Después de decirle a mi mujer que su hija no era mi problema, salió a la luz la verdad sobre nuestra familia
Roberto lleva siendo soltero más tiempo del que le gustaría admitir, y eso le trae más paciencia de la que poseen sus familiares. Hasta su hermano pequeño tiene esposa y churumbeles. Roberto, sin embargo, no ha tenido suerte; no da con la candidata adecuada para acompañarle al altar. Su abuela, sus tías, incluso su primo el de Segovia, le comen la oreja cada vez que hay una reunión familiar: ¿Y tú para cuándo nos das una boda, hijo? Él lleva años listo para dar el salto y, al cumplir los 34, dijo, ¡Basta ya de vivir como un estudiante universitario!
Una noche, en una discoteca de Madrid, vio a su compañero de trabajo pasándoselo pipa con una chica. Y claro, mentes inquietas, se pusieron a charlar de lo más informal.
¡Pero si eres tú, Roberto! ¿Qué hacemos aquí?
Buenas noches, Roberto. Mi amiga ha venido a la ciudad. Nos hemos liado la manta a la cabeza y queríamos tomarnos algo.
Bueno, preséntanos, que aquí no se conoce ni el tato.
Por supuesto, esta es Jimena.
Encantado de tenerte por aquí, Jimena. Yo, Roberto.
Me alegra conocer a gente nueva. ¿Te parece si nos vemos más veces?
Eso está hecho.
Jimena tenía ese punto entre dulce y elegante que solo da la experiencia. Roberto cayó rendido al instante. Era como si le hubiese tocado la lotería. Después de un rato hablando, resultó que Jimena tenía una hija en el colegio. Al principio, el asunto le pareció algo incómodo, pero luego lo pensó mejor y decidió que no era ningún drama.
Vivieron juntitos tan a gusto. La hija de Jimena apenas estaba en casa, entre clases, actividades de piano, catequesis… En verano, la madre la mandaba con la abuela al pueblo.
Jimena tenía una filosofía muy clara: Si Roberto gana bien, ¿para qué trabajar yo? Bastante tengo con organizar el hogar. Al principio, Roberto no decía ni mu. Pero pasados unos meses, empezó a notar que Jimena tenía más peticiones que el buzón de sugerencias de la Complutense. No era solo el súper ni el gas. Ahora tocaban clases particulares para la niña, talleres, y que si el ballet, y que si el francés…
Roberto, necesito dinero para las clases extra. ¿Puedes darme un poco más esta vez?
Vale, sabes que estoy a favor de la educación de los niños.
Pero las facturas y los precios subían más rápido que las temperaturas en agosto. Tarde o temprano iba a explotar; y explotó. Roberto, más cabreado que una mona, soltó todo lo que pensaba.
Roberto, ayer me llamó la profesora. Van de excursión.
¿Y?
Quiero que mi hija vaya. Pero sale por un pico. No es justo que mi hija se quede atrás, y todos han dicho sí. Están esperando nuestra respuesta.
Jimena, estoy harto de pagar por cada actividad y clase para tu hija. ¿Por qué su padre no pone ni medio euro?
Sabías que tenía una hija. Has aceptado esto. Si fueras asquerosamente tacaño, no estarías conmigo. ¡Me dejas helada!
Jimena rompió a llorar y se encerró en el cuarto. Roberto, tras pensarlo, decidió disculparse y le dio el dinero para la excursión. Pero se quedó con el runrún. No entendía por qué el padre de la niña miraba para otro lado mientras él pagaba hasta el último céntimo. Y volvió a sacar el tema:
Jimena, no te enfades. No busco bronca, solo quiero saber por qué tu ex no paga nada por la niña.
No necesito ni quiero sus limosnas. No me hacen falta.
Eso no me parece justo. Resulta que el extraño tiene que pagar todo para tu hija, y el de la sangre, ni se inmuta. ¡Le da igual!
¿Tú te llamas a ti mismo extraño? Yo, tonta de mí, pensaba que querías a mi hija como familia. Creía que eras buena gente.
No me eches la culpa, que yo también sé defenderme.
Haz lo que quieras. Pero no voy a pedirle nunca nada a mi ex. ¿No quieres darme dinero? Pues no lo hagas. Me buscaré la vida por mi cuenta. No nos vamos a humillar. ¿Te cansaste de ser responsable? Pues nos separamos.
¿Pero por qué te pones así? Conversemos y decidimos juntos.
Decisiones ni decisiones. Me voy a dormir. Puedes quedarte aquí si quieres, pero no estoy de humor.
Roberto acabó durmiendo en el sofá, dándole vueltas a la conversación. Resulta que su mujer es más orgullosa que Don Quijote y él, para variar, tiene lío con la hija ajena. Con el paso de los años, los problemas y los gastos solo iban a ir en aumento, y el padre ni estaba ni se le esperaba. Un buen día, Roberto le echó un ojo al portátil de Jimena y vio una foto de su ex: coche de alta gama, ropa de marca… Pobre, lo que se dice pobre, no era. Podía permitirse a la niña, si le diera la gana. La culpa era pura cabezonería de Jimena. Decidió hablar con él, cara a cara, como buen español.





