MIRANDO AL VACÍO Dima y Ana se casaron a los 19 años, locamente enamorados y convencidos de que no…

MIRANDO AL VACÍO

Diego y Inés se casaron con apenas diecinueve años. No sabían estar el uno sin el otro; su amor era una locura desatada. Por eso mismo, sus padres no dudaron en poner orden y formalizar cuanto antes aquel idilio adolescente, no fuera a ser que acabara en algo indecoroso…

La boda fue apoteósica, digna de una escena en plena Gran Vía. El coche adornado con una muñeca vestida de novia, lluvia de claveles, fuegos artificiales, brindis infinitos, y cómo no, los gritos de ¡Que se besen!, coreados una y otra vez por todos los presentes.

Los padres de Inés no pudieron aportar ni una peseta; apenas ganaban lo justo para patatas y vino barato. Así que la madre del novio tomó las riendas. Se llamaba Alejandra Fernández, un nombre severo que no a todos les resultaba fácil pronunciar; por eso, todos la conocían como Sanda. Sanda intentó convencer a Diego de que apartara a una chica cuya familia tenía la botella en la mano más que el tenedor. Pero cómo hacer entrar en razón a un hijo enamorado… Diego aseguraba que Inesita nada tenía que ver con aquello, que su amor era tan grande que borraría cualquier sombra heredada.

Sanda le advirtió con un viejo refrán: De tal palo, tal astilla, Diego. No vaya a ser que el amor os dure menos que el vuelo de un gorrión…

Ellos, sin embargo, solo veían ante sí un horizonte despejado de felicidad inagotable, un porvenir que les envolvía como un manto de júbilo y esperanza. El mundo entero parecía estar a sus pies.

La vida les aguardaba con otras cartas. Como regalo de boda, Sanda y su marido entregaron a los jóvenes una casa: ¡Disfrutadla y sed felices, niños!

Al principio, todo fue dicha serena. Inés dio a luz a dos niñas: Teresa y Blanca. Diego se desvivía por ellas, sintiéndose orgulloso en su pequeño reino familiar.

Pero aún no habían pasado cinco años cuando Inés comenzó a desaparecer sin explicación. Al volver, el aroma a orujo delataba sus secretos. Diego, entre dolor y esperanza, pedía una razón. Y entonces, Inés rompió: nunca te quise, dijo sin rodeos. Solo fue una ilusión juvenil. Ahora, por fin, he encontrado al hombre de mi vida, argumento, y me voy con él, aunque tenga esposa y tres hijas.

A Diego se le apagó el alma; sentía que lo más sagrado había sido traicionado, que se asomaba a un abismo. Inés se escapó con su amante a una aldea perdida de Castilla, defendiendo a capa y espada su decisión: Si es amor verdadero, una choza es un palacio; y si no hay cariño, ni en la mayor finca cabes.

Las niñas quedaron desamparadas. Sanda no dudó: acogió a sus nietas bajo su techo. La vitalidad de Sanda era legendaria, no había adversidad que la doblegara. Ella y su marido mimaron a las pequeñas con todo el amor posible.

Tras un tiempo de lágrimas y confusión, Diego se unió, por desesperación, a una secta religiosa, empujado por un amigo. Allí le emparejaron con Clara, una viuda con dos hijos, y pronto se casaron bajo aquel extraño rito.

La vida cambió de ritmo. Los problemas de la nueva familia lo desbordaban, y cuando Diego trataba de acercarse a sus hijas, Clara le cortaba en seco: Dieguito, ellas tienen madre, deja que se ocupe. Lleva a Óscar al colegio, y dale de comer a Víctor

Diego obedecía en silencio. Su amor por Inés seguía vivo, pero la certeza de que aquella puerta estaba cerrada era una losa.

Siete años después, en la casa de Sanda, irrumpió de pronto Inés, de la mano de una niña de cuatro años. Sanda, sin prestar ternura alguna, la examinó de arriba abajo.

Vaya, Inés, la vida te ha sacudido de lo lindo. ¿Esa es tu hija? ironizó Sanda.

Sí, es María. ¿Podemos quedarnos aquí un tiempo? suplicó Inés, girando los pies.

