Dicen que somos responsables de todo lo que ocurre en nuestra vida, que nuestra propia sombra nos acusa. Dicen también que el rumbo de un solo día decide la textura de los años.
En una vida como la mía, tomé una decisión equivocada al atar mi destino a un hombre al que le faltaba la seriedad de quien sabe amar. En mi juventud, estaba tan enamorada de Manuel, que aunque todos en Valladolid sabían que era un truhán, yo creía que cambiaría por mí. Así que creí y esperé. Pero, en realidad, las personas son como las figuras evanescentes que atraviesan la Plaza Mayor a media tarde; nunca cambian su esencia, solo sus sombras.
Ni siquiera después del nacimiento de nuestro hijo, Iñigo, Manuel aprendió otra manera de existir. Mes tras mes, las historias de sus andanzas llegaban a mí por la voz de los vecinos, susurradas como viento entre paredes, a veces desde amigas y hasta por familia propia. Todo se mezclaba: vergüenza, ira y una extraña compasión. Aguanté cinco años viendo como los relojes torcían el tiempo, y al final, me deslicé fuera de aquel matrimonio. Me divorcié. Lo único bueno fue que Manuel no era avaricioso. Me dejó su piso en la Calle Santiago a cambio de que yo no solicitara pensión de alimentos. Yo e Iñigo no queríamos vivir entre los fantasmas de ese piso; lo alquilé y nos fuimos a casa de mi madre, al barrio Delicias, donde hacía falta compañía y cuidados.
El dinero del alquiler desaparecía como agua: iban a los libros de Iñigo, a su uniforme del colegio, a las excursiones a Segovia, a los balones y juegos extraños. Quería hacer de su niñez algo digno, algo limpio. Lo que yo ganaba con trabajos esporádicos se disolvía entre las facturas, la comida y las medicinas de mi madre, tumbada en su habitación como si flotara por años en una siesta interminable. Creía que Iñigo entendía lo que hacía por él, por nosotras.
Ahora tengo cincuenta y siete años; vivo acompañada de la insulina, acudo a la farmacia de la esquina como si fuera una iglesia, y me aferro a los años como un gato bajo la lluvia. Ya nadie en Salamanca contrata a alguien como yo, enferma y cansada, sin pensión porque cambié de trabajo tantas veces que ninguna vida encajó entera en una sola nómina. Y casi siempre fueron trabajos fuera de contrato, en un intento por estirar los euros al borde de la necesidad.
Resisto con lo que recibo del alquiler de aquel piso viejo. Pero Iñigo, que ya tiene treinta y uno y ha decidido casarse, vino hace poco a decirme que él y su novia habitarán ese piso. El eco de sus palabras queda rebotando en las paredes: Es nuestro derecho. Cuando le expliqué que sin ese dinero no podría sobrevivir, sólo dijo que ese era mi problema.
Me he quedado flotando: no tengo ahorros, necesito pastillas y la nevera vacía pide palabras que no tengo. ¿Qué hago ahora? ¿Por qué un hijo le haría esto a su madre? ¿Por qué el tiempo, en esta España de cielos cambiantes y sueños lisérgicos, da vueltas tan absurdas?






