ESPOSA DE VERDAD —¿Y cómo consigues convivir tantos años con la misma mujer? ¿Cuál es el secreto? …

ESPOSA DEL ALMA

¿Y cómo logras vivir tantos años con la misma mujer? ¿Cuál es el secreto? mi hermano lanzaba sin falta esa pregunta cada vez que venía a visitarme.

Amor y enorme paciencia. Ese es el secreto yo contestaba siempre, sin variar palabra.

Ese remedio no me vale. Yo amo a todas las mujeres. Cada una es un enigma para mí. Vivir con un libro leído… prefiero pasar página se reía mi hermano.

Mi hermano menor, Vicente, se casó a los dieciocho. Su novia era diez años mayor. Una muchacha dulce, Pilar, que se enamoró de Vicente con una entrega ciega, para toda la vida. Vicente solo la tomó como un pasatiempo.

Pilar se instaló legalmente en la casa de su marido, donde vivían siete familiares más, y tuvo un hijo, Darío. Ella pensó que ya tenía al ruiseñor de la suerte en la mano. A la joven pareja le dieron una habitación diminuta.

Pilar tenía una preciosa colección de figuritas de porcelana, a la que trataba con el mimo con que se cuidan las reliquias. Eran diez piezas antiguas que colocó en lugar de honor en el viejo aparador. Toda la familia sabía lo mucho que Pilar valoraba esas delicadas figuras. A menudo se detenía a admirarlas y tocarlas con delicadeza.

Por entonces yo apenas buscaba una mujer con quien formar mi propia familia. Observaba a las posibles candidatas. Quería encontrar a la única y definitiva. Al final, pude cumplir mi sueño. Llevo más de medio siglo casado con la misma esposa.

Vicente y Pilar estuvieron juntos diez años. Ella poco podía presumir de esa unión. Trataba de ser buena esposa, puso su alma en el marido y en el hijo. Obediente, callada, apacible. ¿De qué carecía Vicente?

Un día volvió a casa borracho y le irritó el gesto de Pilar. Empezó a molestarle, a hacer bromas crueles, a agarrarle los brazos. Pilar, presintiendo tormenta, decidió marcharse en silencio con el pequeño Darío al patio. De pronto, un estruendo sarcástico inundó la casa. Pilar supo al instante: el estrépito de la porcelana hecha añicos. Entró corriendo al cuarto y no pudo creer lo que vio.

Toda su amada colección yacía en el suelo, reducida a tristes fragmentos. Solo una figura, por milagro, permanecía ilesa. Pilar corrió a ella, la alzó con ternura, la besó. No reprochó nada a su marido-bruto. Pero sus ojos rebosaban lágrimas.

Desde aquel día, se abrió una grieta entre Vicente y Pilar. Diría que Pilar empezó a vivir con el corazón fuera del hogar. Continuó haciendo todo, cumpliendo sus deberes, siendo una esposa ejemplar, una ama de casa diligente… pero de manera forzada, sin brillo.

Vicente se hundió cada vez más en la bebida. Pronto, se rodeó de amistades desvergonzadas, mujeres de moral distraída, conocidos dudosos. Pilar lo imaginaba todo y se cerraba aún más en sí, cada vez más ausente, extraviada. Vicente apenas pisaba la casa, olvidando del todo a su familia. Pilar, viendo el vendaval imposible de atrapar, comprendió que no se puede abrazar el humo. Finalmente, se divorciaron. Sin gritos, sin humillaciones, sin reproches. Pilar y Darío regresaron a su ciudad natal. La figurita superviviente quedó sola en el aparador, como testigo mudo. Pilar la dejó allí, memoria de sí misma.

Vicente no se deprimió. Comenzó la vida de desenfreno, sin frenos ni horizonte. Se enamoraba con ligereza, terminaba con más ligereza aún. Vicente rodaba cuesta abajo sin remedio. Se casó y divorció tres veces. Le gustaba perderse en el vino hasta el olvido. Hay que decir, eso sí, que Vicente trabajaba en la Universidad, era un prestigioso economista. Lo reclamaban de muchas ciudades. Incluso publicó un manual de economía con su firma. Su futuro prometía ser brillante. El alcohol y el desorden lo arruinaron todo.

La familia pensó que Vicente había sentado cabeza. Suspiramos aliviados. Decidió casarse con una mujer impactante. Fuimos a una boda modesta. La novia tenía un hijo de diecisiete años. Era evidente que ese chico y Vicente no congeniarían como familia. Eran demasiado distintos, dos mundos. Vicente no quiso verlo. Parecía no entender que la mujer venía con dotación y había que aceptarlo. El hijastro provocó el divorcio después de cinco años. Vicente y el muchacho estuvieron a punto de matarse. Nunca hallaron idioma común.

