“La madre de mi esposa es rica, nunca necesitaremos trabajar” – celebró mi amigo.

Una noche extraña, caminaba por las calles enrevesadas de Madrid que se mezclaban con mares de azulejos y relojes derretidos colgaban de los balcones. Mi amigo se llamaba Gonzalo siempre había soñado con vivir rodeado de comodidad, pero no pe propria costa, sino apoyándose en la generosidad ajena. Me acuerdo bien de cómo desfallecía tras los pasos de una chica llamada Inés, cuyo apellido se deshacía en el aire como si fuera de caramelo; su familia era famosa en la ciudad porque la madre de Inés poseía una cadena de pastelerías enormes donde los sueños tenían sabor a tarta de Santiago.

Gonzalo no amaba a Inés, eso era claro como el cielo sobre la Gran Vía en agosto. Pero él estaba convencido de que casarse con una mujer rica era la llave dorada que abriría la puerta de su paraíso en la tierra: una vida sin preocupaciones, llena de siestas largas y desayunos interminables. Sin embargo, la riqueza de aquella familia era un banco de niebla: la madre de Inés era la única que convertía el aire en euros, mientras el resto de la familia se paseaba por los pasillos como sombras satisfechas.

Intenté hablar con Gonzalo bajo una lluvia de aceitunas que caía de los árboles:

¿No pensarás, hombre, que van a mantener a un holgazán toda la vida? Lo importante es labrarse el propio camino, ser independiente.
¡Venga ya! me respondió como si flotara. Inés y yo vamos a tener un hijo; la familia confía plenamente en mí.

Por más que giraba el reloj de la razón, no podía comprenderle. No es justo para Inés, ni para ninguno de los dos. El hombre debe trabajar, debe sostener su hogar, aunque sea en sueños.

Pasó un tiempo y los relojes de Madrid se fundían, los días y las noches se mezclaban como vino y agua. Le pregunté a Gonzalo por su vida laboral. Resultó que ni él ni Inés trabajaban: se quedaban en casa, jugando a videojuegos con mandos de oro, viendo series interminables en una televisión que no tenía pantalla, o durmiendo la siesta bajo mantas de nubes. Era la madre de Inés quien llenaba la nevera de jamón y queso manchego cada día. En un rincón de mi alma, llegué a sentir una pizca de envidia: Gonzalo había conseguido aquello con lo que tantas veces jugó en sus sueños lúcidos.

Mi suegra es más rica que el Alcázar de Segovia, jamás nos hará falta trabajar presumía Gonzalo, brindando con una taza sin fondo.

Hubiera seguido así por siempre, como en esos bucles inacabables del metro de Sol, pero las pastelerías empezaron a vaciarse de clientes y los billetes de euro se deshacían como migas bajo la lluvia. La madre propuso entonces que tanto su hija como su yerno trabajaran con ella, entre almohadas de mazapán y torrijas.

Un mes después, cuando la luna había aprendido a hablar en castellano antiguo, sonó mi teléfono: era Gonzalo, con la voz llena de ceniza, rogando prestados cuatro mil seiscientos euros, prometiendo que al encontrar trabajo y pasar el primer mes me los devolvería.
Estamos tiesos, amigo. He pasado la entrevista; cuando cobre el primer sueldo, te devuelvo cada euro.

Y así fue como los sueños sin esfuerzos de Gonzalo se disolvieron. Él y su mujer empezaron a trabajar: por la noche vendían sueños de nata; por la mañana, atendían el mostrador. Al cabo de un tiempo, Gonzalo me devolvió el dinero, uno a uno los euros, por transferencia y con una sonrisa cansada.

Así terminó el espejismo de una familia rica flotando por los mercados de Madrid. En este sueño ibérico, aprendí que nadie debe fiarse del colchón ajeno: la independencia es la única fortuna duradera, y en ese equilibrio entre esfuerzo y deseo, uno puede sentir realmente la seguridad de una vida feliz.

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“La madre de mi esposa es rica, nunca necesitaremos trabajar” – celebró mi amigo.