Nos quedaremos contigo un tiempo, porque no tenemos dinero para alquilar un piso! me dijo mi amiga.
Soy una mujer muy inquieta. Aunque tengo 65 años, aún consigo recorrer lugares peculiares y conocer gente que parece sacada de cuadros surrealistas. Recuerdo mi juventud con una mezcla de alegría y melancolía. Antes uno podía veranear donde quisiera; podías ir al mar Cantábrico y sentir la sal como un fantasma en la piel, acampar en una finca con amigos y enemigos, o embarcarte en un barco por el río Duero y escuchar historias susurradas por las aguas. Y todo eso por unas pocas pesetas.
Pero ese mundo ya se ha esfumado, como el humo dulce de una chimenea en Toledo. Siempre me ha fascinado la variedad humana: desde señoras que venden melones en la playa de San Sebastián, hasta poetas escondidos en los teatros de Madrid. Muchos conocidos se quedaron años en mi vida, flotando como hojas de otoño.
Así conocí, en una noche extraña de verano, a una mujer que se hacía llamar Marisol. Nos alojamos en el mismo hostal en Granada y, al marcharnos, dejamos la promesa de ser amigas para siempre. Pasaron los años, nos escribimos alguna que otra carta, firmada con tinta azul y dibujitos de lunas.
Una madrugada recibí un telegrama seco y singular. No venía firmado, solo ponía: A las tres llega el tren. ¡Espérame!. Resultaba tan irreal como soñar con gallinas voladoras. No entendía quién podía mandarme algo así, así que mi marido y yo decidimos no movernos de casa. Pero a las cuatro de la mañana, un golpe insistente en la puerta me despertó. Abrí y me quedé paralizada: allí estaba Marisol, dos chicas adolescentes de ojos inquietos, una abuela delgadísima y un hombre con gafas torcidas. Una montaña de maletas los acompañaba, parecía que cada maleta tenía un secreto antiguo. Mi marido y yo nos miramos, igual que cuando uno descubre agua en medio de la Mancha. Finalmente les dejamos entrar a nuestro piso de Salamanca. Marisol, con aire de estatua viviente, me preguntó:
¿Por qué no viniste a verme? ¡Si te envié el telegrama! Y encima esos mensajes cuestan pesetas.
Perdona… no sabíamos quién era.
Bueno, pues me diste tu dirección. Aquí estoy, como el viento.
Pensé que sólo nos escribiríamos cartas, nada más.
Me explicó que una de las chicas acababa de terminar el bachillerato y quería estudiar en la Universidad. La familia había venido a apoyarla, con el fervor de quien viaja a la Meca.
Viviremos contigo. No tenemos duros para piso ni pensión.
Sentí que la realidad resbalaba. No éramos ni siquiera parientes. ¿Por qué iba yo a aceptarles en mi casa como quien acoge al lobo? Teníamos que darles de comer tres veces al día. Trajeron algunos bocadillos, pero no cocinaban ni un huevo. Comían lo nuestro, como duendecillos glotones, y yo me veía obligada a servirles.
Tres días más tarde, saturada, les pedí amablemente que se marcharan. Me daba igual el destino, sólo quería paz. Entonces estalló una bronca: Marisol comenzó a romper platos y a gritar como si recitara versos de Lorca bajo la lluvia.
Aquello era un circo de pesadillas. Finalmente Marisol y su tribu empacaron, aunque antes lograron robarme mi bata favorita, varias toallas con mis iniciales bordadas y, por algún misterio sólo posible en sueños, desapareció mi cazuela grande. No sé cómo la sacaron, pero la cazuela simplemente se evaporó.
Así terminó esa amistad, como un espejismo en la meseta. ¡Gracias al cielo! No volví a saber ni de ella ni de su sombra. ¡Qué desfachatez! Ahora, soy mucho más precavida cuando conozco a gente nueva, aunque la vida, como los sueños, nunca deja de sorprenderme en el rincón más insospechado.




