Mira, te voy a contar una historia que me vino a la cabeza el otro día, que encaja mucho con lo que siempre decimos sobre la confianza en pareja, especialmente aquí en España, donde las familias somos muy unidas pero también tenemos nuestro genio. Resulta que para que la vida en casa sea tranquila y cómoda, los matrimonios tienen que confiar el uno en el otro. En el momento en el que llegas a casa y te reciben con mala cara y desconfianza, olvídate de la paz y el buen rollo, porque cada día la relación se resiente más y pueden acabar pasando cosas feas.
Es que, fíjate, mucha gente arrastra problemas con eso de confiar. Normalmente nadie se vuelve desconfiado porque sí; suele ser por experiencias del pasado. Si, por ejemplo, una mujer ha pasado por una traición antes, se vuelve recelosa con otros hombres. Y ni te cuento si la persona con la que está ha cometido un desliz; entonces la desconfianza se multiplica. Pero hay que intentar cambiar esa mentalidad.
Al final, luchar contra esos prejuicios no es solo por el otro, sino sobre todo por uno mismo. Si te pasas el día sospechando acabas intoxicando la relación y tu tranquilidad. La cabeza te va a mil, te preocupas por tonterías, y eso no te lleva a nada bueno. Tampoco hay que ser ingenuo y fiarse de todo el mundo, pero hablar las cosas con calma y claridad es la clave. Vivir en continua tensión acaba siendo agotador y solo trae problemas.
Mira, te pongo el ejemplo de un amigo mío, que se llama Gonzalo. Resulta que empezó a notar que su mujer, Carmen, salía de casa más de lo habitual. Al principio no le dio importancia, pero después, cuando vio que empezaba a salir dos veces por semana, empezó a darle vueltas y preocuparse. Hace poco, además, le pasó algo que le dejó atónito. Hace unas semanas, buscando unas zapatillas en el armario, se topó con algo inesperado en una caja de zapatos de mujer.
Dentro de la caja había un montón de billetes de euros. Gonzalo se quedó a cuadros, porque Carmen nunca le había mencionado nada de dinero guardado. Al cabo de unos días, notó que el dinero ya no estaba en la caja, y justo ese día Carmen salió de casa otra vez. Gonzalo ya no pudo más con la incertidumbre y decidió seguirla.
Se dio cuenta de que Carmen se metía en el portal de enfrente. Subió disimuladamente detrás de ella y, en el segundo piso, oyó cómo se cerraba una puerta. Sin pensar, subió corriendo y llamó varias veces, nervioso perdido. Y, al final, le abrió la puerta una señora mayor, no un hombre guapete ni nada por el estilo.
Resulta que Carmen había coincidido con esa abuela volviendo del mercado y le había ayudado con las bolsas. Como la vecina estaba bastante impedida, Carmen empezó a ir dos veces por semana a su casa, le hacía la compra y le traía todo lo que necesitaba, dejándole también algo de dinero para gastos.
Vamos, que todo el lío venía por el afán de ayudar de Carmen y no por nada raro. Y ahí, amigo, es cuando te das cuenta de lo importante que es la confianza en una pareja, sobre todo aquí, donde ayudar al prójimo está en nuestra forma de ser.




