Al tomar al niño en brazos, pensé de inmediato que no era mi hijo. Luego, mis dudas se hicieron cada vez más fuertes.

Cuando era niña, albergaba un sueño grande y resplandeciente que llenaba todos mis pensamientos. Soñaba con ser madre. Cuando por fin me quedé embarazada, esperaba con ansias el instante en el que podría acunar a mi bebé en mis brazos. El día señalado llegaron las contracciones y me llevaron de prisa al Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Di a luz a un niño. Mi alegría era incontenible. Al caer la tarde, la matrona, doña Mercedes, me trajo al pequeño. Era diminuto, con una naricita delicada y unos ojos grises que parecían la plata de la vieja fuente de la plaza.

Nos quedamos solos. Lo miré fijamente. Intenté envolverlo en los pañales de algodón blanco, tarea que me llevó, quizás, diez eternos minutos. Era la primera vez que sostenía un recién nacido en mis manos y el temor a lastimarle me oprimía el pecho.

Ajusté cuidadosamente los extremos de los pañales. Vi sus piececitos, tan distintos de como los había imaginado. Dormía dulcemente. Le acaricié los pies, los bracitos, la tripa. Cerré los ojos y lo apreté contra mi pecho, aspirando su olor. Reconocí ese perfume inconfundible. El aroma de mi hijo. Pero, de pronto, un sentimiento extraño me recorrió. Aquella paz interna que me envolvía se disipó. Empezaron a cruzarse pensamientos confusos; eché en falta algo, hice espacio a la duda. El niño no olía como lo había soñado. Era como si tuviera en mis brazos a la criatura de otra persona.

Por un instante, deseé dejar al niño y marcharme, no regresar nunca más a la habitación. Pero ¿cómo abandonar a ese ser indefenso, que precisaba tanto de mi ayuda y de mis cuidados? Hacía dos años que aguardaba el momento de abrazar a mi pequeño.

La habitación del hospital me parecía fría, ajena, como si los muros susurrasen en silencio. Llamé a una auxiliar, intenté envolver al niño de nuevo pero mis manos temblaban. Tenía que alimentarle, pero no sabía por dónde empezar. No quería tomar el pecho. De pronto, abrió los ojos y me miró, sin poder enfocar aún; me pareció que deseaba reconocerme. Al acercar su cuerpecito, su manita, tan pequeña, resbaló suavemente sobre mi hombro. Sentí el calor y la ternura. Todas mis dudas se desvanecieron. Mi hijo dormía tranquilo en mis brazos. Mi sueño se había cumplido: por fin era madre.

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Al tomar al niño en brazos, pensé de inmediato que no era mi hijo. Luego, mis dudas se hicieron cada vez más fuertes.