Mi marido me comparó con la esposa de su amigo durante la cena… y acabó con una fuente de ensaladi…

¿Otra vez has sacado esa vajilla? Te pedí la de filo dorado, la que nos regaló mi madre en el aniversario. Da más categoría protesta Víctor mientras observa el plato que acabo de poner sobre el mantel blanco.

Me quedo unos segundos parada con el manojo de perejil. Me apetece contestar mal, decirle que ese juego de vajilla no se puede meter en el lavavajillas, y no pienso quedarme fregando a la una de la madrugada cuando se vayan los invitados. Pero me contengo. Hoy es el cumpleaños de Víctor, cincuenta años, todo un hito, y no quiero arruinar la noche ya de entrada.

Vítor, ese juego es para doce y hoy somos solo cuatro. Además, esos platos son más hondos, perfectos para el guiso le respondo con calma, poniendo aún más esmero en decorar la gelatina con ramitas de perejil. Mejor comprueba si el vino blanco está fresco. Eugenio y Marina deben de estar al llegar.

Víctor resopla y se acerca a la nevera. Lo observo marcharse y suspiro. Llevo una semana en modo no da tiempo a nada. El trabajo de contable me roba la vida, cierre de trimestre, informes, y encima preparar el cumpleaños. Víctor se negó rotundamente a celebrarlo en un restaurante: Nadie cocina mejor que tú, Olalla, ¿para qué gastar más por postureo?, dijo.

Claro, halaga que te lo reconozca, pero detrás se esconde su tacañería y la aversión que le tiene a los precios del menú. Así que llevo tres tardes seguidas marinando la carne, cocinando verduras, horneando bizcochos para la tarta Milhojas, y enrollando berenjenas, su tapa favorita. Termino con las piernas hinchadas, la espalda molida, ni tiempo para manicura. Al final, brillo transparente y punto.

Suena el timbre.

¡Ya voy! grita Víctor, cambiando el semblante de gruñón a sonriente anfitrión.

Marina irrumpe triunfal en el recibidor. No camina, flota. La esposa de Eugenio, el mejor amigo de Víctor, parece salida de portada de revista: esbelta, impecable, vestido beige ajustado, perfume caro. Lleva una bolsita de boutique y detrás aparece Eugenio, cargado de regalos y botellas.

¡Olalla, preciosa! me besa la mejilla envuelta en aromas de alta gama. ¡Qué bien huele! Siempre haces milagros en la cocina… Yo no podría, se lo dije claro a Eugenio: quieres fiesta, me llevas de restaurante, yo no me planto ante la cocina, ¡qué va, con este manicura!

Instintivamente escondo las manos.

Alguna tiene que ocuparse del hogar, ¿no? sonrío, ayudándole con el abrigo. Pasad, lo tengo todo listo.

La cena transcurre con las costumbres de siempre. Vistas por la salud del cumpleañero, charla sobre los regalos (Eugenio le regala una caña de pescar súper moderna, llevaba medio año soñando con ella), bromas y risas. Yo no paro, cambio platos, acerco aperitivos, vigilo que todos tengan la copa llena. Como solo un poco de ensaladilla y un trozo de queso.

Víctor, animado tras el primer vino, se relaja. Reclinándose en la silla, observa a Marina que parte el pescado con delicadeza.

Marina, estás espectacular como siempre declama. Te miro y pienso, ¿será bruja? Comes y no engordas. ¡Y ese vestido! Se nota que te cuidas.

Marina sonríe y se acomoda un mechón.

Ay, Vítor, no exageres. Es cuestión de disciplina. Tres veces por semana en el gimnasio y ni un carbohidrato después de las seis. Y, claro, cuidados: ¡he descubierto una crema facial milagrosa!

¡Eso! Víctor levanta un dedo como si hubiese hallado la verdad universal. ¡Disciplina! ¿Lo oyes, Olalla? ¡Disciplina! Tú siempre con tu “no da tiempo”, “estoy cansada” Marina también trabaja y mírala, parece una chiquilla.

Yo, que justo pongo sobre la mesa una gran bandeja de asado, me congelo. Soy jefa de contabilidad en una empresa enorme, llevo la casa y el jardín, ayudo hasta con los deberes de los nietos cuando los traen. Marina trabaja como encargada en un centro de belleza, dos días sí, dos no, no tienen hijos.

