A VIENTRE ABIERTO
En aquella familia, cada uno vivía por su cuenta.
El padre, don Álvaro, además de estar casado, tenía una amante a la que visitaba con frecuencia, aunque no siempre era la misma. La madre, doña Carmen, aunque sospechaba las infidelidades de su esposo, no era un ejemplo de rectitud. Le gustaba pasar el tiempo lejos del hogar junto a un compañero de trabajo, casado también. Los hijos, Rodrigo y Julio, crecían prácticamente solos, sin que nadie prestara verdaderamente atención a su educación. Al fin y al cabo, Carmen siempre decía que el colegio era quien debía responsabilizarse de sus alumnos.
Los domingos, la familia se reunía como mucho en la cocina para almorzar deprisa y en silencio, antes de que cada uno se dispersara siguiendo sus intereses.
Así podrían haber continuado, sumidos en un mundo roto, turbio y al mismo tiempo tentador, si la desgracia no hubiera golpeado de repente.
Cuando Julio, el menor, tenía doce años, don Álvaro decidió llevarle al taller por primera vez, para que le echara una mano. Mientras el chico curioseaba entre herramientas, su padre se ausentó unos minutos para charlar con unos amigos aficionados a los coches, en otro box cercano.
De pronto, del taller de Álvaro empezó a salir un denso humo negro, seguido de voraces lenguas de fuego.
Nadie entendía nada. (Con el tiempo se supo que Julio, por accidente, había dejado caer una lámpara de soldar encendida sobre una garrafa de gasolina.) Hubo confusión y miedo; el fuego rugía salvaje. Alguien tiró un cubo de agua sobre don Álvaro, que se lanzó entre las llamas. Todos quedaron paralizados. Segundos después, Álvaro emergió del incendio, llevando en brazos a su hijo, inconsciente. Julio estaba gravemente quemado, menos el rostroquizás lo protegió con las manos. La ropa había desaparecido entre cenizas.
En algún momento alguien ya había avisado a los bomberos y a una ambulancia. Llevaron a Julio al hospital. ¡Aún respiraba!
Fue directo al quirófano. Tras unas horas interminables, un médico salió al encuentro de Carmen y Álvaro:
Hacemos todo lo que está en nuestras manos y lo que no. Ahora vuestro hijo está en coma. De vivir, tiene una entre un millón. La ciencia nada puede ya aportar. Sólo un milagro, si Julio es capaz de lucharlo con toda su alma. Tened fe.
Sin pensarlo, Álvaro y Carmen corrieron a la iglesia de la esquina. Llovía a cántaros, pero lo ignoraban todo a su alrededor. Solo importaba salvar a su hijo.
Empapados, entraron por vez primera en el templo. Era un lugar humilde y tranquilo. Al ver al sacerdote reunieron valor y se acercaron.
Padre, nuestro hijo se muere ¿qué podemos hacer? sollozó Carmen.
Me llamo padre Nicolás dijo él. Ya veo, en la tribulación por fin os acordáis de Dios ¿Habéis pecado mucho, hijos míos?
Nunca hicimos daño a nadie…murmuró Álvaro, bajando la vista bajo la mirada penetrante del sacerdote.
¿Y el amor que os disteis? ¿Por qué lo matasteis? Entre marido y mujer ni un alfiler cabría pero vosotros podríais poner un tronco entre medias y ni rozaría a ninguno. Ay, criaturas
Rezadle a San Nicolás de Bari por la salud de vuestro hijo. Rezad con el corazón. Pero recordad: todo está en manos del Señor. No os rebeléis. A veces, Dios nos despierta así, sin avisar. Si no, ni os daríais cuenta al perder el alma. Cambiad. Sólo el amor lo salva todo.
Carmen y Álvaro, llorosos y empapados, escucharon resignados la dura verdad. El padre Nicolás señaló el icono de San Nicolás.
Ambos se arrodillaron ante la imagen, rezaron con desesperación y juraron cambiar.
En aquel momento, todas las aventuras extramatrimoniales quedaron atrás, borradas de sus recuerdos. Repasaron su vida letra por letra, hilo por hilo
A la mañana, el médico avisó que Julio había salido del coma.
Álvaro y Carmen ya estaban junto a su cama.
Julio abrió los ojosintentó sonreír al verlos, aunque su cara era una máscara de sufrimiento.
Mamá, papá, os lo pido, no os separéis nunca susurró el niño.
Hijo, ¿por qué piensas eso? Estamos juntos replicó dulcemente Carmen, acariciando su ardiente y débil mano. Julio se quejó al tacto y Carmen se apartó enseguida.
Lo he visto, mamá y además, mis hijos llevarán vuestros nombres añadió Julio con convicción.
