Pero, ¿tú has visto esto, Carmen? Pasa el dedo, venga. Esto no es polvo, es fieltro directamente. Aquí podríamos plantar patatas, te lo juro la voz de mi suegra, firme, aguda y autoritaria, cortó el silencio del piso como cuchillo en sandía madura.
Carmen suspiró, cerró el portátil y se levantó con parsimonia de la mesa. Eran las ocho de la tarde, justo acababa de llegar del trabajo tras un día entero cuadrando el balance trimestral, y la cabeza le zumbaba como un transformador. Lo último que le apetecía era otra regañina sobre la limpieza, pero Consuelo Valverdemi madre, su suegrano era de las que podías pasar por alto. Estaba plantada en medio del salón, blandiendo un elefantito de cerámica, mirándola con gesto de mujer ofendida por la humanidad entera.
Señora Consuelo, limpié el sábado. Si abrimos las ventanas, la Gran Vía está aquí al lado, entra polvo enseguida se excusó Carmen, aunque sabía que era batalla perdida.
Las ventanas las abrimos todos, bonita, pero la mugre se queda solo donde hay dejadez respondió mi madre con gesto grandilocuente, limpiándose el dedo en una servilleta que, previsora, siempre traía en el bolso. Cuando Álvaro llegue del despacho, cansado, hambriento, se va a encontrar esto hecho un asco. Un hombre necesita orden y un hogar, Carmen. Y tú tienes dos tazas en el fregadero. ¡Dos desde la mañana, seguro!
Íbamos tarde dijo Carmen bajando la voz, yendo a la cocina a poner agua para el té. Si él toma café, puede enjuagar la taza, ¿no?
Mi madre la siguió con el peculiar arrastrar de zapatillas que traía de casa (yo no me pongo espadrilles de andar por casa de otro).
¡Un hombre no debe lavar platos! exclamó levantando las manos. Eso es tarea de mujer. ¿Te suena lo de ser el alma de la casa? Pero claro, tú, a tu trabajo. Informes, números Y mi Álvaro, la camisa sin planchar. Le vi ayer cuando vino por mis tuppers, el cuello ni crujía. ¡Qué vergüenza, Carmen! El mundo pensará que mi hijo está solo, que ni esposa tiene.
Carmen sacó unas galletas del armario, conteniendo las ganas de dar un portazo. Cinco años de matrimonio y cinco repitiendo la cantinela. Al principio se esforzó: almidonaba camisas, cocinaba primero, segundo y postre. Pero ser contable jefe requiere tiempo y cerebro. Yo, sinceramente, nunca me quejé. Me bastaba con una cena rápida los viernes y el polvo del aparador ni lo veía a menos que me diese por buscarlo. Pero a mi madre, nunca le pareció suficiente.
Justo entonces sonó la puerta.
¡Ya estoy! entré con voz alegre.
¡Hijo mío! Consuelo se transformó, sonriente mientras volaba al recibidor arreglándose el pelo. He traído empanadillas de atún, tus favoritas. Porque sé que Carmen trabaja muchísimo, pobrecilla…
Entré en la cocina, besé a mi madre y saludé a mi mujer, hundiéndome en la silla como si el lunes pesase más de la cuenta.
Mamá, unas empanadillas ahora… me salvas la vida. Carmencita, ¿qué hay de cena?
Carmen se quedó paralizada, con el hervidor en la mano.
Acabo de entrar, Álvaro. Pensaba hacer espaguetis a la marinera, que hay carne picada descongelada.
¿Otra vez pasta? dramatizó mi suegra, llevándose la mano al pecho. Álvaro, ¿oyes? Solo pasta, ¡eso es de locos! A tu padre (que en paz descanse) le hacía sopa fresca cada día. Llegó a los setenta sin un dolor de estómago. Esto…
Pegó un respingo hacia la cocina, mirando la vitro vacía, derrotada.