No compares, Vítor le corto suavemente. Cada uno tiene su ritmo. Prueba el asado, lleva una receta nueva con ciruelas.

Pero Víctor se ha venido arriba. El vino le suelta la lengua y entran a escena las viejas quejas y la fanfarronería masculina.

¡Bah, asado! agita la mano, sirviéndose más carne. Comida es comida. Lo importante es la estética… Eugenio, eres afortunado. Llegas a casa y tienes a una musa. ¿Y yo qué encuentro? Olor a cebolla frita y perolos por todas partes. Le insisto a Olalla que vaya al gimnasio, que se apunte a fitness. Y siempre tiene una excusa. Que le duele la espalda, que la tensión. Todo excusas. Pereza pura.

Eugenio intenta cambiar de tema:

Vítor, vaya tela… Olalla es una joya contigo. ¡Menudo asado! Mi Marina, de cocina nada, vivimos de precocinados y repartos.

¡Exacto! añade Marina, intentando calmar el ambiente pero la lía más. A mí no me gusta cocinar, es verdad. Pero siempre tengo tiempo para mí. Al final el hombre tiene que enamorarse por los ojos, ¿verdad, Vítor?

Víctor le sonríe embobado, ignorando a su esposa.

¡Palabras de oro! Enamorar por la vista… Luego miras aquí señala a Olalla, enfrente, con las manos ajadas sobre el regazo. Tú te has puesto vestido, te peinaste, pero el aire… pues eso, de tía cansada. Marina destella, transmite vida. Tú en cambio sólo aire de cuentas, números y descuentos del Mercadona.

Silencio tenso. Eugenio agacha la cabeza, Marina juguetea nerviosa con la servilleta. Siento que me han abofeteado. Pienso en cómo tengo la camisa planchada que Víctor pidió a la una de la mañana, cómo me ahorro el salón de belleza para pagarle la caña de pescar, añadiendo dinero al regalo del trabajo.

Ya basta, Vítor le digo fuerte y sereno, te has pasado.

¡No me he pasado! él grita. ¡Es la verdad! El amigo se ve en la desgracia y la mujer… comparando. Lo digo y lo repito, la comparación no te favorece. ¿Por qué Eugenio presume de su esposa y yo tengo que sentir vergüenza? ¿Te miraste al espejo? Hinchada, arrugas… ¡Sois de la misma edad!

No somos de la misma edad, Vítor contesto helada. Marina tiene treinta y ocho y yo cuarenta y ocho. Y Marina no sube bolsas al quinto sin ascensor mientras tú ves la tele.

¡Ya estamos! Víctor pone los ojos en blanco. Yo trabajo, traigo dinero a casa. Exijo que la mujer esté al nivel. Y tú… niñera gallina. Lo único que haces es picar ensaladas. Por cierto, la ensaladilla señala el plato de ensalada rusa, ni eso sabes hacer. En Navidad probé la de Marina, suave, ligera. La tuya es una masa sospechosa, como tú.

Ya no soporto más. El hilo de la paciencia, ese que ha sostenido la convivencia veinticinco años, de pronto se rompe, y solo queda vacío y rabia fría.

Me levanto despacio. Víctor sigue despotricando hacia Eugenio:

A ver, ¿no tengo razón? ¡La mujer debe inspirar! Pero lo que inspiro aquí es pena: bata, zapatillas, potaje… Aburrimiento total…

Cojo la fuente grande de ensaladilla. Está fresca, bien impregnada de mayonesa, decorada con remolacha. Pesa más de kilo y medio.

Rodeo la mesa y me planto junto a mi marido. Víctor calla, por fin, y me mira.

¿Qué haces? provoca. ¿Falta sal? ¿Poca mayonesa?

No, Vítor respondo tranquila, sin temblar. Todo perfecto. Es que pensándolo bien, tienes razón. Lo único que sé hacer es ensaladas. Así que esto te va a venir de perlas.

Le giro el bol y lo dejo caer sobre sus rodillas.

El tiempo se ralentiza. Eugenio abre la boca, sin palabras. Marina se tapa la boca, horrorizada. La masa rosa y brillante cae sobre los pantalones nuevos de Víctor, comprados solo para el aniversario.

