Diario personal, 31 de diciembre
¿Y las servilletas, dónde las has puesto? Te pedí que sacaras aquellas con el dibujo plateado, que van mucho mejor con el mantel le decía, como cada año, a la cocina vacía mientras cortaba el limón en rodajas tan finas que casi se transparentaban.
Normalmente, a estas alturas, Rubén ya estaría tirado en el sofá, mirando la gala de Nochevieja en La 1, esperando el inicio de las campanadas; pero hoy todavía no había llegado. Decía que debía pasar por la oficina a recoger un regalo olvidado para mí. Sonreí para mis adentros, pensando en qué sorpresa estaría tramando esta vez. Celebrábamos nuestras bodas de plata: veinticinco años juntos, y por fin habíamos decidido recibir el año los dos solos. Sin el bullicio de siempre, sin los chicos, ya independientes por toda España.
Miré el reloj: faltaban tres horas para que sonaran las doce en la Puerta del Sol. En el horno, el pato con manzanas reineta, la receta de la abuela, que nunca falla. Todo relucía, la casa brillante, el árbol parpadeando, y dentro de mí ese hormigueo ilusionado de quien espera algo bueno, aunque tenga ya cincuenta años.
Por fin, escuché la llave en la puerta. Me arreglé el pelo, me quité el delantal el vestido de terciopelo que tanto me gusta se lucía y fui al recibidor.
Rubén, ¿pero dónde…?
Me quedé de piedra. Mi marido no venía solo. Le acompañaba una mujer joven, de pelo castaño rojizo, abrigo de visón, labios pintados de rojo carmín, bolsa de mandarinas en las manos. Su perfume invadió el recibidor, desplazando cualquier rastro de manzana asada o pino.
Rubén sonreía, tenso y forzado, con una botella de cava Codorníu en la mano.
Lo siento, Mariola, venimos acompañados dijo, demasiado alto para no parecer incómodo. Te presento a Beatriz Lobo, mi compañera de trabajo, la nueva jefa de contabilidad.
El tiempo se me congeló por dentro. Miré a Rubén, luego a la otra mujer.
Buenas noches… logré decir. No sabíamos que venía nadie más.
Beatriz me tendió la mano, perfectamente manicura, sin vergüenza.
¡Mariola, encantada! No imagina la que me ha pasado… ¡de película! Rubén literalmente me ha salvado. Tengo tal lío en casa… Se me inundó la cocina, sin calefacción, el técnico no vendrá hasta el tres, sin familia aquí… Rubén ha dicho: “Vente con nosotros, que Mariola es un ángel”. Y aquí estoy. Perdone la molestia.
Rubén se quitó los zapatos sin mirarme.
Mari, de verdad, estaba fatal… No la voy a dejar sola en Nochevieja. Tú eres buena, ya lo he dicho. Con lo que cocinas, ¡la mesa da para dos más!
Yo solo podía observar, sintiendo mi mundo cambiar de color. Veinticinco años. Una noche planeada sólo para nosotros. Velas, mantel nuevo. ¿Y ahora? Un tercer plato inesperado y una invitada que ni conozco.
Pasad dije, con una voz que no era la mía. Ya estáis aquí.
Beatriz entró ligera, llenando todo de su perfume caro y dejando caer dardos sobre la decoración de la casa: ¡Qué monada! Un aire tan vintage… Como la casa de mi abuela. Muy de museo.
Apreté los dientes. Ese aparador lo compré en una tienda de muebles artesanos de Arganda, mucho después de todas las abuelas del país. Pero a esa chica, poco le importaba.
Rubén, ayuda a la invitada. Yo voy a terminar en la cocina dije, dejando el tercer cubierto preparado mientras mis manos temblaban.
Rubén vino tras de mí, murmurando.
Mari, no montes una escena. Está sola, no tiene a nadie. Es Nochevieja, por Dios. Le damos de cenar, la llevo en taxi a un hotel, o la acuesto en el sofá y listo…
¿El sofá? solté, apretando el cazo como quien quiere evitar un escándalo. Nuestra noche juntos y me traes a casa a una desconocida que ni respeta el ambiente. ¿Museo, dices?
No lo ha hecho con mala intención, Mari. Es joven, espontánea… Por favor, es sólo una noche. No me hagas quedar mal ante la oficina. ¿Qué intentas que crea de nosotros?
No reconocía a mi marido en ese momento. Era como ver a un viejo galán que sólo busca impresionar a una joven a costa mía.
Está bien, que se quede. Pero si vuelve a criticar mi casa, la echo de inmediato.
No dirá nada más, te lo juro.
