Hemos decidido que nuestra hija ya no vaya más a casa de su abuela.

Nuestra sobrina Jimena tenía apenas trece años cuando la enviamos a pasar dos semanas de vacaciones a casa de su abuela en un pueblo manchego que ni sale en los mapas. Al principio, a Jimena le entusiasmaba compartir tiempo con su abuela Rosalía y ambas hicieron muy buenas migas, como si fueran socias de parchís de toda la vida. Pero, con los años, Jimena fue creciendo y el encanto rural empezó a desgastarse más rápido que las alpargatas en las fiestas del pueblo. Echaba de menos a sus amigas, el cine del centro y ese sinfín de planes que Madrid le ofrecía. Además, no hay que olvidar que Jimena era la única nieta de su abuela, así que sus visitas eran el punto álgido del aburrido calendario semanal de la pobre mujer.

Un buen día, el padre de Jimena la llevó al pueblo justo cuando su madre, Carmen, iba a dar a luz al segundo retoño de la familia. Pensaron que, entre tanta emoción y pañales nuevos, Jimena estaría mejor respirando aire fresco y charlando de sus cosas con la abuela. Y, dicho sea de paso, la llegada de Jimena suponía también una alegría para la cuenta bancaria de Rosalía, que recibía una ayudita en euros puntualmente enviada por su yerno para que a la niña no le faltase de nada durante su estancia.

En un principio, Rosalía no tenía intención alguna de poner a trabajar a Jimena ni de encargarle cosas de la casa. Simplemente, estaba encantada de tener alguien a quien contarle por cuarta vez las anécdotas del pasado o con quien compartir algún secreto familiar inconfesable. Sin embargo, poco a poco, Jimena empezó a volverse un pelín exigente y protestona. Sabía que su padre enviaba dinero para caprichos y esperaba todo tipo de manjares y atenciones dignas de una princesa emérita.

El desastre vino cuando un día Jimena montó una pataleta monumental porque alguien le había zampado el croissant de su desayuno. Acusó a una tía segunda que vivía allí de haberlo hecho desaparecer misteriosamente. El drama subió de tono: gritos, miradas asesinas y el teléfono echando humo hasta que su padre tuvo que plantarse en el pueblo para poner paz. Después de tanta película y algún que otro portazo, la familia decidió que, por la paz y la salud mental de todos, lo mejor era no mandar más a Jimena al pueblo.

Esta decisión dejó a la abuela Rosalía hecha polvo. Valoraba mucho el tiempo que pasaba con su nieta y, a pesar de los incidentes y de que a veces pensaba en cambiarse el nombre, disfrutaba teniendo a Jimena cerca. Pero claro, las cosas cambian, y aquellas visitas se extinguieron como la tarta de Santiago en una reunión familiar.

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Hemos decidido que nuestra hija ya no vaya más a casa de su abuela.