*Chof.*

El sonido es húmedo y pegajoso. El jugo de remolacha invade la tela cara, los trozos de sardina caen sobre la cremallera.

Silencio absoluto. Víctor observa sus piernas sin creérselo. El jugo rosa se extiende, convirtiendo el beige de los pantalones en una obra abstracta.

¿¡Pero qué has hecho!? grita, saltando. Cachos de ensalada caen al suelo, a la alfombra, a los zapatos. ¡Te has vuelto loca! ¡Eran nuevos! ¡Menuda tonta estás hecha!

Dejo la fuente vacía sobre la mesa.

Al menos está rico, Vítor. Y nutriente. Y, fíjate, totalmente natural, hecho a mano.

¡Te voy a…! amenaza, levantando la mano, pero Eugenio salta y le para el brazo.

Vítor, cálmate. Tú lo has buscado.

¡¿Yo?! ¡¿Yo?! brama, agitando los pantalones manchados. Digo la verdad y ella me lanza la comida encima. ¡Recoge esto! ¡Ahora mismo! ¡De rodillas y límpiame!

Marina, blanca como el mantel, se pega a la silla. La noche ha cambiado por completo.

Miro a mi marido, convertido en un guiñapo. Lo desprecio como si fuera una cucaracha.

Limpia tú digo seca. O contrata a una empresa de limpieza. Eres todo un señor, ganas dinero. Yo me voy. Me toca dedicarme a mí, ¿no decías que hay que inspirarse?

Me giro y salgo. En el recibidor me pongo el abrigo y cojo el bolso. Escucho los gritos de Víctor y los intentos de Eugenio por calmarlo.

Olalla, ¿dónde vas? sale Marina al pasillo, nerviosa, pestañas de muñeca. No te vayas, fue por la borrachera, no lo dice de verdad…

Lo dice de verdad, Marina la miro con lástima, sin poder odiarla. Siempre lo ha pensado, solo que sobrio se callaba. Gracias por abrirme los ojos.

Salgo a la noche otoñal y fría. No sé dónde ir, pero en casa no puedo quedarme. Me siento en el banco junto al portal, abro el móvil y pido un taxi. A casa de mamá, decido. Mi madre murió hace dos años, pero su piso sigue vacío; nunca me atreví a alquilarlo. Hoy sí.

Víctor me llama veinte veces esa noche: primero para gritar, luego, ya sobrio, para suplicar. No le contesto. Entro al 24 horas, compro una botella de Rioja y una tableta de chocolate, voy al piso de mi madre, donde huele a polvo y libros viejos, y por primera vez en años me tumbo en el sofá sin pensar en lavadoras ni desayunos.

Las siguientes dos semanas son un infierno para Víctor.

No volví al día siguiente, ni al otro. Vivo en casa de mi madre, trabajo, y por las noches Por fin me apunto a ese masaje para el que nunca tenía dinero.

Víctor se encuentra solo en el piso condenado. Averigua que la comida no aparece sola en la nevera, y los calcetines tampoco se lavan ni se emparejan accidentalmente.

Tres días aguanta. Come croquetas congeladas, va en vaqueros (el pantalón no hay quien lo limpie, ni la tintorería lo garantiza), le cuenta a Eugenio que Olalla es una arpía.

Bah, ya vendrá fanfarronea. ¿A dónde va a ir con cincuenta años? Se le pasará, ya decidiré si la perdono.

Pero al cuarto día ya no tiene camisas limpias. No sabe planchar, detesta hacerlo. El quinto día, retortijones por tanto precocinado. El sexto descubre que no queda papel higiénico, y se le olvidó reponerlo.

El piso se llena de mierda y caos. El olor del jugo de remolacha nunca se va.

Olalla Olalla resplandece. Ya no lleva bolsas pesadas: cocina para sí, y apenas come. Duerme bien. En la oficina notan el cambio.

Olalla, ¿te has enamorado? Brillas bromean las compañeras.

Sí, chicas, de mí misma. Por fin.

Dos semanas después, Víctor la espera en la puerta del trabajo. Camisa arrugada, barba sin cuidado, mirada de perro triste. Lleva un ridículo ramo de claveles envuelto en celofán.

