UNA VIDA EN ORDEN —Lada, te prohíbo que hables con tu hermana y su familia. ¡Ellos tienen su vida …

VIDA EN ORDEN

Clara, te prohíbo terminantemente que te relaciones con tu hermana y su familia. Cada uno en su vida, ¿lo tienes claro? ¿Has vuelto a llamar a Lucía? ¿Le has ido a contar cosas de mí? Te lo advierto, no digas que no te avisé si pasa algo me espetó Evaristo, apretándome el hombro con una brusquedad digna de un pivote del Atleti.

Como solía hacer en estas situaciones, me refugié en la cocina, mordiéndome los labios para no sollozar a lo drama de sobremesa. No, nunca le había contado a mi hermana mis penas matrimoniales. Simplemente hablábamos. Nuestros padres ya eran mayores y siempre había temas familiares tejiendo conversación. Pero a Evaristo aquello lo sacaba de quicio. No tragaba a mi hermana Lucía, y mucho menos su apacible hogar, lleno de estabilidad y jamón ibérico, justo lo que en mi casa con Evaristo escaseaba.

Cuando me casé con ese hombre, la felicidad parecía eterna y yo corría dando saltitos por los jardines del Retiro. Él me arrastró en una avalancha de pasión. Nunca me incomodó que Evaristo fuera una cabeza más bajo que yo. Ni siquiera hice caso a su madre, que llegó tambaleándose a la boda, con olor a pacharán del malo. Pronto descubriría que mi suegra era más de vermut que de misa dominical.

Ciega de amor, no quise ver lo evidente. Pero al cabo de un año de matrimonio, mi nube de azúcar empezó a diluirse bajo el aguacero. Evaristo era de los que mojaban el gaznate hasta no saber decir Madrid. Las escapadas e infidelidades, ni te cuento. Yo, mientras tanto, me dejaba el lomo de enfermera en el hospital por cuatro duros. Él prefería la tertulia infinita con borrachos de bar de barrio.

La manutención de su esposa nunca estuvo en su carta de propósitos de Año Nuevo. Y si al principio soñaba con niños correteando por el pasillo, acabé consagrándome al cuidado de un gato persa más exquisito que el lomo de merluza. Lo de tener hijos con Evaristo dejó de tener encanto cuando le vi más fondillo en el vaso que en la paternidad. Y, sin embargo, le seguía queriendo.

¡Eres idiota, Clara! Si por donde vas hay tíos lanzándote miraditas y tú, nada, erre que erre con tu figurita de Fallas. ¿Qué le has visto? Vas de morado todo el año, que ni los de la Semana Santa. ¿Te crees que nadie nota el camuflaje de corrector en los recuerdos que te deja? Sal de ahí, insensata, antes de que te saque en la sección de sucesos, me soltaba mi amiga y compañera, con más razón que una catedral de Burgos.

Que sí, que a Evaristo le daba por soltar la mano cuando le venía en gana. Más de una vez me dejó tan descompuesta que ni para poner inyecciones estaba. Una vez me dejó encerrada horas en casa, con la llave en su bolsillo y mi dignidad bajo llave.

Empecé a temerle, como a una pija en rebajas: cada vez que oía la llave luchando con la cerradura, el corazón me hacía un flamenco. Sentía que su rencor era porque no le había dado un hijo, porque no era una buena esposa, porque Total, que ya ni me defendía de los golpes, ni de los improperios, ni de la lluvia de desprecios. ¿Por qué le seguía queriendo?

Su madre, bruja de manual, me aleccionó un día:
Clara, hija mía, haz caso a tu marido, quiérele con alma y olvida a tu familia y a las amiguitas, que de eso nunca sale nada bueno.

Y yo, obediente como una oveja de Belén, olvidé amistades, me distancié de los míos y me entregué en cuerpo y alma a Evaristo. Era su marioneta.

Lo único que me enternecía era verle después, de rodillas, con llantina y besándome los pies como si hiciera el Camino de Santiago. Las reconciliaciones eran más dulces que los turrones. Evaristo, eso sí, llenaba el lecho con pétalos de rosas, claramente robadas (las cultivaba con mimo la vecina y su marido, alma de cántaro, las cambiaba por media botella de vino). Todas nos derretíamos luego con los ramos alquilados y les perpetuábamos el ciclo del perdón a nuestros machotes de barrio.

Seamos sinceras, yo habría aguantado mi calvario de Evaristo hasta la vejez, reconstruyendo mi paraíso cada vez que se astillaba. Pero el destino, tan cabroncete como siempre, intervino.