Mamá, no empieces bufé, rompiendo una empanadilla. Está bien. La hará en un rato.
¡¿Cómo no voy a empezar?! alzó la voz. ¡Si quiero que estés bien! Te veo más delgado, pálido. Eso es porque comes mal y la casa está manga por hombro. Una mujer debe crear ambiente para que al hombre le apetezca volver a casa, ¿y aquí qué hay? Polvo, platos sucios y pasta otra vez. No es una ama de casa tu mujer, Álvaro, ¡te lo advertí antes de casaros!
¡Señora Consuelo! interrumpió Carmen dejando caer el hervidor en la base con estruendo.
Silencio. Mi madre la miró sorprendida; no estaba acostumbrada a que le plantasen cara. Carmen casi nunca respondía, siempre callaba y tragaba.
¿Qué pasa, Consuelo? ¿No se puede decir la verdad? frunció el ceño mi madre. Yo he vivido mucho, sé cómo se lleva un hogar.
Carmen miró la cocina: yo, ignorándolo todo con la empanadilla, mi madre regodeada en su razón, la carne picada dejando jugo. Algo hizo clic en su mirada; de golpe, su voz fue serena, fría.
Tiene usted razón dijo con una templanza inquietante. Soy mala ama de casa. Malísima. No plancho camisas, no hago sopa todos los días y el polvo de los muebles lo quito solo en primavera o cuando me acuerdo. Trabajo mucho y gano euros que, por cierto, estamos ahorrando para el coche nuevo con el que Álvaro podrá llevarle a Benidorm. Pero eso no es excusa.
¡Lo ves! ¡Por fin lo reconoces! Consuelo aplaudió la autocrítica.
Pero no pienso cambiar negó Carmen con una media sonrisa. No me quedan fuerzas. Así que le propongo la solución lógica: Consuelo, si tan preocupada está por el bienestar de Álvaro, si tiene usted más experiencia y tiempo libre gracias a su jubilación… Le cedo el manejo de esta casa.
¿Que me cedes qué?
La casa entera. Yo, desde hoy, solo duermo aquí y pago mi parte de las facturas y la hipoteca. El resto: régimen completo. Cocina, plancha, limpieza. Como prototipo de ama de casa, usted dará el ejemplo. Vive a dos paradas, tiene llave.
Me giré, sorprendido.
¿Pero, Carmen, tú qué…?
¿Qué hay de malo? sonrió con dulzura. Mamá tiene razón: mereces más. Yo no llego. Dele a ella el mando. Un mes. Hacemos una prueba. Si en un mes prefieres su versión de hogar, yo… Me apunto a un curso de economía doméstica o dejo el trabajo.
Mi madre se quedó seca, nunca se había visto como criada de un hijo adulto y tres habitaciones. Pero retroceder era perder su título de mujer perfecta.
¡Pues claro que lo haré! sacó pecho. Ya verás, hijo, cómo comes en condiciones. Pero no me interrumpas; la cocina es mía.
Totalmente suya espetó Carmen como en el teatro. Ni pisaré la encimera. Yo, a comer fuera o en la oficina.
¡Hecho! tronó Consuelo. Mañana estoy aquí al amanecer. Esto lo pongo yo en orden, que da pena.
El resto de la noche reinó una tensión rara. Intenté hablar con Carmen al acostarnos, pero se dio la vuelta.
Duerme dijo seca. Mañana empiezas vida nueva. Con los cuellos almidonados.
Al día siguiente, nada más irse Carmen, mi madre entró como un militar. Empezó la limpieza general. Frotó los cristales, lavó las cortinas (que según ella estaban grises, aunque eran beige), vació armarios, reordenó hasta las especias.
Por la noche, Carmen volvió y no reconocía la casa. Olía a lejía y cebolla frita. Mi madre se movía entre ollas colorada, con su delantal. Yo, en la mesa con un plato gigante de cocido, croquetas, puré, ensaladilla rusa y embutido.
