LO QUE RECORTAS, NO REGRESA
Cuando Estrella muestra sus fotos de boda a sus amigas, siempre comenta entre risas:
¡Vaya lo que sufrí con este vestido! Era precioso, sí, pero pesadísimo y aparatoso. La próxima vez que me case, elijo un vestido de novia ligero y vaporoso.
Todos se ríen con ella, seguros de que bromea. Y, en el fondo, Estrella bromea. Las amigas saben que el matrimonio de Estrella y Alejandro fue fruto del amor. Una historia común, de esas que surgen en la Costa del Sol: ella, 21 años; él, 28.
Agosto, el Mediterráneo cálido, vino espumoso, cielo estrellado, romanticismo… Todo confluyó y acabaron presentando el expediente matrimonial en el Registro Civil. Antes, Alejandro tuvo que divorciarse de su segunda esposa. Estrella, por su parte, se mudó a la ciudad de él: de Madrid a Valencia… y vuelta.
Ese trayecto se volvería tan habitual para Estrella durante los siguientes diez años, que lo conocería al dedillo y casi con dolor.
Pero al principio, la joven pareja tuvo que alquilar piso: Alejandro dejó su piso a su segunda exmujer, que amenazaba con todo tipo de fatalidades si él no regresaba al “redil”: pastillas, ácido, saltarse por la ventana…
Con el tiempo aquella exmujer fue apagándose. Quizás Alejandro le prometió volver… De la primera esposa ni quería acordarse. Duró año y medio. No funcionó y levantó el vuelo. Poco después, él mismo casó felizmente a la primera con un amigo suyo. Todos tan contentos.
La segunda mujer duró algo más: tres años tardó él en ver el lado siniestro de aquella mujer, que llamaba crías humanas a los niños.
A Estrella todas esas historias no la inquietaban. Se sabía suficiente, ambiciosa, hermosa y única. Alejandro la colmaba de atenciones: si flores, ramos enormes; si abrigos, tres versiones. Zapatos y botas: cada día unos distintos.
Viajaron a Londres, París, Montenegro… Ampliando horizontes y cogiendo aire antes de la llegada del primer bebé.
Al poco nació la pequeña Inés. Mientras Estrella cuidaba de ella, Alejandro compró una casita y la llenó de todas las comodidades, pensando en sus queridas chicas.
Celebraron su nueva casa. Inés fue al colegio.
Estrella se volcó en formarse, pero prefería estudiar en Madrid: allí estaban su madre, sus amigas, donde hasta los desconocidos le resultaban entrañables. Bajo los tilos del barrio todo era serenidad.
A Inés la dejaba con su suegra. Aquella abuela adoraba a su nieta. Mientras duraba el curso, Estrella se instalaba los meses de exámenes con su madre. Alejandro, celoso, iba y venía a buscarla, montando casuales encuentros por toda la ciudad. Nunca tuvo motivo real para dudar, aunque
A Estrella siempre le había tentado huir de las tareas domésticas. Aprender, estudiar, seguir formándose. Todo antes que fregar platos o suelos, cuidar del marido, o criar a la niña. Sentía que la vida se le escapaba. ¿Por qué ella, tan hábil y guapa, tenía que perder el tiempo con menudencias?
Al final, Estrella acumuló tres títulos, todos con sobresaliente. Su campo principal: la psicología. Buscaba trabajo con pasión y llevaba siempre el currículum encima. Alejandro se oponía tajantemente:
¿Es que acaso nos falta dinero? ¡Me volveré loco esperándote del trabajo! Estrella, ¿por qué no intentamos tener otro hijo? Me daría igual niño o niña. Sólo quiero verte cerca.
Estrella no se veía madre de nuevo. Su misión estaba cumplida: dio una hija a Inés, una hija a su marido. ¿Qué más?
La suegra, oyendo los enrevesados razonamientos de su nuera, le propuso quedarse con Inés una temporada. Era evidente: Estrella no tenía tiempo para la hija, sólo quería vivir en las nubes. Y una niña necesitaba amor y atención.
Estrella aceptó sin dudar. Marchó a Madrid, sin avisar ni a Alejandro: Ya le llamo desde allí, pensó.