Deja a Evaristo, yo llevo su hijo en mis entrañas. Tú, ni flores, ¿para qué lo quieres? me soltó un día una desconocida de malas pulgas, a bocajarro y sin anestesia.

Anda, tira por donde has venido y no me cuentes telenovelas, bonita, le respondí todo lo seca que pude.

Evaristo, en su línea, negándolo todo, pero a la hora de la verdad, ante mi exigencia de juramento, se quedó callado, intentando tragarse la lengua. Su silencio fue más demoledor que cualquier palabra.

Clara, nunca te veo reír. ¿Problemas personales? me preguntó el director médico del hospital, don Germán Campillo, ese hombre que parecía invisible y, sin embargo, ahí estaba, interesándose por mi vida.

Nada, todo correcto mascullé, colorada como un tomate en agosto.

Bueno, si todo va bien, la vida es fantástica me soltó con media sonrisa y aire profundo de filósofo de bar de tapas.

Don Germán, decían los pasillos, estaba divorciado porque su ex se dedicó al turismo amoroso. Vivía solo, ya cuarentón, gafas, calva en ciernes y bajito. Pero se acercaba y a mí se me encendía algo por dentro. Tenía ese aroma indefinible, mezcla de loción cara y virilidad de anuncio de colonia.

Que no se le podía resistir una, vamos. Yo, cada vez que le veía cerca del despacho, buscaba excusa para huir. Sus palabras, es bueno cuando todo está en orden, se me quedaron atrapadas en el alma. Qué verdad: la vida se me escurría entre los dedos y no hay botón de pausa para aclararse. A todas luces, yo habitaba el caos, no el orden.

Así que, finalmente, hice mi petate y me largué con viento fresco a casa de mis padres. Mi madre, en shock:

Clara, ¿qué pasa? ¿Te ha echado Evaristo?

No, mamá, ya te contaré después sentía vergüenza solo de imaginarme las explicaciones.

Más tarde, mi exsuegra se desgañitó por teléfono con tremendo arte manchego. Eso sí, yo ya respiraba a pleno pulmón, con la cabeza erguida y sin miedo. Gracias, don Germán.

Evaristo no dejaba de molestar, con amenazas y labores de detective de mercadillo. No entendía que ya no tenía poder sobre mí.

Evaristo, búscate otro entretenimiento, que tienes un hijo por ahí que te necesita. Lo nuestro acabó. Punto final le dije con una claridad y una paz que ni yo misma me conocía.

Por fin regresé a la tribu, a mi hermana Lucía, a mis padres. Volví a ser Clara, no una marioneta a control remoto.

Mi amiga enseguida lo notó:
¿Pero tú quién eres y qué has hecho con la antigua Clara? ¡Estás hecha una rosa de primavera! ¡Hasta pareces una novia recién salida de la iglesia!

Y don Germán, más directo que todo el plantel del Madrid juntos:

Clara, ¿y si nos casamos? Te prometo que no te arrepientes. Solo un favor: llámame Germán, el don y el Campillo para la nómina.

¿Pero tú me quieres, Germán? me sorprendí yo, boquiabierta.

Ay, perdona, se me olvidaba que a las mujeres os gusta oírlo. Pues eso, te quiero. Aunque soy más de hechos me respondió, besándome la mano con ceremonia.

Pues claro que sí, Germán. Estoy segura de que te llegaré a querer mucho me estallaba la alegría como fuegos en San Juan.

Diez años se esfumaron como si nada.

Germán, todos los días, me demostraba amor del de verdad, sin grandes gestos teatrales, ni promesas huecas, ni rodillas doloridas. Era atento, protector, cariñoso, y siempre tenía un detalle auténtico bajo la manga. No tuvimos niños, es cierto, todo indicaba que yo era una flor sin fruto. Pero Germán ni se inmutó, ni un reproche, ni una pena. Ni media palabra de rabia.

Clara, parece que nos ha tocado ser solo tú y yo. Me basta y me sobra me decía, cuando me daba por la nostalgia de la maternidad frustrada.

Su hija nos regaló una nieta, Alejandra, que se convirtió en la alegría de esa casa.

¿Y Evaristo? Bueno, Evaristo entró en la botella y ya no salió. Ni a los cincuenta llegó. Su madre me lanza rayos por el mercado alguna vez. Pero a mí ni me rozan; se pierden en el aire, como hojas de acacia. Pena me da. Solo eso.

Y aquí, con Germán, todo va perfectamente bien. La vida pues eso, maravillosa.

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MagistrUm
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