Dicen que lo que más valoran los hombres en una mujer es el físico. O sea, que la mujer perfecta debería ser alta, con piernas eternas, rubia, siempre sonriente y feliz, como salida de un anuncio de tónica. Pero, ¿de verdad es así la cosa? Por supuesto, el aspecto es lo primero que entra por el ojo, pero de ahí a que sea lo más importante en fin.
Tenía un amigo que se llamaba Pablo. Trabajábamos juntos en una empresa de Madrid, donde lo más emocionante hasta entonces había sido la cafetera nueva. Un buen día, llegó una compañera nueva. Parecía la mismísima Esther Cañadas: piernas hasta Cuenca, sonrisa blanca reluciente, tipazo. Total, que a Pablo se le salieron los ojos de las órbitas.
Al cabo de un tiempo, noté que a ella también le interesaba él. Un día apareció por la oficina con un bolso que parecía que llevaba dentro media casa. Claro, Pablo, todo caballero, se ofreció a ayudarle a llevarlo a casa. Ella aceptó sonriente. Pablo ya pensaba que le había tocado el Euromillón. Pero una hora después, me llama absolutamente descompuesto.
Resulta que al entrar en el piso de esa casi-modelo, se quedó blanco. Olía como si hubieran escondido un pulpo muerto detrás del radiador. Probablemente, la basura llevaba allí tres semanas. Por todas partes, ropa y cachivaches tirados, comida caducada por el suelo, incluso en la cama. En la mesa había algunos inquilinos extra: unos gusanos tan espabilados que casi saludaron a Pablo.
Este estuvo a punto de dejar el desayuno en la alfombra. Pero, para ella, aquello parecía lo más normal del mundo. Le soltó que ya no se creía para nada lo de la belleza. Que lo fundamental en una mujer, desde luego, es la limpieza y el orden en casa y que lo demás, pues bueno, es de adorno.