Mira quién viene, la ejecutiva bufó Consuelo sin girarse. Lávate las manos y siéntate; te sirvo porque soy buena. Cocido auténtico, tres horas en el fuego.
Gracias, ya he cenado en la oficina respondió Carmen, y se refugió en el dormitorio.
Allí le aguardaba una sorpresa: toda su ropa en el armario recolocada, sus braguitas y medias apiladas por colores, libros y objetos personales desaparecidos.
Carmen salió al salón.
Señora Consuelo, ¿mi libro de Kafka? Estaba en mi mesilla.
¿Ese tocho? Lo guardé en el armario. Nada de trastos por ahí, que se acumula el polvo. Y el cajón de tus cosas era un caos. Yo lo he puesto como en la farmacia.
Carmen apretó los dientes. Se recordó: Esto es un experimento. Aguanta.
Gracias por la dedicación murmuró y se fue a cambiar.
La primera semana, la comida fue abundancia. Yo, encantado. Llevaba meses sin comer así: primer plato, segundo, postre. Consuelo venía por la mañana, lo dejaba todo perfecto, y se quedaba a cenar conmigo. Recogía, me preguntaba del trabajo, y se iba sobre las nueve.
Carmen se limitaba a saludar y encerrarse con un libro. De repente, tenía tres horas libres al día: podía ir a nadar, leer, pasear. No cocinaba ni lavaba platos (la máquina no limpia bien, mejor a mano, mi madre). Se apuntó a natación, volvió a sus novelas, paseó por El Retiro.
A la segunda semana, mi entusiasmo fue decayendo.
Carmen susurré una noche, ¿cuánto más va a estar así mi madre?
Un mes, Álvaro. Lo acordamos. ¿Tan mal lo llevas? ¿No eran estos los cuellos almidonados y cocido diario que querías?
Sí… pero es mucho. Quiero llegar y sentarme callado delante de la tele, y ella no para de hablar: que si el reuma, las vecinas, el precio del aceite… Me atosiga. Come más, hijo, ¿Por qué no te lo terminas?, ¿Te froto la espalda con árnica? Me siento como un niño de cinco años.
Es el precio del orden perfecto bromeó Carmen. Nada de pasta seca.
Y mi ropa. Mis calcetines de la suerte, los he buscado por todos lados. Se los ha llevado por una manchita. ¡Eran mis calcetines!
Díselo, está entregada a ti.
Se lo dije; se ofende. Yo aquí partiendo el lomo y tú ingrato.
Fue en la tercera semana cuando mi madre se rindió. El cuerpo ya no aguantaba. Limpiar piso grande, ir al mercado (las cosas frescas mejor que en el Mercadona) y guisar como abuelas en pleno noviembre… le superó.
Una tarde, Carmen la encontró tumbada en el sofá con una toalla fría en la frente y un vago olor a valeriana. Yo estaba al lado, avergonzado.
¿Qué ha pasado? preguntó Carmen.
Tensión susurré. Ha estado todo el día con la gelatina de ternera, luego fregó de rodillas porque el mocho solo reparte la suciedad. Y…
Ay, Carmen… gimió Consuelo sin apenas mirar. Me duele todo: la espalda, el corazón…
Carmen fue a por el tensiómetro. Nada grave, agotamiento simplemente.
Mejor quédese en casa unos días, Consuelo aconsejó Carmen. ¿Para qué sufrir así?
¿Y quién da de comer a Álvaro? ¡Se queda sin cena! Tú… tú no la harías.
No la haré confirmó Carmen. Hay normas.
¡Mamá, por favor, no es para tanto! me quejé. Pedimos pizza, o cocino yo. De verdad, no pasa nada.
¿Pizza…? Consuelo masculló disgustada, pero cedió. Hoy sí, pero mañana vuelvo, que tengo la masa para la empanada en la nevera.
Pero al día siguiente no apareció. Llamó diciendo que no podía levantarse de la cama: la lumbalgia la tenía vencida.
