¿Estás segura, hija?
Isabel posó su mano sobre la de su madre y sonrió.
Mamá, le quiero. Y él me quiere a mí. Nos casaremos, y todo irá bien. Seremos una familia, ¿lo entiendes?
Su padre apartó el plato a medio acabar de gazpacho y se quedó mirando a través de la ventana, con el ceño fruncido. Guardó silencio unos segundos, pero para Isabel fueron eternos.
Tienes solo diecinueve años dijo por fin. Deberías pensar en terminar la carrera, en tu futuro… no en bodas.
Papá, podré con ello. Isabel habló despacio, aunque por dentro ardía en deseo de convencerles, de hacerles ver lo que sólo ella veía. Javier trabaja, yo estudio. No vamos a pediros ayuda. Solo queremos estar juntos. Y ser familia.
El padre negó con la cabeza, callado.
Isabel notaba la desaprobación en los labios apretados de su padre, en el modo en que su madre nerviosa alisaba el mantel. Pero tampoco se oponían. Tal vez porque recordaban a quienes fueron a esa edad; quizá porque sabían que las prohibiciones sólo provocan rebeldía.
La boda se celebró en mayo, sencilla, en el pequeño patio de la abuela en Salamanca. Sin restaurantes de postín ni coches de lujo, ni palomas. Pero la atmósfera era tan cálida que Isabel la recordaba envuelta todavía en la felicidad. Nada de fiestas de cientos de personas, sólo el olor a azahar y risas en familia.
De luna de miel fueron a Valencia, tan solo una semana, pues Javier no podía escaparse más tiempo del trabajo, y el presupuesto no daba para mucho más. Aquellos días, sin embargo, tuvieron la calidad irreal de los sueños, como una pompa de jabón: se despertaban tarde, desayunaban en el balcón de la pensión mirando al mar, paseaban por la playa hasta que caía la noche, comían bocadillos de calamares y se besaban como si el mundo fuera a terminar al día siguiente.
Después llegó la vida real. Con la luz dura y sin adornos del día a día. Alquiler de un piso diminuto donde en diciembre el viento se colaba por las ventanas y los vecinos de arriba bailaban sevillanas hasta la madrugada. Javier salía a las siete, Isabel iba a la universidad, y al atardecer se encontraban en la cocina, cansados, calentaban algo, y caían rendidos en la cama sin apenas hablarse.
Pero incluso en esa rutina agotadora había algo auténtico, verdadero.
A los seis meses, los padres llamaron para que fueran aquel sábado. Isabel se pasó el trayecto dándole vueltas, imaginándose de todo, desde una desgracia hasta lo más absurdo. Pero al llegar, les sentaron en la mesa, les sirvieron té y, en completo silencio, les pasaron un sobre.
Esto es para vosotros dijo el padre, mirando a un punto indeterminado. Para un piso. Aunque solo sea un estudio, pero vuestro. Basta ya de tirar euros en alquiler.
Isabel miró el sobre pero no podía tocarlo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas.
Papá… empezó, pero él la interrumpió con un ademán.
Acéptalo, hija. Considéralo el regalo de boda… con retraso.
Encontraron el piso un mes después. Veintiocho metros en una torre fea de ladrillo en el tercer piso, ventanas al patio interior, una minicocina, baño diminuto. Nada especial para nadie, pero para Isabel aquello era un universo. Eligió los azulejos, negoció con el fontanero, puso cortinas nuevas y llenó la casa de macetas compradas en el mercadillo de los domingos.
Un año más tarde, a mitad del tercer curso, empezó a sentirse rara. Al principio, pensó que sería algún virus. O tal vez el estrés de los exámenes. Compró un test casi por rutina. Las dos rayitas aparecieron claras, sin titubeos.
Isabel se quedó sentada en el borde de la bañera, mirando el test de embarazo. Aquello giraba su vida ciento ochenta grados. Tercer año de carrera. El título aún a dos años de distancia. Apenas habían empezado a levantar cabeza. ¿Por qué ahora?
Cuando Javier llegó del trabajo, Isabel le tendió el test sin una palabra, porque las palabras le faltaban.