Después, por la vida de Vicente revolotearon las pasajeras: Lucía, Carmen, Marta… A todas las adoraba. A todas prometía compartir la existencia.

Pero la vida decidió otra cosa. A los cincuenta y tres, Vicente enfermó sin remedio. A esas alturas ya no quedaban mujeres a su lado. Todas se habían evaporado, como vapor al sol. Lo cuidamos entre mis hermanas y yo.

Sebastián, debajo de la cama está mi maleta. Dámela decía Vicente, con la voz fatigada y movimientos torpes.

Miré bajo la cama, saqué la polvorienta maleta, la abrí y me quedé boquiabierto. Estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta en un pañuelo suave, como para protegerlas de golpes.

Mira, las reuní para mi Pilar. Nunca olvidé la acusación callada en su mirada cuando vio su colección destrozada. Vaya vida la que le di, pobre. Recuerda, cuando viajaba por todo el país por trabajo. En cada ciudad compraba una figurita. Hay un doble fondo en la maleta. Saca el dinero que hay. Todo es para Pilar. Que me perdone. Ya no la veré. Sebastián, prométeme que se lo entregarás.

Vicente giró la cara a la pared.

Claro, Vicente, cumpliré tu encargo apenas podía responder, con un nudo en la garganta. Sabía que mi hermano se apagaba, para siempre.

Debajo de la almohada tengo el sobre con el domicilio de Pilar, susurró sin volverse.

Pilar seguía viviendo en su ciudad de la infancia. Darío estaba enfermo de un mal extraño. Los médicos no sabían qué hacer. Sugerían ir a Portugal, quizá allí hallaran remedio. Lo supe por la carta de Pilar, encontrada bajo la almohada de Vicente. Resultó que Pilar nunca perdió el contacto con su exmarido, aunque solo por carta. Siempre escribía ella, Vicente nunca respondió.

Al morir Vicente, preparé el viaje. Debía cumplir la petición final de mi hermano.

Me encontré con Pilar en una pequeña estación desierta. Se alegró tanto de verme que me abrazó:

Oh, Sebastián, sois igualitos tú y Vicente. Como dos gotas.

Le entregué la maleta, le pedí perdón en nombre de mi hermano:

Pilar, perdona a tu marido inconstante. Esto es para ti. Hay dinero y algo más de Vicente. Míralo en casa, ¿vale? Fuiste esposa de alma para mi hermano. No lo olvides.

Nos despedimos para siempre.

Solo recibí una carta de ella:

Sebastián, gracias a ti y a Vicente por todo. Doy gracias a Dios por haber tenido a Vicente en mi vida. Vendimos las figuritas Darío y yo, y encontramos a un verdadero amante de la porcelana. No podía mirarlas sin dolor: todas pasaron por las manos de mi querido Vicente. Lástima que se fue tan pronto. Con el dinero pudimos mudarnos a Argentina. Mi hermana insistía mucho. Ya nada me ataba aquí. Solo quedaba la esperanza de que Vicente me llamara. Nunca llegó Pero soy feliz sabiendo que me creyó su esposa del alma. Eso significa que no me dejó de querer del todo. Por cierto, a Darío le va bien, siente alivio y está mucho mejor. Adiós.

No había dirección de retornoA veces, cuando paseo por la plaza al anochecer, imagino a Vicente joven, retozón, buscando misterios en los ojos de cada mujer, y a Pilar, recogiendo con manos serenas los pedazos de su ilusión. Comprendo entonces que hay amores que no encuentran casa en esta vida, pero nunca dejan de buscar la llave. Quizá por eso, tras tantos años, sigo contestando lo mismo cuando me preguntan el secreto de un matrimonio largo.

Porque no se trata solo de amor o paciencia. Hay, también, un extraño coraje en quedarse y, a veces, una callada dignidad en marcharse. Y, aunque la vida de Vicente fue un desfile de despedidas, nadie podrá quitarle ni a Pilar tampoco ese pequeño milagro: lo que fue suyo, lo que fue de los dos, brilló un instante, como la última figurita de porcelana que sobrevive a la tormenta.

A veces, todavía respiro hondo y creo ver a Pilar al otro lado del mundo, mirando por la ventana con una leve sonrisa, sabiendo que, aunque el amor se rompe y se recompone, siempre hay un lugar para la esperanza entre los trozos del pasado. Así, en el rincón más tranquilo del alma, la memoria encuentra reposo, y el perdón silencioso, sencillo termina siendo la forma suprema de amor.

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