Olalla balbucea, nervioso.

Me detengo, lo miro firme y fría.

¿Qué quieres, Vítor?

Venga, ya. Basta de bromas. Vuelve a casa. Hay que regar las plantas. Y la gata te extraña

Nunca tuvimos gata.

No vuelvo, Vítor le contesto. He pedido el divorcio. Te llegará la citación.

Se queda boquiabierto.

¡¿Divorcio?! ¡¿Por una ensaladilla?! ¡¿Por unas palabras?! ¡Pero si llevamos veinticinco años!

Justo. Veinticinco años de ser tu electrodoméstico. Cocinera, lavandera, limpiadora. Nunca mujer para ti. Buscabas un hada, ¿verdad, Vítor? Búscate una. Marina no, que Eugenio te la arranca. Busca otra: que perfume, pose y no haga nada. Pero las hadas no limpian wc ni cocinan cocidos.

¡Olalla, perdón! suplica, agarrándome del abrigo. La gente ya mira. ¡Fui idiota, lo solté sin pensar! ¡De verdad me equivoqué! Mira, te voy a comprar un abrigo. O el abono al gimnasio, como querías

Me río, amarga y divertida a la vez.

¿El gimnasio? ¿Para parecerme a Marina y que no pases vergüenza? No, Víctor. Ya voy. Por mí. Y el abrigo me lo compraré yo. Mi sueldo lo da para mucho, si no lo gasto en tus caprichos y tus cañas de pescar.

¿Y yo qué? pregunta perdido. Si no sé ni usar la lavadora, tiene mil botones

Busca el manual por internet, Vítor. O contrata a alguien que te limpie. Yo dimito como tu mujer. Sin finiquito.

Retiro mi brazo y me encamino al metro, derecha y segura.

Víctor se queda en la acera, los claveles marchitos en la mano. Recuerda el sabor del asado, la luz cálida de la lámpara, el instante en que la ensaladilla descendía por su pierna.

Tonta murmura, sin convicción. Qué tonta

Al regresar, encuentra la casa vacía y apestada, con la pila llena de platos mugrientos. Ahora sí, el tonto es él. Llama a Eugenio.

Eugenio, ¿puedo ir a tu casa? ¿Hay algo casero para cenar?

Lo siento, tío responde Eugenio. Me he peleado con Marina. Le dije que cocinara aunque fuera pasta y me montó un número: Nada de etiquetarme de cocinera. Mira lo que le pasó a Olalla, ensaladilla encima. Yo paso. Así que yo también sigo a base de fideos instantáneos.

Víctor cuelga y observa la mancha de remolacha en la alfombra. Tiene forma de corazón: roto, mugriento, fúnebre.

Pasa medio año.

Olalla y Víctor se divorcian sin ruido. Los hijos, ya adultos, intentaron reconciliarlos pero tras ver a una madre rejuvenecida y a un padre siempre quejoso, se pusieron de su lado.

Víctor jamás aprende a cocinar bien. Adelgaza, se apaga, lleva camisas planchadas en la tintorería caro, pero no le queda otra. Sale con mujeres, ninguna le convence. Una no sabe freír croquetas, otra le exige restaurante diario, una tercera pregunta directamente cuánto gana y le frunce el labio.

Olalla celebra su cumpleaños cuarenta y nueve en una cafetería acogedora rodeada de amigas. Estrena vestido y corte de pelo.

¿Te arrepientes? le pregunta una amiga. Tanto tiempo juntos…

Olalla remueve el café y sonríe.

Arrepentida, sí. De no haberle lanzado la ensaladilla hace diez años. Perdí demasiado tiempo queriendo ser perfecta para quien nunca lo valoró.

Mira por la ventana. Parejas felices y menos felices cruzan la calle. Pero ella sabe: ya no depende de cómo corte el jamón ni de los halagos a otra esposa. Su felicidad está en sus propias manos. Y jamás vuelven a oler a cebolla, sino a libertad y a crema cara.

La ensaladilla… Ahora la pide en la tienda de comidas preparadas. Poco, cuando le apetece. Solo para sí misma.

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MagistrUm
Mi marido me comparó con la esposa de su amigo durante la cena… y acabó con una fuente de ensaladi…