Guillermo abandonó a Ana y a sus hijos por otra mujer. Pero Ana logró superar una larga depresión, y entonces sucedió algo inesperado

Ana no regresa nunca a casa después del trabajo con las manos vacías. Le gusta pasar por una tienda y comprar una botellita de vino para la cena, disfrutándola al final del día. Ya en casa, se encuentra con una escena inesperada: su pareja, Guillermo, está haciendo la maleta.

¿Has encontrado trabajo? ¿Vas a dar un paseo a estas horas?
No, me voy.
¿Cómo que te vas? ¡Son las diez de la noche!
¿Eres sorda? Que me marcho, te dejo, eres una inútil.

Las piernas de Ana flojean y se deja caer en una silla.

¿Estás bien? Tienen dos niños pequeños.
¿Guillermo, te encuentras mal? Yo soy quien te ha dado hijos. Te recogí cuando no tenías dónde ir, te lavé, te alimenté, te convertí en la persona que eres. Te pasabas el día en casa mientras yo trabajaba y mantenía la casa

¿Y así me lo agradeces?
A los niños no los dejo, pero a ti sí. Estoy harto de que vuelvas cada noche con una botellita diciendo que es para cenar, pero huele a vino cada vez. Pero Rebeca no es así; ella huele dulce, agradable, no como tú.

¿Te vas con Rebeca? ¿Sabes siquiera quién es? Se largó de su ciudad y acabó aquí, ¡vete a saber por qué! Eres tan ingenuo que no te das cuenta de en qué te metes.

Guillermo ya ni la escucha, da una patada a la puerta y se marcha. Eso termina por hundir a Ana, que empieza a beber más. Llega al taller cada mañana con resaca; es costurera pero es incapaz de coser, los dedos le tiemblan y no le obedecen. Las semanas se suceden igual: todas las noches, Ana bebe, a veces olvida hasta cocinar para los niños, que solo comen en el colegio.

Ana abandona la casa: huele a humo, la comida se pudre en las ollas, los niños corretean sucios. El asistente social va a casa de Ana y se lleva a los niños. Le advierte que aún puede recuperarlos. Tiene trabajo, un piso, pero debe volver a estar en condiciones.

Ana pide unos días libres a su jefa. Pasa varios días echada en la cama, sin fuerza para levantarse, dominada por la abstinencia. Sin embargo, logra resistir y no toca ni una gota más. Al quinto día, cuando le regresa el hambre y no se aguanta sin beber, limpia la casa entera y vuelve poco a poco al trabajo. Se centra en su oficio y, para no pensar en el vino al llegar a casa, se dedica a poner la casa en orden.

Pasan varios meses así. Al fin le devuelven a los hijos, aunque los servicios sociales siguen viniendo a supervisar. Ana aguanta. El alcohol ya no ocupa su mente; sus hijos son lo primero. Incluso cuando se entera de que Guillermo le ha pedido matrimonio a Rebeca, no cae en la tentación. Le duele, porque durante ocho años compartieron la vida y los hijos, sin registrar matrimonio siquiera, pero mantiene la fortaleza.

Meses después, Guillermo regresa con un ojo morado:

Ana, lo siento resultó que Rebeca se fugó de su marido. El hombre la encontró, vino directo a por mí, me pegó y se llevó a Rebeca a rastras a su coche.

Guillermo, gracias por los niños y por todo lo que me enseñaste. Pero no voy a dejarte volver. Márchate de mi casa.

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Guillermo abandonó a Ana y a sus hijos por otra mujer. Pero Ana logró superar una larga depresión, y entonces sucedió algo inesperado