No quería, pero lo hice Vasilisa no sabía fumar, pero estaba convencida de que aquello le ayudaba a…

No quería hacerlo, pero lo hice

Fumar no era algo que Inés supiera hacer bien, pero estaba convencida de que eso le ayudaba a calmar sus nervios. Aquella tarde, se encontraba en el patio de la vieja casa de su abuela, observando la tranquila calle del pueblo, mientras sus pensamientos la sumían en una inquietud oscura y profunda. Su vida, desde hacía un tiempo, estaba repleta de preocupaciones serias.

Inés vivía sola en la casa heredada de su abuela materna. Sus padres seguían en la aldea vecina, a casi siete kilómetros. Ella había insistido en tener su independencia; ya contaba veintitrés años y se sentía preparada. Trabajaba en la oficina de correos del pueblo.

Sin terminar el cigarro, Inés lo apagó malhumorada y lo arrojó lejos:

No me gusta fumar, como hace Luisa, que se pasa el día dándole a los cigarros, fue ella quien me lo aconsejó, dijo que ayuda a calmar los nervios pero lo dudo mucho pensaba.

Justo en ese momento, pasando por delante de su casa, el nuevo guardia civil, Antonio, trasladado desde un municipio cercano, aparcó su coche. Inés tenía noticias de él a través de sus compañeras de la oficina. Tras seguir el coche con la mirada, entró en casa. El sol ya empezaba a dormirse por el horizonte, y ella enfrentaría aquella noche un asunto importante y peligroso.

La víspera, aunque la oficina de correos no estaba especialmente concurrida, sí pasaban de vez en cuando algunos vecinos.

Mañana esto va a ser una locura dijo doña Carmen, una veterana del lugar, hoy es la calma antes de la tormenta de las pensiones.

Carmen llevaba en aquel puesto desde los tiempos de Maricastaña:

Son ya más de treinta años aquí. Me conoce todo el mundo, y la verdad, ni sé dónde más podría haber trabajado remataba con ese aire tan suyo.

Claro, tía Carmen respondía, entre risas, la joven Luisa, mi madre dice que sin ti esta oficina se vendría abajo. Todo se apoya en ti.

Bueno, tampoco exageres, nadie es imprescindible, aunque el día que me jubile, ya veremos

Buenas tardes saludó Marina al entrar, una mujer de cuarenta y dos años, robusta y simpática. Vaya bochorno hoy. Mira, he venido porque mi vecina, la señora Clotilde, me pidió renovar la suscripción de su revista; le encanta leerlas y mañana nos vamos temprano a la costa, a Málaga. Ella tiene miedo de quedarse sin lecturas en mi ausencia. No puede salir, así que lee para pasar el tiempo.

Vaya, Marina, ¡menuda aventura tan lejos y además en avión! se exclamó doña Carmen, Málaga es precioso, los días al sol os sentarán de maravilla añadió con tono nostálgico, como si hubiera estado allí no hacía mucho.

No tengo miedo; el primer día ya subiré fotos a Internet, me he comprado un bikini nuevo prometió Marina antes de irse.

¡Cuánto dinero hará falta para viajar con la familia a Málaga! exclamó Luisa con los ojos abiertos de par en par.

Bueno, a esa familia nunca le faltan euros, su marido es agricultor explicó doña Carmen con seguridad.

Solo Inés guardaba silencio, sentada junto al ordenador, escuchaba y observaba, sumida en sus pensamientos.

Poco después, entró el guardia civil Antonio, saludando alegremente:

Buenas tardes, vengo a recoger un aviso, ¿puedes revisarlo, Luisa? dijo, pero al mirar en dirección a Inés, se quedó prendado. No sabía que aquí trabajaban chicas tan guapas aunque te veo muy triste.

Carmen, que no se le escapaba nada, aclaró:

Ah, Inés. Enterró a su novio hace poco.

Vaya murmuró Antonio, mientras Luisa confirmaba que aún no había nada a su nombre.

Hacía tres semanas había muerto el prometido de Inés, Daniel. Lo encontraron asesinado en un descampado del municipio principal; se decía que era jugador y que asistía en secreto a un club clandestino. Inés no sabía nada de eso. La policía no encontró al culpable, pero una noche, dos jóvenes llegados de la ciudad se presentaron en casa de Inés. Alguna vez los había visto con Daniel.

Tu novio nos debía una buena suma.

Pero está muerto respondió aterrada Inés.

Las deudas no mueren, amiga. El dinero hay que saldarlo, y ahora te toca a ti Lorenzo, el más duro de los dos, pronunció una cifra muy alta: treinta mil euros.

¿De dónde voy a sacar tanto dinero?

Ese es tu problema además, en este pueblo hay gente pudiente, así que espabila.

No sé quién tiene más dinero aquí

No nos mientas, trabajando en correos lo sabes todo dijo Lorenzo con voz gélida. Reunirás el dinero. En dos semanas volveremos; y ojito con la policía que si les avisas, te quedas en el camino. Toma estas ganzúas, cualquier puerta se abre con ellas.

Cuando salieron de su casa, Inés cerró la puerta de golpe. El corazón le latía desbocado, mientras la noche caía tras el cristal.