Él lo miró mucho rato, como si fuese un jeroglífico, hasta que levantó la vista, y ella encontró allí algo que le cortó la respiración.
Vamos a tenerlo dijo él, bajito pero firme.
Javi, estoy en tercero… no sé cómo…
Vamos a tenerlo repitió tomando sus manos. Coges un año de excedencia. Yo trabajo. Saldremos adelante. Isa, es nuestro hijo.
Ella rompió a llorar contra su hombro. Del miedo, de la incertidumbre, de las malditas hormonas… Y también de felicidad, un brote verde bajo la losa del agobio.
El papeleo fue fácil.
Martín nació en marzo, cuando aún quedaban charcos de nieve sucia en la acera pero en el aire ya olía a primavera. Tres kilos doscientos, cincuenta y un centímetros.
Isabel miraba aquel hatillo de carne, la carita diminuta y arrugada, y no podía creer que fuera de verdad. Que fuera suyo. Suyo y de Javier.
La felicidad era tan inmensa que parecía que el pecho se le iba a romper.
Pero los cambios fueron llegando, sigilosos, como la escarcha matinal. Javier empezó a volver cada vez más tarde. Media hora, una, después Isabel dejó de contar. Pasaba por la puerta, se quitaba la cazadora y ni miraba la cuna. Antes, al llegar, cogía siempre a Martín en brazos y le hacía reír hasta las lágrimas. Pero ahora simplemente pasaba de largo.
Podrías saludar al niño, al menos acabó diciendo Isabel un día.
Javier puso cara de asco, como si le hubiera hablado en otro idioma.
Está dormido. ¿Para qué le voy a despertar?
Martín no dormía. Le miraba con sus grandes ojos oscuros tan iguales a los de su padre, pero Javier ya no los veía. O se negaba a verlos.
Luego llegaron los comentarios. Sutiles, al principio, como casuales; Isabel se convencía de que solo era una interpretación suya.
¿Vas a salir a la calle así? preguntó él una mañana, de arriba abajo.
Isabel se miró: vaqueros y jersey. Nada raro.
¿Y qué pasa?
Nada, no pasa nada… no terminó, pero la mueca lo decía todo.
Cada día era peor. La amargura empezó a gotear sin freno.
¿Te miras al espejo? soltó una noche mientras Isabel se ponía el pijama. Has engordado, estás desmejorada… Pareces una señora de cincuenta, no de veintidós.
Aquello fue un golpe bajo, como si le cortaran la respiración. ¡Claro que no había recuperado la figura! Había sido madre. ¿Y…?
Javi, acabo de tener un hijo… su voz le sonó ridícula incluso a ella.
Hace un año que diste a luz. ¡Un año! Otras en tres meses ya están como nuevas, y tú…
No terminó, hizo un gesto despectivo y salió. El llanto de Martín llenó el piso, roto por los gritos.
¡Hazle callar! le gritó Javier desde la cocina. ¡Siempre llorando, no se puede dormir!
Isabel tomó al niño en brazos, lo apretó fuerte contra sí, metió la nariz entre sus cabellos suaves. Las lágrimas se le deslizaban en silencio y caían sobre la cabecita tibia. Martín se calmó acunado por el calor de su madre, ella acunaba su propio dolor en la penumbra.
No podía contárselo a nadie. A sus padres, sí… pero cada vez que cogía el teléfono, veía la cara de su padre: «Tienes diecinueve. Piensa en tus estudios». Se lo advirtieron. Ellos tenían razón, ella no quiso escuchar. Imaginar el llanto de su madre y el silencio de su padre la paralizaban. Te metiste tú sola, arréglatelas.
Un día, como si lo hubiera decidido cualquier otro, salió a pasear con Martín. Dio la vuelta por el barrio, llegó al parque diminuto con bancos bajo los plátanos y allí, rebuscando en el bolso por toallitas, reparó en que se había dejado la merienda de su hijo en casa.
Tuvo que volver.
Abrió la puerta con su llave, pensando solo en correr a la cocina. Pero en el recibidor encontró unos tacones rojos de charol, ajenos, arrebatadores.
