Este suceso tuvo lugar en un colegio de la España franquista

Este episodio sucedió en una escuela de una pequeña ciudad de Castilla en 1986. Eran tiempos distintos y, aunque hubo testigos eran niños de apenas ocho años nadie contó nada a nadie, por lo que la historia nunca salió a la luz. Ni siquiera los padres, que seguramente se enteraron de lo ocurrido, plantearon queja alguna a la profesora. Nadie lo hizo.

Yo supe de esto porque me lo confesó la propia profesora, años después. Aseguraba que toda su vida la había perseguido el remordimiento y una sensación de culpa hacia aquel alumno al que trató con dureza. La situación en sí fue realmente desagradable. Siendo honesta, sigo sin saber muy bien cómo interpretarla.

A veces me sorprendo rememorándola ¿Vosotros qué habríais hecho?

La maestra, a la que llamaré Carmen López, era joven, recién salida de la universidad, y venía destinada desde una ciudad más grande a este colegio de la provincia. Apenas tenía experiencia, pero sí un deseo enorme de conseguir su primera clase propia y demostrar, tanto profesional como humanamente, cuánto valía.

Al principio, la cosa marchó razonablemente bien. El grupo que le asignaron había sido cuidadosamente formado tras un exigente proceso, pues existía una clase paralela especializada en el colegio. La progresión de sus alumnos alegraba tanto a padres como a la directiva. La disciplina tampoco presentaba grandes problemas.

Pero en una clase de treinta y cinco siempre hay algunos niños dispuestos a poner a prueba la paciencia del profesor. Carmen, con su actitud abierta, supo ganarse hasta a los más traviesos, implicándolos en actividades y logrando poco a poco integrarles; todos, salvo uno.

Ese alumno era Diego Salcedo, un niño de familia desestructurada. Su madre casi no le prestaba atención: estaba alimentado, y poco más. Así, Diego creció como un junco en el campo, solitario y sin habilidades sociales, ni interés en relacionarse sanamente con compañeros o adultos.

Carmen intentó acercarse a él de todas las maneras, pero era imposible. Diego parecía disfrutar llevándole la contraria en todo. Desde pasar toda la clase oculto bajo la mesa haciendo muecas para hacer reír a los demás, hasta soltar palabrotas con descaro, elevando la voz para que todos lo escucharan. Humillaba y se burlaba de sus compañeros las niñas solían acabar llorando y empezó a fumar en el patio, algo que ni los mayores se atrevían a hacer.

Ante cada corrección, Diego adoptaba una pose desafiante y respondía sin pudor:
¿Y qué vas a hacerme tú?
Pero lo peor era su costumbre de escupir. No había niño al que no hubiese dirigido al menos una vez su repugnante escupitajo.

La escena era siempre la misma: Diego se llenaba la boca de saliva y, con cierta teatralidad, lanzaba su flema hacia la víctima elegida, regodeándose en la repugnancia y la burla general.

Carmen, paciente al inicio, perdió la cuenta de las veces que habló, regañó y explicó a Diego por qué aquella conducta era inaceptable. Todo fue inútil: Diego continuó, incluso con mayor obstinación.

Al ver que nada funcionaba, Carmen se vio obligada algo que solía evitar a acudir a su madre:
Por favor, hable usted con Diego. Ya no sé qué más hacer. Ha escupido a todos, y me temo que pronto también lo hará conmigo.

La madre prometió ocuparse a su manera. Al día siguiente, Diego apareció cubierto de moratones y con una mirada cargada de odio.

Aquel mismo día, el alumno modelo amplió el alcance de sus ataques: en el recreo empezó a escupir por los pasillos, primero a escondidas, después sin el menor disimulo. Parecía disfrutar viendo la repulsa y frustración de sus compañeros, que lloraban impotentes; incluso se atrevía ya con los alumnos de cursos superiores.

Estos, indignados, no tardaron en darle algún escarmiento y, tras soltarle una advertencia, le dejaban marchar. Diego, por su parte, se alejaba unos pasos y disparaba insultos.

Toda la escuela estaba harta de él. El culmen de sus fechorías fue cuando, desde la escalera, lanzó un glorioso escupitajo que aterrizó en la cabeza de la profesora de geografía, muy querida por todos. Diego creyó estar apuntando a una alumna mayor Los de décimo vieron la escena y, tras contárselo a la profesora, le dieron a Diego tal repaso que acabó en la enfermería.

La enfermera, una señora mayor, le dijo a Carmen:
Un día esto acabará muy mal, hay que hacer algo.

Ya lo he intentado todo. Solo consigo que se vuelva más desafiante respondió Carmen, agotada.

La enfermera, en tono pensativo, murmuró:
Solo entienden si les hablas en su propio idioma.

¿Insinúa que debo escupirle para que aprenda? replicó, herida más consigo misma que con la enfermera.

Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Carmen.

Durante unos días, tras la paliza, Diego mantuvo perfil bajo, pero pronto volvió a las andadas.