Al día siguiente, Inés tomó la decisión de ir de madrugada a casa de Marina, aprovechando que estaban de vacaciones. Sabía que no tenían perro, sólo los portones bien cerrados. Pero, como buena muchacha de campo, logró saltar la valla.

No sabía cómo lo haría, pero tal y como Lorenzo le prometió, abrió la puerta con la ganzúa. El corazón le temblaba: estaba cruzando la línea, ¿no era acaso igual que esos matones que la empujaron a cometer ese delito?

Buscó durante largo rato. En la habitación, la luz del farol de la calle se colaba por la ventana.

Virgen Santa, ¿qué estoy haciendo? pensaba. Quiero vivir, pero vaya lío me dejaste, Daniel. Tú allí bajo tierra y yo aquí arriesgando todo por tu culpa.

Sabía que el camino correcto era la policía, pero el miedo la atenazaba. Lorenzo era capaz de cualquier cosa… al final encontró apenas mil quinientos euros y, en el cajón del tocador, un anillo y una pulsera de oro de Marina. La vista se le fue al portátil sobre la mesa, y también lo metió en la bolsa.

Salió con la misma discreción con la que entró, la bolsa colgada a la espalda, vigilando que ninguna ventana tuviera luz. Apenas ladraba algún perro a lo lejos. No vio a nadie, pero le temblaba el cuerpo.

Al llegar a casa, escondió la bolsa en el viejo arcón de su abuela, bajo ropa antigua. Esa noche no durmió nada. Al día siguiente, fue a trabajar con un dolor de cabeza horrible. Cerca del mediodía salió de la oficina y fue a la fonda del pueblo, como solía hacer.

Buenas la sorprendió Antonio, apareciendo frente a ella. Ella se sobresaltó, pero él le sonrió. No te asustes, vamos los dos a la fonda.

Buenas respondió ella, temblando por dentro. ¿Ya sabe lo que he hecho? ¿Me espera, tal vez?

Claro que te espero bromeó él.

Al mirar sus ojos brillantes, Inés se tranquilizó. Era evidente que bromeaba. Así, empezaron a comer juntos, y pronto Antonio empezó a acompañarla también en los paseos al atardecer, quedándose incluso algunas noches.

Los rumores corrieron pronto por el pueblo:

Menuda suerte ha tenido Inés, se ha quedado con el guardia civil decía Tamara desde su portal. Antonio le gustaba a mi hija, y ahora llega esta

¡Anda ya! Si se nota que a Antonio le encanta Inés, está enamoradísimo.

Era verdad; entre ellos nació la chispa. Pero también había quienes criticaban a Inés:

No hace tanto que enterró al novio, y ya anda con otro

¿Y qué? ¿Va a sufrir sola toda la vida? replicaban otras vecinas.

Inés ya no podía estar tranquila. Se acercaba el día en que los hombres regresarían a por el dinero. Temía que Antonio estuviera en casa cuando llegasen sentía la necesidad de confesarle lo que había hecho, y tras mucho luchar consigo misma, dos días antes se atrevió:

Antonio, tengo que confesarte algo le dijo, y él sonrió.

Yo también te quiero mucho

No, no es eso

Antonio se puso serio, escuchando su historia con asombro. Le costaba creer que su Inés, tan buena y frágil, hubiera hecho semejante cosa. Pero al instante la perdonó, sabía que lo había hecho por miedo.

Vaya, Inés. Tendrás que asumir las consecuencias. ¿Dónde guardaste lo robado? Hija, qué ingenua, deberías haberme llamado al instante

Ella le entregó la bolsa. Él la tranquilizó y prometió que todo saldría bien. Dos días después, a media noche, llamaron a la puerta. Inés abrió temblando. Lorenzo y su compinche exigieron el dinero.

No he podido conseguir todo, pero lo intentaré, dadme un poco más de tiempo

Lorenzo la agarró del hombro, apretando fuerte.

¿Más tiempo? No hay más tiempo: dame el dinero ahora, o tiró de su blusa, rasgándola. En ese momento, vio cómo el compinche caía al suelo, seguido por el propio Lorenzo. Antonio y otro guardia civil estaban allí, esposándolos.

Todo ha terminado dijo Antonio, ellos pagarán por lo suyo. Mañana hablaremos en comisaría.

Inés lo confesó todo al inspector; fue sincera. Marina y su familia regresaron de Málaga; les devolvieron sus pertenencias. Antonio suplicó al inspector que la historia de Inés se mantuviera en secreto. No se rumoreó nada en el pueblo. Nadie hubiera imaginado que Inés, la discreta, fuera capaz de eso. Todos culparon a Lorenzo y su socio; se supo que ellos mismos habían matado a Daniel. Ambos acabaron muy lejos, en prisión.

Antonio pidió la mano de Inés; celebraron una bonita boda en la iglesia del pueblo. El amor de Antonio borró las culpas y curó las heridas de Inés. Ahora crían juntos a su pequeña hija, Belén.

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No quería, pero lo hice Vasilisa no sabía fumar, pero estaba convencida de que aquello le ayudaba a…