Si creías que soñaba con tener una familia, no podrías estar más equivocada. No necesito una esposa. Y muchísimo menos una como tú.

Hace algunos años, mi amigo Manuel se casó. Tengo que decir que tardó bastante, pues Manuel ya había cumplido treinta y tres. Siempre fue muy independiente y afirmaba abiertamente que el matrimonio no era para él. Eso de visitar a sus padres los domingos, hacer la compra semanal o asistir a reuniones familiares no era lo suyo. Cuando amigos y parientes le hacían bromas, él siempre respondía lo mismo:

En mi piso propio, tengo trabajo y libertad, ¿para qué quiero una familia? Yo solo me basto. Además, tengo a mi fiel compañero mi perro León. Vivimos juntos y no conocemos la tristeza. ¿Las mujeres? Hoy están, mañana quién sabe.

Pero, como suele ocurrir, todo eso acabó cambiando. Le llegó el turno a Manuel. Y cayó en las redes de una mujer. Y no era cualquiera… Fue lista y difícil de conquistar, haciendo que él la deseara aún más. Se llamaba Carmen; se conocieron en una cafetería de Madrid. Tenía veintinueve años, era divorciada, pero no tenía hijos.

No tardaron en verse de nuevo. Carmen se quedó un par de veces a dormir en casa de Manuel y, sin saber cómo, sus cosas empezaron a aparecer en el armario de él. Cuando se quiso dar cuenta, ya vivían juntos. Un día, mientras estaban en la cocina tomando un té, Carmen le dijo:

Manuel, has insinuado en varias ocasiones lo de casarte. Y, ¿sabes? Puede que acepte la idea.

Por mucho que pensó, Manuel no lograba recordar haberlo hecho tan claramente. Pero tampoco podía negarlo del todo. Intentó desviarlo, pero Carmen ya andaba organizando mentalmente la boda.

Sentía que todo se salía de sus planes, pero no pudo resistirse. Tarde o temprano, pensaba, tendría que casarse. Además, Carmen era una buena candidata. Así que otro soltero menos.

El primer año de matrimonio fue maravilloso. A excepción de esos pequeños roces inevitables entre pareja. Carmen no soportaba que Manuel llegara tarde a casa ni que a veces viniera borracho. En respuesta, ella de vez en cuando hablaba con su exmarido, contándole los problemas con el nuevo esposo. A Manuel no le hacía gracia que su mujer siguiera en contacto con el ex.

Para justificarse, Carmen decía que debía ser amable con todo el mundo. Una noche, tras celebrar el cumpleaños de su jefe en la oficina, Manuel volvió otra vez pasado de copas. Se tumbó en la habitación de al lado y acabó escuchando una conversación de su mujer con el perro.

Eres un perro muy listo. Pasas el día durmiendo y comiendo. No haces otra cosa que dormir. Igualito que tu dueño. No, espera eres más listo que él. Tú no hablas, pero comprendes todo. Tu dueño ni quiere entender. ¿Cómo se puede vivir así?

Manuel oyó esto y estuvo a punto de levantarse a decirle dos cosas a Carmen. Pero la conversación siguió.

Volvió borracho otra vez. ¿Tampoco soportas ese olor? Cada vez bebe más. Me duele verle así. Me arrepiento de haberme casado con él. Parecía un hombre normal y resultó ser un sinvergüenza. Mi exmarido era mucho mejor. Él no bebía y ganaba bien. ¿Por qué lo dejé? Bueno, me engañó un par de veces… pero eso le pasa a cualquiera. Además, me colmaba de regalos; sabía pedir perdón. Todavía me insiste en volver. ¿Qué hago, León? Todo depende de ti. Dame una señal.

En ese momento, Manuel entró. Llamó a León, miró fijamente a Carmen y dijo:

Si piensas que soñaba con tener familia, te equivocas. No me hacía falta una esposa. Y menos una como tú. Tú fuiste quien entró en mi piso. Me das asco. Tienes una hora para hacer la maleta. Seguro que tu ex te está esperando. O a lo mejor prefieres ir con otro. Y una cosa más Mañana puedes ir tú misma a pedir el divorcio.

En vez de irse con dignidad, Carmen se echó a llorar y comenzó a pedirle perdón. Luego le acusó de ser insensible. Pero Manuel se mantuvo firme y la echó de la casa. Abajo, Carmen pidió un taxi, subió al coche y desapareció en dirección desconocida.

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Si creías que soñaba con tener una familia, no podrías estar más equivocada. No necesito una esposa. Y muchísimo menos una como tú.