeza.
A la mañana siguiente he tomado una decisión un poco extraña: he pegado un trocito de celo del lado interior de la puerta, de forma que apenas se notaba. Si alguien abría con otra llave, el celo se caería al suelo.
Esa misma tarde, al volver del trabajo, he encontrado el trozo de celo caído en el suelo. Me he quedado unos segundos mirando, paralizado. Alguien había entrado.
He inspeccionado el piso. Nada estaba fuera de lugar. Pero en el salón, mi taza de café estaba en el otro extremo de la mesa. Se me ha acelerado el pulso.
Al día siguiente, he colocado discretamente una cámara pequeña en la estantería del salón. No dije nada a nadie.
Al tercer día he vuelto a casa algo antes de lo habitual. Antes de abrir la puerta, he consultado el móvil: había notificaciones de movimiento. He abierto el vídeo.
La puerta se abría. Y a los pocos segundos, entraba Catalina.
Se ha quedado quieta mirando alrededor, con cuidado, como comprobando que no estuviera yo en casa. Luego se ha sentado en mi sofá. Ha estado así unos diez minutos, simplemente sentada. Después se ha levantado, ha mirado la estantería, ha cogido un libro, lo ha hojeado brevemente y lo ha dejado en su sitio. Finalmente ha salido y cerrado la puerta.
He visto el vídeo varias veces, sin entender. ¿Por qué hacía esto?
Por la noche, después de darle muchas vueltas, he ido a llamar a su puerta.
Catalina ha abierto.
Hola ha dicho, algo tensa.
¿Podemos hablar un momento? le he pedido.
Me ha mirado con recelo.
¿Sobre qué?
Sobre la llave.
Su rostro ha cambiado al instante.
¿Qué llave?
He encendido la pantalla del móvil y le he enseñado el vídeo.
Catalina ha mirado y conforme lo veía, se le iba borrando el color del rostro.
No… no es lo que piensas ha susurrado.
Entonces, ¿qué es?
Ha soltado un suspiro, con la voz temblorosa.
Hace tres meses, en tu piso vivía mi hermano.
Me he quedado helado.
¿Cómo?
Era inquilino antes que tú.
Ha bajado los ojos.
Murió.
En el pasillo no se oía nada.
Y… ha continuado a veces sólo entro y me siento allí unos minutos su voz temblaba un poco porque fue el último sitio donde le vi con vida.
Yo me he quedado sin palabras.
Catalina ha alzado la mirada hacia mí.
Ya sé que es raro ha señalado mi móvil pero dime sinceramente ¿De verdad crees que esto es tan terrible?





