Te voy a contar una historia que me pasó hace años, cuando los móviles acababan de empezar a entrar en nuestras vidas. Mi marido y yo éramos recién casados y nos mudamos a un piso nuevo en Madrid. Los pisos eran una pasada, con unas distribuciones que quitaban el hipo, todo nos encantaba menos nuestros vecinos de rellano, que eran de todo menos simpáticos. Yo, aunque era joven, llevaba un puesto de responsabilidad y estaba acostumbrada a que me trataran con respeto. Tanto, que mi marido a veces me llamaba de broma usando mi nombre y los dos apellidos, como si estuviera en una reunión formal.
Total, que salgo un día por la puerta y me cruzo con la nueva vecina. Pues ni un hola, ni un hasta luego, ¡nada! Y pensé pues mira, yo tampoco la saludo, ¡faltaría más! Se me puso cara de pocos amigos y ahí nos quedamos.
Al poco, tocaba estrenar el piso y organizamos una fiesta de inauguración con familia y amigos. Se nos fue un poco de las manos y la juerga se alargó más de la cuenta. A eso de las once y media de la noche llaman a la puerta; abro y aparece el vecino. Me suelta tan tranquilo: Oye, que ya es muy tarde. ¡A mí me lo dice! ¡Sábado y ni siquiera era medianoche! Encima va y me suelta: Y es que a mi mujer le duele mucho la cabeza y quiere dormir. Pues nada, me piqué aún más y ni miraba a los vecinos cuando coincidíamos por el rellanoeso sí, mi marido seguía saludando tan pancho. Pero yo, ni agua. ¡Que aprendan a tratar como Dios manda a la gente decente!
Pasó el tiempo y apenas nos cruzábamos… Hasta que una noche, al volver a casa, vemos a una joven apoyada contra la pared del rellano, tiritando de frío. Al vernos, se le iluminó la cara: Soy la hermana de vuestra vecina, acabo de llegar de lejos y los llevo esperando casi tres horas ¿Os importa si me quedo aquí en el rellano? Es que en el portal hace un frío Y lo decía de verdad, porque fuera caía una nevada que lo flipas, con viento y de todo. Pues nada, la dejamos pasar. Yo, con mi tonito de sargento, le pregunto: Y tú, ¿no eres de aquí? ¿Dónde tienes la maleta? Ella me dice que la dejó en consigna, que pensaba que el cuñado le ayudaría a traerla al día siguiente porque no podía cargarla con ese tiempo.
Entré al piso medio desconfiando: A ver si va a ser una farsante que se hace pasar por hermana y la hemos dejado entrar Así, toda recelosa.
Nos sentamos a cenar, pero me quedé con la espinita clavada por esa chica ahí fuera, y rondaba la puerta cada dos por tres para mirar por la mirilla. Seguía ahí, sentada en la banqueta, apretada contra la pared. Mi marido cayó rendido al minuto, pero a mí la conciencia no me dejaba pegar ojo. Solo de pensar en el viaje, ese frío, la esperaba un buen rato ¡pobrecita!
A las tantas, miré el reloj y casi era medianoche. No lo pensé más: me puse la bata y, medio enfadada, salí al rellano. Venga, entra, esta noche te quedas en casa. La chica, entre sorprendida y agradecida, rechaza de primeras, que le da cosa Pero yo, que soy de cabezonería fina, le di una bata, toalla y la mandé directa a la ducha. Luego le preparé algo de cenar y le hice la cama en el cuarto de invitados. Muy yo, tan mandona como acogedora, y le deseé las buenas noches.
Eso sí, dejé una notita en la puerta de al lado: Vuestra hermana está en nuestra casa. No la molestéis antes de las seis de la mañana.
A las ocho, ring-ring, llaman al timbre. Abro y están el vecino, todo sonriente, que me suelta: ¡Entiéndalo, que hemos tenido un hijo! ¡Un niño! Anoche, durante la nevada, mi mujer dio a luz. Me invadió una alegría tan rara, como si esa felicidad ajena se me pegara por dentro. Fue un momento especial, de esos que se te quedan grabados.
No tardó en volver la madre y el bebé a casa, y mi vecina me lo agradeció de corazón por acoger a su hermana esa noche tan complicada.
Y ves, a veces uno cree que conoce el mundo entero y a sí mismo, que siempre lleva la razón, que todo es blanco o negro Y de repente, ¡zas!, se te van los cabreos, se ablanda el orgullo y entiendes que solo se puede vivir de verdad con el corazón abierto. A mí me lo enseñó esa invitada inesperada.




