Así es la vida…

Así es la vida…

A Inés la esperaron sus padres con un anhelo inmenso. Pero el embarazo resultó ser muy complicado y la niña nació prematura, luchando por su vida en una incubadora. Muchos de sus órganos no se habían desarrollado bien. Respiración mecánica. Dos operaciones. Desprendimiento de retina.

Dos veces permitieron a sus padres ir a despedirse Pero Inés sobrevivió.

Sin embargo, con el tiempo quedó claro que apenas podía ver ni oír el mundo que la rodeaba. Poco a poco, el desarrollo físico se fue encauzando: Inés se sentó, agarró un muñeco, después logró ponerse en pie apoyándose. Pero su desarrollo mental permanecía inalterable, sin avances.

Los padres al principio intentaron juntos todo lo posible, hasta que un día el padre, Mateo, desapareció casi sin hacer ruido y su madre, Carmen, continuó la batalla en solitario.

Consiguió una plaza especial en un hospital público, y cuando Inés tenía tres años y medio, le pusieron implantes cocleares para intentar recuperar algo de audición. Ahora, en teoría, oía, pero seguía sin avanzar. Carmen iba de consulta en consulta con logopedas, psicólogos, especialistas incansable. Muchas veces venía a verme, siempre con Inés de la mano.

¿Y si probamos esto? le sugería yo. ¿Y si lo otro? Ella lo intentaba todo, sin resultado. La mayor parte del tiempo, Inés permanecía en silencio, sentada en su parque infantil, dándole vueltas a algún objeto, golpeándolo contra el suelo, mordiéndose la mano o cualquier otro juguete. A veces aullaba sin parar, con un lamento monótono, otras veces su llanto era modulante. Carmen insistía en que Inés la reconocía, que emitía un sonido especial cuando la llamaba y que adoraba que le rascase la espalda o los pies.

Finalmente, un psiquiatra veterano le dijo con frialdad: ¿Diagnóstico? Es una niña vegetal con piernas Decide qué hacer y sigue adelante. O bien la ingresas en un centro, o cuidas de ella como hasta ahora que bien se nota que ya sabes hacerlo. Pero no le veo ningún sentido a seguir esperando un milagro o a enterrar tu vida en el parque donde la tienes sentada. Fue la única persona en la vida de Carmen que habló sin rodeos. Carmen dejó a Inés en una guardería especial y volvió a trabajar.

Al poco tiempo se compró una moto un sueño que siempre tuvo. Salía a rodar por Madrid y los pueblos cercanos con un grupo de amigos moteros; cuando rugía el motor, su ansiedad, miedos y sufrimiento quedaban atrás. Mateo pagaba la pensión alimenticia, que Carmen gastaba íntegramente en cuidadoras los fines de semana. Inés no era difícil de cuidar, si aprendías a sobrellevar sus chillidos. Después de unas semanas, uno de los moteros le confesó: Inés, tienes algo trágico e irresistible

Ven, te enseñaré una cosa dijo Carmen.

Él pensó que era una invitación a su cama. En realidad, le mostró a Inés. Justo entonces Inés se encontraba agitada y aullaba de forma modulada quizá porque reconoció a su madre, o por el desconocido.

¡Joder! exclamó él.

¿Y qué te esperabas? respondió Carmen.

No tardaron en vivir juntos, aunque dejaron claro que él, Nacho, nunca estaría cerca de Inés. Y a Carmen le parecía bien. Luego Nacho le propuso: ¿Y si tenemos un hijo? Carmen contestó tajante: ¿Y si nos sale otro así, qué? Nacho guardó silencio casi un año, luego insistió: No, Carmen, de verdad. Quiero tener un hijo contigo.

Nació Lucas. Por suerte, completamente sano. Nacho insinuó: Ahora que tenemos a Lucas, ¿por qué no ingresamos a Inés en un centro de manera definitiva? Carmen saltó como un resorte: Al próximo que deje en un centro será a ti. Nacho murmuró: Yo solo preguntaba

Lucas descubrió a Inés arrastrándose al poco de empezar a gatear, con ocho o nueve meses. De inmediato, le fascinó. Nacho se asustaba y se enfadaba: No dejes que se acerque, es peligroso, nunca se sabe… Pero Nacho siempre estaba fuera, trabajando o con la moto, y Carmen lo permitía. Cuando Lucas gateaba junto a Inés, ella curiosamente no gritaba. Era como si, entonces, escuchara, esperara. Lucas le llevaba juguetes, le enseñaba a usar las manos, le ayudaba a abrir y cerrar los dedos.