No esperaba yo visitas así. ¿Te han echado? insistió Sanda.

Me he ido. No aguanto más. Me pega y no deja de beber se lamentó Inés.

Escogiste tu vida, nadie te arrastró. ¿Por qué no vas con tus padres? replicó Sanda, con burla.

He echado de menos a mis hijas y he venido a verlas. ¿De verdad no me dejarás? dijo, ganando coraje al adivinar el corazón blando de Sanda.

Bueno, ¡vaya memoria! Ahora te preocupas por ellas, ¡menuda madre has sido! exclamó Sanda, sin ceder.

La conversación se interrumpió con el timbre. Entraron Teresa y Blanca, ya adolescentes. Observaban a Inés sin afecto, reconociendo a su madre pero sin ninguna chispa de cariño. En su pecho dolía una herida de años. Sanda, apesadumbrada, solía lamentar que sus nietas fueran huérfanas con los padres vivos.

Pese a todo, Sanda acogió a Inés y la pequeña María. No era de dejar a nadie en la calle. Pero al poco tiempo, Inés desapareció sin decir nada. Pronto se supo que regresó con su amante, aquel verdugo dulce. Dejó a María bajo el cuidado de Sanda.

Así quedaron al cargo de los abuelos tres nietas, unidas por el amor y la compasión hacia ellos. En aquella casa reinaban la bondad, el respeto y la ternura.

Pero al tiempo no se le pone freno Pasaron los años.

Sanda y, poco después, el abuelo, se despidieron de este mundo. Teresa se casó, pero no logró tener hijos. Blanca eligió la soledad. María, con diecisiete años, fue madre de un hijo de padre desconocido, y partió al pueblo con su madre.

La juventud se fue sin decir adiós; la vejez llegó de improviso, pálida y callada.

Inés vivía sola desde hacía mucho. Sus hijastras se llevaron a su amor a la ciudad para cuidarlo: él, enfermo y roto, terminó inválido y ellas nunca perdonaron a Inés. No te metas donde no te llaman, le espetaban al marchar.

Por el pueblo, la llamaban sin tapujos la borrachina sin vergüenza. Nadie olvida, y menos en Castilla, donde las paredes tienen oídos y la lengua vuela como golondrinas. La vergüenza era el único abrigo de Inés.

Diego, por su lado, huyó de Clara y de la secta de milagro. Solo y empobrecido, sobrevivía en el piso de su madre, alternando sopas y gazpacho, en una cama fría, acompañado solo por tres gatos para no enloquecer. Ese era todo su amor.

Y pensar que la felicidad de Diego e Inés llamó alguna vez a su puertaA veces, al atardecer, Diego abría la ventana y miraba al vacío, donde la ciudad se desdibujaba bajo las luces titilantes; allí, entre el rumor lejano de motores y una brisa que olía a recuerdos, repasaba sus días desmoronados. Ninguna mentira, ningún autoengaño: jamás pudo olvidar a Inés, ni tampoco condenarla del todo. Pensaba en Teresa, en Blanca, en la pequeña María, y una nostalgia densa le apretaba el pecho. Su mayor derrota no era el abandono, ni la pobreza, ni siquiera la soledad: era no haber hallado redención.

Un crepúsculo de marzo, recibió la visita inesperada de Teresa, que llamó al portero con voz temblorosa. Entró, titubeando, y le trajo pan, queso y, en silencio, unas cartas escritas por Blanca desde algún rincón del norte. Conversaron poco, pero cuando se despidió, Teresa le abrazó sin mirar atrás. Diego sintió entonces, en ese brazo juvenil alrededor de su cuello, el rescoldo de la vida que pudo ser. Supo que no todo estaba perdido, que en los retales grises de la existencia a veces asoma un hilo de luz.

Esa noche, Diego dejó la ventana abierta. El aire era frío, pero arrastraba consigo la memoria del clavel y la promesa del verano. Cerró los ojos y, por fin, sonrió: el vacío ya no dolía tanto. Afuera, una luna finísima, blanca y solitaria, parecía velar su descanso. Sin quererlo, estaba en paz.

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