Respiré aliviado como nunca. Aquella noche, Carmen y yo pedimos sushi, abrimos una botella de vino y nos sentamos a disfrutar del silencio largamente añorado.
Carmen, acabemos con esto ya dije mojando un maki en soja. No aguanto más. Quiero a mi madre, pero a distancia. Que venga cuando toque, el domingo. Prefiero pasta cada noche que no encontrar mis calzoncillos ni que me den clases diarias de vida.
¿Y el hogar acogedor de revista? ironizó Carmen. ¿Y las camisas perfectas?
Que les den a las camisas. Me compro de las que no se planchan y listo. Carmen, tenías razón. Esto es un infierno, y si encima uno trabaja No sé cómo lo hacías antes.
Carmen sonrió. Era todo cuanto ella esperaba escuchar.
El remate llegó días más tarde, cuando Consuelo, algo recuperada, vino a inspeccionar la tropa. Vio cajas de pizza, la taza olvidada en el fregadero… y se calló. Se sentó en la cocina, seria.
Carmen dijo cuando entró mi mujer. He estado pensando mucho… Es agotador esto, ¿sabes?
¿El qué? le sirvió Carmen un té.
Todo. La casa es enorme. Los suelos se comen la espalda. Y Álvaro… ¡Menudo desastre! Antes no lo notaba, pero va dejando los calcetines por todas partes, las migas el triple, y para que me haga caso… Yo, que le hago albóndigas, y él se queja porque la salsa no es como la de la abuela. Le digo hazla tú, me responde ¡Mamá, no me rayes! ¡Un desagradecido!
Carmen logró no reírse. El hijo perfecto se le había destiñido a la madre por desgaste al verse como su asistenta.
Consuelo, se sentó frente a ella tomándole la mano usted es una gran ama de casa, de verdad, pero nosotros tenemos nuestro método. Trabajamos, nos cansamos. A veces hay polvo, a veces cenamos pizza. Pero somos felices. Si nos apetece cocido impecable o ropa reluciente, ya iremos a verla. ¿Le parece?
Mi madre agachó la cabeza, mirando sus manos ajadas.
De acuerdo aceptó al fin. Pero avisad con tiempo, ¿eh? Que tengo mis series, mis plantas… Y la verdad, me quiero ir a un balneario. Estoy molida. Álvaro tiene camisas planchadas en el armario, pero que las siguientes las arregláis vosotros. Yo ya paso. La salud es lo primero.
Se terminó el té, se recolocó la rebeca.
Ah, y el libro, te lo he dejado de nuevo en la mesita. No entiendo eso de ciencia ficción, pero bueno, allá tú.
Cuando llegué esa noche, la casa estaba tan tranquila, olía a limpio y a un toque de perfume de Carmen. Hervían unas salchichas sencillas y había una lata de guisantes en la mesa.
¿Mamá se ha ido? pregunté esperanzado.
Se fue asintió Carmen. Anuncia retirada. Fin de la prueba por baja del personal principal.
Le di un abrazo largo, hundiendo la cara en su pelo.
Gracias susurré.
¿Por qué? ¿Por las salchichas?
Por ser tan sensata. Y por devolverme mi paz. Te quiero. Aunque no planches camisas.
No soy mala ama de casa sonrió ella apretándome. Solo moderna. Y las salchichas son de las buenas, extra calidad.
Consuelo, desde entonces, no ha dejado del todo de aconsejar: le sale natural. Pero ahora, si ve polvo, solo suspira. Y si se anima a opinar sobre el deber femenino, Carmen le ofrece gentilmente quedarse una semana de ayuda, justo cuando ella recuerda que la leche está hirviendo, el gato sin pienso o empieza su culebrón.
La paz volvió a casa. Y el polvo… bueno, el polvo ahí sigue, sin molestar. Lo importante, es que nadie moleste a nadie.
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