Un día, cumpleaños de una niña de la clase, todos compartían caramelos y felicidad. Diego, sin previo aviso, escupió en plena cara a la cumpleañera, que rompió a llorar. Carmen le aguantó la mirada desafiante. Y fue aquí cuando todo estalló

Con gesto frío, Carmen hizo salir a Diego al centro de la clase, cerró la puerta con llave, y pidió a todos que se pusieran en pie quienes habían sido escupidos por Diego al menos una vez. Se levantaron prácticamente todos.

Con voz firme, Carmen pronunció:
Ya hemos explicado mil veces lo doloroso y repugnante que es esto, pero Diego no lo entiende. Quizás si lo siente por sí mismo, comprenda. Así que hoy, sólo hoy, permito que conste que me avergüenza que cada uno de vosotros vengáis y escupáis, una sola vez, a Diego. A ver si así logra entender el daño que causa.

Los niños, muy serios y en silencio, se acercaron uno tras otro. Diego intentó escapar, pero la puerta estaba cerrada. Unos, con evidente malestar, apenas simulaban el gesto; otros, con satisfacción, ejecutaron el acto con convicción. Unos pocos se abstuvieron. Nadie reía y nadie hablaba. Solo los sollozos de Diego llenaban el aire.

Cuando todo terminó, y Diego yacía encogido y lloroso en un rincón, Carmen contempló el aula y declaró, con tristeza:

No sé vosotros, pero yo me siento avergonzada. De mí, de él, de todos. Recordad este día y prometed que jamás humillaréis a nadie ni de palabra ni de obra. Habéis visto adónde puede llevarse esto.

Abrió la puerta. Diego salió, encogido, sin atreverse a levantar la vista.

No diré que sea nuestro secreto. Estoy segura de que todos lo entendéis terminó Carmen, y disolvió la clase.

Diego no volvió en todo el día, ni tampoco al siguiente. Carmen fue a su casa, temiendo una discusión con la madre, pero esta no parecía saber nada.

Está como ausente, llora y se niega a ir al colegio dijo, resignada.

Déjeme intentar hablar con él propuso Carmen.

Entró en la habitación. Diego, al verla, se ocultó bajo la manta. Carmen se sentó a su lado, puso la mano en su cabeza y le habló en voz baja:
Entiendo que estés dolido, y temeroso de que se rían de ti, pero sé valiente. Puede que se rían, sí, pero de eso no se muere nadie.

Silencio sepulcral.

¿Prefieres que te cambie de clase? Tal vez allí disfruten cuando les escupas

De pronto, Diego emergió de la manta y gritó:
¡No volveré a escupir nunca más! No quiero cambiar de clase

Perfecto. Tus compañeros están preocupados. Les gustaría que volvieras.

Diego bajó la cabeza. Carmen le acarició el pelo y se despidió.

Hasta mañana musitó Diego.

Al regresar al colegio, los compañeros de Diego actuaron como si nada hubiera ocurrido.

Jamás volvió a suceder un incidente similar en esa clase. Con el tiempo, todos los profesores alabaron la hermandad entre aquellos alumnos.

Parecen uno solo decían algunos.
Quizá los una una gran y oscura historia bromeaban otros, ignorando cuán cerca estaban de la verdad.

Carmen, después de aquel curso, se mudó a otra ciudad pongamos que a Salamanca y nunca más regresó a aquella escuela.

Durante años vivió atormentada, temiendo haber causado un daño irreparable. Cuando me lo contó, le sugerí preguntar por Diego para quedarse tranquila.

Así hizo. Supo que, en sexto de primaria, su madre se casó con un guardia civil retirado, quien orientó a Diego hacia la academia militar. Acabó ingresando y ahora, rondando los 45, es oficial. Conserva el contacto con muchos de sus compañeros e incluso visita a veces la ciudad de su infancia.

Y algo curioso: en las reuniones de antiguos alumnos, la gran lección de Diego nunca se menciona. Ni en broma. Será que nadie lo recuerda, me dijo Carmen O tal vez no quieran recordarlo.

Fuente: https://gotovim-samy.ru/rasskazy/etot-sluchaj-proizoshel-v-sovetskoj-shkole.htmlQuizá, sin embargo, lo más insólito de todo sucedió muchos años más tarde. Carmen, sentada en la terraza de un café en Salamanca, sintió que alguien la observaba. Al levantar la vista, se encontró con un hombre alto y recto, uniforme de gala, que sonreía con timidez. Tardó un instante en reconocer aquellos ojos grises y huidizos.

¿Se acuerda de mí? preguntó él, titubeante.

Carmen asintió, entre sorprendida y conmovida. Sin previo aviso, Diego le tendió una pequeña caja. Dentro había una medalla y una nota cuidadosamente escrita: Porque a veces, una herida impulsa a ser mejor. Gracias por no rendirse.

Carmen leyó y sintió, por fin, que el peso de aquellos días se disipaba en el aire.

A veces pensó, viendo alejarse a Diego entre la multitud, el recuerdo más doloroso puede convertirse, de forma inesperada, en la semilla de una vida nueva. Y aunque el misterio de aquel silencio colectivo permaneció intacto, ambos comprendieron, sin palabras, que la verdadera lección no residía en el castigo, sino en el difícil arte del perdón.

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Este suceso tuvo lugar en un colegio de la España franquista