Pero al llegar a Madrid la esperaba… Alejandro. Ya conocía bien los trucos de su mujer.
Estrella, ¿y dónde está Inés? ¿Por qué tú aquí y no en Valencia? ¿Acaso tienes un amante?
Alejandro, ¡no te pongas así! No hay amantes. Es que Contigo me aburro. Quiero ser libre le respondió ella, tranquila.
¿Libre? ¿De tu hija y de mí? ¿Dónde quedó el amor? ¿Ya se esfumó? Si es una crisis de los treinta, podemos superarla juntos. No es para tanto, Estrella.
No, no lo superaremos zanjó ella.
Alejandro acudió buscado ayuda a su suegra. Ella se encogió de hombros:
¿Y yo qué? Es cosa vuestra. Eso sí: a Estrella no la harás cambiar de opinión. Es terca como una mula.
Alejandro regresó solo a Valencia, sin saber cómo recomponer su familia.
Pasaron los días, las semanas. Estrella no volvía. Por teléfono, eso sí, contestaba seco: Estoy bien.
El tiempo seguía su curso
Al final, Alejandro decidió vender la casa, llevarse a Inés y mudarse a Madrid, todo para salvar su familia.
Pero Estrella recibió el plan con frialdad. Intentó disuadirle: cambiar a la niña de colegio sería cruel, los amigos, la abuela no aprobaría… Mentiras piadosas.
La verdad es que Estrella se deleitaba en su libertad. Vivía como un pájaro en el cielo: su propio negocio de costura, alquilaba un pisito; tenía varios admiradores (de ambos sexos), nunca se aburría. Y ahora, ¿volver al marido y la hija? ¿Para qué?
Quería borrar su vida anterior, como si todo lo vivido perteneciera a otra mujer, no a ella.
Alejandro ignoró esas excusas y se instaló en la capital con Inés. No perdió la esperanza de reunir la familia. Seguía amando a Estrella.
Acudía a buscarla al trabajo, llevaba y recogía a Inés (que, por cierto, era igualita a la madre). Todo en vano. Estrella, fría como una estatua. Hasta que finalmente fue clara:
Alejandro, olvídame. Debemos divorciarnos. Puedo acoger a Inés si lo deseas.
Pero Inés ya tenía 11 años. No le hacía falta acogida: tenía a su padre, y a la abuela siempre pendiente. Ella quería a su madre y no entendía por qué su madre renunciaba así, por elección, a su propia hija.
El tiempo avanza sin que nadie pueda pararlo.
Cada uno recibe lo que siembra.
Alejandro dejó de pescar en terreno seco. Comprendió que jamás llegaría al corazón de Estrella.
El destino le trajo una mujer normal, con los pies en la tierra, sin soñar con volar. Ahora viven en un pueblo, los dos. Ella tenía dos hijos de su anterior matrimonio.
No le hacían falta ni Londres ni París, ni cientos de abrigos ni zapatos: Con unas botas de agua para el barro, un abrigo bueno para cuidar el ganado, y sacar adelante a los hijos ésos eran sus mayores anhelos.
Alejandro se sentía tranquilo, acogido, feliz con su nueva esposa. (Donde hay sencillez, hay cien ángeles; donde hay lío, ni uno.) A los pocos años tuvieron una niña, y Alejandro encontró por fin la felicidad verdadera. Aunque le costara cuatro intentos.
Jamás hablaba de sus primeros tres matrimonios.
Estrella vive ahora con su madre, en casa de su madre. Un socio de negocios una vez le prometió el oro y el moro, y después la dejó sin nada. Su taller de costura quebró y los admiradores desaparecieron.
Vamos, que la pretendieron y todos huyeron. Estrella trabaja ahora como psicóloga escolar. Al menos, para eso estudió. Nunca se arrepiente nada. O eso dice. Aunque en el fondo del alma, ¿quién sabe si arderá algún día una chispa de arrepentimiento?
Inés, ya mayor, vive en Valencia con su marido y la abuela, la que la crió de niña.
El día de su boda, Inés llevaba por fin un vestido de novia ligero y etéreo, regalo de su madre Estrella…