Un día Nacho se resfrió y se quedó en casa el fin de semana. Vio cómo Lucas, aún inseguro, caminaba por el piso balbuceando, llamando a alguien, e Inés, siempre recluida en su habitación, iba tras él, pegada, siguiéndole. Nacho montó en cólera y exigió: ¡Aleja a mi hijo de tu hija! O me aseguras que la vigilas cada segundo. Carmen, sin decir nada, le señaló la puerta.

Nacho se asustó. Terminaron reconciliándose. Carmen vino a verme, abatida:

Nacho es un poco palo, pero le quiero confesó. ¿Horrible, verdad?

Es natural le dije yo. Amar a tu hijo sin importar nada

Hablaba de Nacho aclaró Carmen. Y ¿Inés es peligrosa para Lucas?

Le respondí que, según lo que veía, Lucas llevaba la iniciativa, pero que, claro, había que vigilar. Así lo dejaron.

Lucas, con año y medio, enseñó a Inés a encajar piezas por tamaños. Para entonces Lucas ya decía frases enteras, cantaba canciones y hacía gestos y juegos infantiles típicos de aquí, como el corro de la patata o palmas, palmitas. ¿Tenemos un genio en casa o qué? me preguntó Carmen. Nacho está tan orgulloso que se va a reventar. Sus amigos tienen hijos de dos años que apenas dicen “mamá”.

Creo que la clave es Inés opiné. No todos los niños tienen que tirar del carro del desarrollo de su hermano mayor.

¡Eso! saltó Carmen. Se lo diré a ese tronco con ojos.

Qué familia tan singular, pensé yo: una hija vegetal, un palo con ojos, una mujer sobre una moto y un niño prodigio. Lucas, después de aprender a usar el orinal, invirtió medio año en conseguir que su hermana también lo hiciera. Carmen le encomendó, además, que le enseñara a comer, beber del vaso, ponerse y quitarse la ropa.

A los tres años y medio, Lucas preguntó de golpe:

Mamá, ¿qué le pasa a Inés?

Pues no ve nada, hijo.

¡Sí ve! replicó Lucas. Ve poco, pero ve. Así, esto sí, lo otro no. Depende de la luz. En el baño, con la luz encima del espejo, ve mucho mejor.

El oftalmólogo se extrañó mucho cuando le presenté a un niño de tres años para describir la visión de su hermana, pero lo escuchó atentamente, pidió nuevas pruebas y recetó tratamiento y unas gafas especiales.

En la guardería, Lucas era problemático: ¡Este niño debe ir al colegio! ¡No hay quien lo aguante, lo sabe todo mejor que nadie! se quejaba la cuidadora. Me opuse rotundamente a adelantar su escolarización: que Lucas fuera a talleres y que siguiera ayudando al desarrollo de Inés. Sorprendentemente, Nacho aceptó: Quédate con los dos en casa hasta que empiecen el cole, ese sitio no le aporta nada. Y fíjate, ¿has notado que la niña hace casi un año que no grita?

Medio año después, Inés dijo: mamá, papá, Lucas, agua, y “miau miau”. Los hermanos empezaron el cole juntos. Lucas se preocupaba mucho: ¿cómo estará ella sin mí? ¿De verdad hay buenos especialistas en esa escuela especial? ¿Le comprenderán? Aún hoy, en quinto de primaria, ayuda primero a Inés con los deberes, y luego hace los suyos.

Inés ya forma frases sencillas. Sabe leer y manejar el ordenador. Le encanta cocinar, limpiar (siempre guiada por Lucas o mamá), pasar ratos en el banco del parque escuchando y observando. Conoce a todos los vecinos y los saluda siempre. Se entretiene modelando plastilina, montando y desmontando construcciones.

Pero nada le gusta tanto como cuando la familia entera se sube a las motos y sale por las carreteras que cruzan la Sierra: Inés va con su madre, Lucas con Nacho; los cuatro juntos, gritando y riendo al viento del atardecer, olvidándose de todo lo malo y aferrándose, solo por un instante, a la felicidad.

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