Álvaro y Carmen se miraron. Pensaron que deliraba. ¿Hijos? Imposible. Si no puedes ni mover un dedo Céntrate en salir adelante, y ya será bastante.
Pero, a partir de entonces, Julio comenzó a recuperarse. Toda la familia volcó su esfuerzo y recursos en su curación. Álvaro y Carmen vendieron la casa de veraneo.
Lamentablemente, el taller y el coche ardieron por completo el día del accidente; de haberse salvado, habrían podido venderlos para ayudar en los gastos de Julio, pero lo importante era que seguía vivo. Los abuelos, como podían, también ayudaban.
La desgracia los unió.
Incluso el día más largo termina.
Pasó un año.
Julio ingresó en un centro de rehabilitación. Ya era capaz de caminar y valerse solo.
Allí Julio hizo amistad con una muchacha, Lucía, de su misma edad. Lucía, igual que él, había sufrido un incendio, aunque las heridas solo afectaron a su rostro.
Después de varias operaciones, Lucía sentía vergüenza por sus cicatrices. Evitaba los espejos, les tenía miedo.
Julio, compadecido, sintió hacia ella una ternura especial. Lucía irradiaba una luz serena, una madurez y fragilidad que lo atraían. Nació en él un deseo de protegerla.
Pasaban juntos, entre tratamientos, casi todo el tiempo libre. Les unía el mismo dolor y coraje: soportar el sufrimiento, el desencanto, las pastillas amargas, el acostumbrarse a los pinchazos y batas blancas que se les hicieron rutina. Compartían confidencias y nunca se cansaban de hablar.
Mientras tanto, el tiempo corría
Julio y Lucía celebraron una boda sencilla.
Tuvieron dos hijos preciosos: primero la niña, Marisol, y tres años después, el varón, Álvaro.
Y así, cuando la familia por fin respiraba en calma, Carmen y Álvaro decidieron separarse. Todo lo vivido les había dejado vacíos, exhaustos. Era un mutuo anhelo de alivio y quietud.
Carmen se marchó a casa de su hermana, en la sierra. Antes visitó la iglesia para pedir la bendición del padre Nicolás. En los últimos años, Carmen acudía con frecuencia al sacerdote, agradeciéndole la salvación de su hijo. El padre, cada vez, corregía:
¡Da gracias a Dios, Carmen!
El sacerdote desaprobaba la marcha de Carmen:
Pero, si ya no puedes más, vete, descansa. La soledad también tiene su valor a veces Pero vuelve: marido y mujer son una sola carne le dijo con voz paternal.
Álvaro quedó solo en el piso vacío; los hijos, ya con sus propias familias, vivían aparte.
Los ex esposos, ahora abuelos, visitaban a sus nietos por turnos, procurando nunca coincidir.
Y al fin, cada uno, encontró cierta pazPese a la distancia y al silencio, la familia nunca terminó de deshacerse. Cada quien, en su esquina del mundo, guardaba una caja llena de recuerdos: fotografías chamuscadas, cartas infantiles, alguna medalla de colegio, un mechón del primer corte de Marisol o el sonajero preferido de Álvaro chico.
Julio, al mirar la piel marcada de Lucía cada mañana, entendía que la belleza era solo la corteza de algo mucho más hondo. Agradecía cada instante, incluso el dolor, porque le trajo sus mejores tesoros. Solía decirle a sus hijos: El fuego nos devoró una vida, pero nos regaló otra, más verdadera.
Una tarde, Julio y Lucía invitaron a Carmen y a don Álvaro a compartir mesa con todos los nietos. La comida fue sencilla, ruidosa, llena de risas torpes y pequeñas discusiones infantiles. Nadie se atrevía a mencionar el pasado, pero todos lo sentían revoloteando, como un pajarillo inquieto.
De pronto, Álvaro alzó su copa y, con la voz un poco quebrada, dijo:
Por las cicatrices que nos separaron y las que nos unieron. Por los milagros que no supimos entender hasta que nos alcanzaron.
Hubo un silencio denso, pero no de tristeza. Marisol corrió hacia su abuelo y le besó la mejilla; su hermano la imitó, y así el círculo se fue cerrando poco a poco, de corazón en corazón.
Esa noche, antes de irse, Carmen se detuvo un instante en el umbral, contempló a sus hijos y nietos, y comprendió que el amor no es nunca perfecto, ni limpio, ni recto como una línea, pero que siempre si se lucha por él encuentra la forma de volver a nacer entre las ruinas.
La familia se fue esparciendo en la oscuridad, bajo un cielo llenísimo de estrellas. Nadie lo dijo, pero todos lo sabían: pese a las cicatrices, pese a la soledad, pese a los años y los fuegos, seguían juntos, abrazados a vientre abierto.