Cené con una piedra en el estómago. Había un aire denso entre los tres. Beatriz, sin su abrigo, lucía un vestido tan ajustado y escotado que parecía disfrazada para una fiesta que nosotros nunca habríamos organizado. Se sentó estirada, copa en mano.
Rubén, ¿abres el cava ya? Así celebramos el año viejo dijo, y le lanzó una mirada de esas de película.
Apreté la fuente de ensaladilla rusa al dejarla sobre la mesa.
En mi casa, el cava se abre cuando suenan las campanadas. Hasta entonces, hay zumo de arándanos, casero.
Beatriz arrugó la nariz.
¿Zumo? Ay, qué tierno. Pero yo los dulces, nada. Me cuido. ¿Tenéis brut? El semiseco dicen que es para quien no aprecia el buen gusto.
Rubén se levantó dispuesto a buscarle brandy.
Tengo un brandy de Jerez estupendo, Beatriz, ¿quieres?
Sólo un chorrito, para entrar en calor. Aquí hace fresquillo, ¿no? ¿Racionáis la calefacción?
Me senté frente a esa pareja y me sentí invisible en mi propio hogar. Rubén, encantado, servía, reía, contaba chistes anticuados; y Beatriz reía escandalosamente, como si estuvieran en una fiesta universitaria.
Mariola, ¿usted no trabaja? me interrumpió de pronto Beatriz.
Sí, respondí tranquila. Soy ingeniera de procesos en la fábrica de Chocolates de Alcalá.
¡Vaya! Pero parece tan de casa… Ya sabe, del tipo de mujeres que sólo cocinan y esperan al marido. Rubén decía que tiene usted manos de oro. Aunque a veces le falta tema de conversación, pero que los pasteles son de diez.
El aire se cortó en seco. Rubén casi se atraganta con el brandy.
¡Eso no lo he dicho jamás! protestó, rojo como un tomate.
Dejé el tenedor sobre la mesa, sentí cómo el hilo milagroso que ataba la velada se rompía de golpe.
Siga, Beatriz, cuéntenos más de lo que dice Rubén. Me interesa muchísimo.
Beatriz, sabiendo que se había pasado, quiso arreglarlo, pero sólo lo empeoró.
¡Uy, no se enfade! Los hombres siempre buscan emociones nuevas. El viernes Rubén fue el alma de la fiesta en el trabajo. Bailamos rumba, nos aplaudió toda la empresa. Dice que en casa no baila, que su mujer está cansada y le duelen las piernas.
Miré mis piernas debajo de la mesa. No duelen salvo cuando me paso tres días de pie cocinando una cena como esta para el hombre al que creía que aún valía la pena sorprender.
Rubén sudaba frío. Sabía que el desastre ya era irremediable pero no encontraba salida.
¡Bebamos, por el amor de Dios, por la paz y la alegría! dijo arrancando un brindis.
Espera le frené mirando a Beatriz. ¿Y lo de las tuberías? ¿Cuál fue exactamente el problema?
Beatriz titubeó antes de reaccionar.
Ah, sí… reventaron. Un desastre de agua caliente, todo un drama. Llamé a Rubén, un caballero, un apoyo. Nada que ver con mi ex.
Qué raro dije fingiendo pensar. Con ocho grados bajo cero ahí fuera, y con cortes de luz, dudo que estuvieras aquí tan bien peinada y oliendo sólo a perfume, no a humedad ni a tubo roto.
Beatriz enrojeció.
¡Cómo se atreve! Soy su invitada, Rubén, dile algo.
Rubén se encogía en la silla.
Mariola, no te pases. Igual le dio tiempo a cambiarse…
Cállate, Rubén le corté. Me levanté muy despacio. Son veinticinco años aguantando tus flirteos, tus retrasos, tus miradas. Pensé que valorabas la familia, que éramos cómplices. Y resulta que sólo soy la cocinera aburrida de la que no tienes nada que contar.
Me acerqué a la ventana, descorrí las cortinas de golpe. Los fuegos artificiales de la plaza estallaban en la noche.
Se acabó la función. Beatriz Lobo, recoja las mandarinas y márchese.
Beatriz abrió la boca, pero mi mirada la desarmó.
¡Rubén! ¿Vas a dejar que me eche a la calle?
Rubén reunió el valor que encontró en el brandy y golpeó la mesa.
¡Mariola! ¡Basta ya! ¡Esta casa también es mía! He traído a mi invitada. Se queda. Ya es suficiente de…
¿De qué? le miré a los ojos.
¡De brujerías! se le escapó.
Asentí, tranquila. Abrí el aparador y saqué la bolsa grande que guardaba para llevar regalos a los nietos. Vacía.
¿Tu casa? Perfecto, me voy yo. Pero recuerda: el piso es de mis padres, tú sólo estás empadronado. El dos de enero, cuando abran los juzgados, presento el divorcio y tu baja. Y ahora, los dos, fuera.