Sus pies avanzaron solos, aunque su mente suplicara no ir, no mirar, no querer saber.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Vio más que suficiente. Demasiado. Una mujer extraña en su cama, entre sus sábanas. Y Javier, sin ocultarse, mirándola como si ella fuera una molestia, un insecto inoportuno.
¿Qué esperabas? le dijo. Mira lo que te has convertido. ¿Pretendes que lo aguante? Tengo veinticinco años, soy un hombre, y en casa pareces mi abuela.
Isabel se sujetaba al marco. La otra mujer se tapaba, ajena a la escena.
Vete de mi casa dijo Isabel, y su voz era ronca, desconocida. Ahora mismo. Lárgate.
La mujer se vistió deprisa. Javier la miraba con una sonrisa torcida.
No montes un drama le soltó cuando se fueron. No tiene importancia. Todos hacen lo mismo. Es lo normal.
¿Normal?
¿Qué piensas, que tu abuelo no era igual? Medio país vive así. Y las esposas aguantan, porque, ¿adónde van a ir? Sobre todo, si tienen hijo… ¿Quién te va a querer, Isabel? ¿Con un niño a cuestas? No me armes la tragedia.
Isabel no recordaba cómo salió. Cómo abrigó a Martín, cómo pidió un taxi ni cómo dio la dirección de sus padres. Viajó rumbo a Ávila mirando la ventanilla, acariciando mecánicamente la espalda del niño, por dentro completamente vacía.
Su madre abrió la puerta, miró el rostro de Isabel y entendió. Sin decir nada la abrazó fuerte, como cuando era pequeña y se caía en la calle.
Mamá, yo… balbuceó Isabel.
Después, hija. Entra.
El padre apareció por el pasillo. Miró a su hija, al nieto, se le hizo una mueca de piedra.
¿Qué ha pasado?
Isabel contó todo, entre sollozos, entrecortada: lo frío, los desprecios, los zapatos rojos y «¿quién te va a querer con ese lastre?». El padre la escuchó sin mover un músculo. Luego se puso la chaqueta.
Vamos.
¿A dónde? preguntó Isabel.
A por él.
Papá, no hace falta, yo puedo…
Deja a Martín con tu madre. Y vámonos.
Javier abrió la puerta como si nada. El padre de Isabel entró, miró alrededor con calma, se giró hacia el yerno con una voz tan queda que Isabel sintió escalofríos.
Vas a recoger tus cosas y marcharte. Ahora. De la casa de mi hija. Que compramos su madre y yo, con nuestro ahorro. Ya no eres bienvenido.
Javier empezó a balbucear algo sobre derechos e inversiones a medias, pero el padre le cortó seco.
¿Derechos? ¿Quieres hablar de derechos? Hablemos de cómo trataste a mi hija. De cómo la humillaste. De cómo trajiste a otra aquí. Levantó la voz, Javier reculó. Si en media hora sigues aquí, aviso a la policía. Créeme, tengo dinero para los mejores abogados y dejarte en la ruina. Ahora, ¡fuera!
Javier hizo la maleta y se fue, sin volver la cabeza. Isabel permaneció junto a la pared, mirando la puerta cerrarse tras él.
¿Por qué no viniste antes? le preguntó su padre cuando quedaron solos.
Pensé… Pensé que me diríais que la culpa fue mía. Me lo advertisteis.
Su padre la miró, y en sus ojos vio algo que le desbordó.
Eres mi hija. Mi niña. Eso no cambia. Siempre puedes venir aquí. Siempre.
Isabel se le abrazó, como de niña, y lloró largo, largo, lavando la pena de meses.
…Dos años después, Isabel estaba sentada en el suelo de aquel mismo pisito, viendo cómo Martín armaba con toda su seriedad una torre de bloques de colores. Al lado, el título universitario sacando matrícula de honor, a distancia y en el móvil un aviso de ingreso de la pensión.
Martín levantó la cabeza y le regaló una sonrisa, igual que la de Javier. Pero eso ya le daba igual.
Mamá, ¡mira!
Lo veo, hijo. Qué torre más chula.
El sol caía sobre la ciudad, tiñendo de oro la habitación. Isabel acarició a su hijo y sonrió. Lo logró. No como había soñado, pero lo logró.