¿Qué? Pero… ¿adónde vamos?
A buscar emociones, a bailar la rumba en la bañera de Beatriz. Que para eso eres un hombre de verdad.
¡Mariola, espera! Fue una tontería, no significó nada, os lo juro. ¡Que se vaya Beatriz! Quédate tú conmigo…
Le miré con desdén. Ese hombre que hace cinco minutos defendía a su amable invitada se deshacía ahora sólo para salvar lo suyo.
No, Rubén. La ensaladilla está tan caducada como lo nuestro. Marchaos. Tenéis cinco minutos.
Beatriz, viendo claramente que allí sólo había lío y ni pizca que ganar, cogió su abrigo y salió sin un adiós, mascullando: Menuda loca. Me largo en taxi.
La puerta del portal sonó, y el aire se limpió.
Rubén quedó de pie, bolsa vacía en la mano.
Mari… Ya está. Se ha ido. ¿Olvidamos todo y seguimos?
Saqué el pato del horno, el olor a manzana y canela flotaba, pero ya no era cálido para mí.
¿Olvidar? Has traído a tu amante a casa en nuestra noche más especial. Te has reído de mí delante de esa mujer. Has permitido que humille mi vida y mi hogar.
Cogí la fuente con el pato, sentí su peso fuerte y seguro.
Márchate, Rubén. Si no lo haces, llamo a la policía. Estás borracho y me estás poniendo nerviosa. Me creerán a mí.
Rubén comprendió que no vacilaba. Recogió unas prendas torpemente, salió al pasillo haciendo ruido con los armarios y, sin mirarme, se marchó.
¡Te vas a arrepentir, Mariola! Te vas a quedar sola, ¿quién te va a querer con cincuenta?
Me tengo a mí misma le respondí cerrando la puerta.
El silencio llenó la casa de golpe, un silencio bendito. Me apoyé contra la puerta y me dejé caer al suelo. Pensé que lloraría, pero ni una lágrima. Sólo vacío. Vacío grande, limpio, como el espacio que se abre cuando tiras por fin un armario inútil.
Entré en la cocina. Quité el tercer plato de la mesa: el de Beatriz, aún con restos de carmín en el borde. Lo tiré al cubo de basura. Sonó a liberación. Después, el de Rubén. Adiós.
Puse delante de mí la porcelana con filo dorado, mi favorita. Me serví cava frío hasta el borde y, en la tele, el presidente daba su discurso. Las campanadas en la plaza Mayor estaban al caer. Este año, se iban todas las ilusiones rotas… pero me devolvía algo más valioso: mi respeto propio.
Feliz año nuevo, Mariola me dije, y brindé con mi reflejo.
Corté la mejor parte del pato: la pierna dorada y crujiente. Puse ensaladilla rusa que, como yo, seguía en su punto, madura y sabrosa.
El móvil pitó. Mensaje de mi hija, Carmen: “Mamá, ¡feliz año! ¡Te queremos! Pronto venimos con los peques”. Sonreí. La vida de verdad no se había ido. Los hijos, los nietos, el trabajo, mi casa. Lo que se ha ido era una carga.
De un trago, el cava chisporroteó en mi nariz. Por primera vez en años, no cuidé platos ajenos, ni controlé copas. Sólo disfruté del momento.
Los vecinos gritaban y tiraban petardos. El mundo celebraba la entrada al año nuevo. También yo celebraba mi libertad.
Antes de dormir recogí todo y lo metí en tuppers: mañana se lo llevaría a la portera, doña Amparo, y a Joaquín, el barrendero. Que tengan también una buena entrada de año.
El pato… ese me lo comería yo. Me lo había merecido.
Frente al espejo, ya sin maquillaje, vi a una mujer guapa, cuidada, con la tristeza justa y una chispa nueva en los ojos. Ni rastro de maruja con rulos.
¿Que te falta marcha, Rubén? Pues ahora la vas a tener. Busca piso, líate con el papeleo, da explicaciones a los hijos.
Me tumbé atravesada en la cama grande, ocupando sitio de sobra, respirando hondo la sábana limpia y olor a lavanda.
Por la mañana, el sol de Madrid me despertó. Pensé primero: hoy desayuno café y pastel en la nueva cafetería. Y esa idea era maravillosa.
No sé qué vendrá: divorcio, abogados, repartos. Pero eso será después. Ahora tengo un día entero por delante, lleno de paz, buena comida y tranquilidad. Nadie volverá a llamar mi vida museo, ni a mi casa aburrida.
Feliz año nuevo, Mariola. Este renacer es solo mío.







